Top Blogs Españasrc="BlogalaxiaCounter
Free Counter
directorio de weblogs. bitadir Safe Creative #0908044194450

RELATOS DE NIEVES JURADO



SI QUIERES LEER, LEE.

Temas

Archivos

Enlaces


Se muestran los artículos pertenecientes al tema RELATOS.

EL GATO AZUL

20091028020006-gato-azul.jpg

Cuando duermo, tengo la sensación de estar despierto. Y esa sensación no desaparece hasta que en mi sueño sucede algo tan extraño e irreal que me hace entender que sigo durmiendo. Sin embargo, tengo miedo. Miedo a no despertar, a que todo lo que conozco no sea más que un sueño y yo sólo un cúmulo de recuerdos. Podría pensarse en la similitud con Matrix. No, en el mundo de Matrix el cerebro de la gente es inducido de manera artificial y por medio de un programa informático a creer que vive una realidad cotidiana, como es la vida de cada uno. En mi caso no es así. En mi sueño intento despertarme una y otra vez y cuando creo lograrlo, sucede algo lo suficientemente absurdo como para hacerme comprender que continúo hundido en ese estado tan incoherente como incierto. Desesperado, exprimo mi mente y ordeno a mis ojos que se abran, a mi cuerpo que se mueva, y una vez conseguido me pregunto: -¿me estaré soñando ahora?

Por otro lado, me he dado cuenta de que ese suceso fuera de toda lógica, capaz de demostrarme que no estoy despierto, es siempre el mismo: la aparición en cualquier lugar de la escena onírica de un gato azul. Un estúpido gato azul que me observa con ojos inexpresivos cuando es un simple objeto inanimado, o con gesto arrogante cuando se presenta como un animal vivo. En este caso, se muestra con la boca manchada de sangre, que unas veces limpia despacio con su lengua y otras simplemente deja que se le pegue a los bigotes. En ese momento mi pánico es tan irracional que apenas me reconozco y deseo despertarme. Sé que sólo es un sueño. En teoría no puede hacerme daño. En teoría.

Una noche, no recuerdo cual, soñé que había amanecido, y me levantaba de la cama, me ponía mis pantalones y descalzo marchaba por el pasillo hacia la cocina. Todo normal, muy rutinario, hasta que en mi cabeza entró la duda de siempre: -¿estaré despierto? Empecé a buscar por toda la casa el maldito gato azul que me sacara de dudas. Hasta que noté un bulto en el bolsillo izquierdo de mi pantalón. Metí la mano y toqué algo frío. Lo extraje con cuidado. Se trataba de una pequeña figura de porcelana de un azul muy intenso: un gato sentado sobre las patas traseras. Me miraba. En seguida supe que yo continuaba durmiendo. Deslicé mis dedos por la cabeza del animal, estaba suave, bajé por su lomo y recorrí su cola. Un odio repentino me obligó a estallar la figura contra el suelo. Yo sólo quería despertar a la realidad y no volverlo a ver nunca más. Los trozos salieron disparados como proyectiles hacia todas partes. Mi pie descalzo pisó un pedazo que había quedado a su lado. La sangre manchó el suelo. En ese instante me desperté.

A veces, cuando estoy despierto tengo la sensación de estar soñando. Afortunadamente, esa sensación se desvanece cuando me limpio con la lengua la sangre del ratón que yace muerto entre mis patas y que aún llevo adherida a mis bigotes azules.

28/10/2009 02:00 Autor: Nieves. Enlace permanente. Tema: RELATOS Hay 2 comentarios.

CONCLUSIÓN FINAL

20091016163135-relato-cientifico.jpg

-Las condiciones necesarias para que pueda desarrollarse vida en otro planeta son numerosas. Estaríamos hablando, por ejemplo, de la fundamental presencia de agua en estado líquido o de la obligación de hallarse en un sistema solar con una estrella tan estable como nuestro Sol…

El eminente astrofísico daba una magistral conferencia sobre el Espacio en la Universidad Complutense de Madrid ante un público absorto.

-…Y así, mi conclusión final ratifica que es prácticamente imposible la existencia de organismos superiores, ya sean semejantes a los que habitamos la Tierra o diferentes, en otro lugar del Universo.  

El extraño ser que escuchaba en la parte más oscura del paraninfo, sonrió complacido. Con teorías así, su civilización y todo su planeta estaban a salvo.

16/10/2009 16:31 Autor: Nieves. Enlace permanente. Tema: RELATOS Hay 2 comentarios.

RAIMUNDA

20091002003538-anciana.jpg

Raimunda sabe que los años siempre vienen de cara, mirando a los ojos, y que no hacen sino envejecer a la gente y llenarla de experiencia, sin segundas intenciones ni segundas oportunidades, se lanzan directos al corazón. Sabe también que la muerte la va a visitar más pronto que tarde para llevársela al otro mundo. Vendrá ataviada con una túnica negra y escondiendo su rostro bajo una capucha o un sombrero. Pero todo esto nunca le ha causado pesadumbre alguna. Raimunda ha sido y será ante todo una mujer de campo. Ha trabajado sin hacer caso a la extenuación y ha padecido los avatares de la vida con la cabeza muy alta, y por supuesto, nada la va a amedrentar. Tiene demasiado trabajo para dejarse vencer por los años.

Raimunda, desde que alcanza su memoria, se ha levantado todos los días con el amanecer, en cuanto asoman por entre las ranuras de las ventanas los primeros rayos de sol. Con sus más de ochenta años bien puede decir que nunca ha dejado de madrugar; ni siquiera cuando parió a Vicente, su pequeño. A ella ese embarazo la pilló con cuarenta años y el niño venía de nalgas. Pero, después de dos días y medio soportando los terribles dolores del parto entre arados y animales, lo tuvo, ¡vaya que si lo tuvo! Era el quinto hijo, y el último. Y también el primero en morir. A pesar de lo grande que se le criaba, la criatura se le fue con cuatro años de unas fiebres. Raimunda creyó morir con él, deseó ser enterrada con él. Pero el destino no lo quiso así y la mujer tuvo que sacar fuerzas para seguir viviendo.

El sufrimiento no abandonó el hogar de Raimunda, porque como dicen en el pueblo: -las desgracias nunca vienen solas- y a los pocos meses, las mismas fiebres se llevaron a Ramona, su segunda. La más guapa. Un año más tarde, Ramón, su marido, moría aplastado por las ruedas del tractor. Nadie supo nunca lo que ocurrió, ni qué hacía el hombre tumbado debajo de la máquina. Hablaban que quizás dormía la borrachera a la sombra, pues su afición al vino era más que conocida en el pueblo. Desde entonces, Raimunda siempre ha sospechado que Dios la castigó por algo malo que había hecho y que nunca llegó a saber qué fue porque nadie se lo supo explicar, ni siquiera don Pío, el cura. Jamás ha querido quitarse el luto, por si acaso.

Raimunda tuvo que criar sola a los tres hijos que le quedaron: dos hembras y un varón. Trabajó duro y peleó como una loba por ellos. Pasó miserias y conoció el hambre y la mezquindad humana, pero los sacó adelante y sin ningún hombre, a pesar de lo que le aconsejaban las vecinas.

-Raimunda, aunque no seas ya una moza, todavía tienes tres niños que criar. Deberías buscarte un buen hombre, honrado y trabajador –le decían.

Pero no les hizo caso. En su casa no entrarían más hombres. Ella sabía arreglárselas sola. Y eso es precisamente lo que ha hecho casi toda su vida, apañárselas sola un día tras otro.

Sus hijos han crecido sanos y llenos de alegría. Aunque, hace unos años tuvieron que marcharse a la ciudad a buscarse un futuro, un futuro que en el campo ha dejado de existir, porque, como bien sabe todo el mundo, la tierra se está muriendo. Y por ello nadie se extraña de que las estrechas callejuelas del pueblo estén desoladas y mustias. Ya sólo transitan unos cuantos viejos y unas pocas mulas. Los únicos jóvenes que quedan son los dos melgos de la Emilia que, a pesar de que ya andan cerca de los cuarenta, tienen los pobres la mente algo nublada y no pueden valerse por sí mismos. Raimunda recuerda muy bien el día que nacieron porque por entonces ella ejercía de partera del pueblo y de los alrededores. Ayudaba al médico y atendía a las parturientas antes y después del parto, y aquel fue uno de los más complicados y largos que ha asistido, y para colmo, el médico no pudo llegar a tiempo. La llamaron antes del mediodía, y con la caída del sol Raimunda ya pensaba que ese parto no podía acabar bien: o moría la madre, que era demasiado joven, o lo hacían los niños. Pero ella era mujer con muchos años de experiencia como matrona y al final los consiguió sacar sin que muriera nadie. No tardó en darse cuenta que las criaturas no eran normales, nacieron con la cabeza deformada, pero estaban vivos. Las viejas decían que era por el eclipse de luna que hubo la noche del parto.

-Los eclipses son un mal presagio y sobre todo si vienen gemelos –decía Jacinta, la más anciana del pueblo.

Pero Raimunda nunca ha creído en esas tonterías, fue la voluntad de Dios y nada más. Al día siguiente el médico examinó a Emilia y a los dos niños. Confirmó que las criaturas habían nacido con un problema en la cabeza y que no pasarían de los diez o doce años. Ya han cumplido los treinta y ocho, y siguen vivos. Un poco faltos, eso sí, pero nada más. Ahora ya no es igual, porque las mujeres paren en los hospitales con médicos y enfermeras y además, ella hace ya muchos años que dejó de ayudar en los partos. Y es que todo ha cambiado y seguirá cambiado cuando ella no esté.

Raimunda ha salido temprano al campo. Ha ido al huerto que tiene junto a la acequia para ver cómo van los tomates. Pronto estarán listos para ser recogidos. Luego se tirará todo un día escaldándolos para quitarles bien la piel, metiéndolos en los botes de cristal y, tras cerrar las tapas, poniéndolos al baño María. Así tendrá tomates para varios meses. Incluso sus hijos se llevarán unos cuantos botes cuando vengan a visitarla. También se ha pasado por los tres bancales que tiene con cebada. Este año habrá una buena cosecha, la espiga está hermosa y el grano crece gordo y con peso.

De regreso a su casa, la anciana se ha tenido que sentar a la sombra de los almendros de su primo José. Está muy fatigada y la respiración le sale floja. Le cuesta reconocerlo, pero, sabe muy bien que ya no tiene años para andar por ahí sola; sin embargo, nunca ha podido estarse en su casa quieta y sin hacer nada, además, ahora esa casa está tan consumida por los años como ella y los recuerdos que la habitan le producen una gran tristeza, y ella no es mujer que permita que la tristeza le encoja el alma. Aunque, a veces, la pena es demasiado grande como para soportarla, y es entonces cuando su mente se debilita y la angustia le hace sentirse vacía y muerta.

Raimunda cierra los ojos cuando siente en su cara el aire fresco del atardecer.

-Puede que llueva –se dice en voz alta.

Levanta la cara y mira un puñado de nubes oscuras que empiezan a asomar por el horizonte. -Puede que sí-, piensa. Intenta levantarse, pero la artrosis le recuerda que va a necesitar un buen rato para conseguirlo.

-Hola, Raimunda.

La mujer tuerce la mirada hacia la voz. Una figura vestida de negro y con un gorro de ala ancha, bastante viejo y descolorido, se ha colocado muy tiesa entre ella y el sol. A la anciana no le hace falta preguntar nada, sabe muy bien quién es. Porque es tal y como ella se la había imaginado, vestida de negro y con los ojos sin vida, como hechos de porcelana. Se fija en sus manos, son alargadas y huesudas, aunque no son las manos de un esqueleto. Afortunadamente, la Muerte no es un esqueleto que va por ahí enseñando sus huesos a todo el mundo, para Raimunda eso hubiera sido de muy mal gusto.

-Me parece que va a romper a llover en menos de una hora –dice volviendo a mirar los nubarrones del horizonte.

-Puede –le responde la Muerte.

-Hágase a un lado, si no le importa, me tapa los últimos rayos de sol –añade la mujer con la voz bien templada.

La Muerte se aparta y se sienta junto a Raimunda. Las dos, en silencio, contemplan cómo el sol enrojece de sangre las nubes que cabalgan sobre la línea del horizonte.

02/10/2009 00:35 Autor: Nieves. Enlace permanente. Tema: RELATOS Hay 2 comentarios.

"LA FOTOGRAFÍA"

20090805004335-foto-familia-espejo.jpg

Me miraban, sonreían y se fotografiaban con el descaro más impune. La lucidez y la enajenación iban de la mano en ese instante, un instante tan normal como el hacerse una fotografía en familia y a la vez tan irreal como un viaje a las entrañas de la pesadilla humana. Creyeron que yo estaba vacío, pensaron que sus ojos alegres eran ajenos a todo mal, pero se equivocaron. Todos se equivocaron. No se debe jugar con las almas, son demasiado débiles, y quien lo hace corre el riesgo de perderla. Yo me alimento de almas, siempre lo he hecho. Almas crueles o inocentes, me da igual. Cuando atraviesan mi esencia se quedan en este lado. No existe el retorno.

Fred Conrad, gran aficionado a la fotografía, apostó al caballo equivocado y me entregó su alma y la de sus seres queridos. No es bueno tanto entusiasmo por una foto, no es bueno despertar mi sed. En realidad nunca quise que nuestra relación acabara de esa manera, llevábamos años compartiendo habitación. Yo he reflejado sus miedos, sus alegrías, sus esperanzas, sus fracasos, en definitiva yo he sido un fiel reflejo de sus vidas. Pero los espejos no atendemos a razones, si se nos provoca respondemos con ira.

Ahora los tengo a todos, han quedado estáticos, como la misma fotografía. Cada uno con su historia, historias ocultas que yo conozco perfectamente. Como la infidelidad secreta de  la señora Conrad, el pequeño Tim que quedó en su regazo para la eternidad es fruto de una apasionada relación con Fran el joven vecino del primero. O la adicción a las drogas del mayor, Freddy. Luego está Mary, y su colección de objetos robados. Y por último Sam, quien junto a sus amigos ahorcaba gatos en la vieja casa abandonada del final de la calle, curiosa afición. Aún así, se les ve felices, creen que sus intimidades, que sus pecados están a salvo. Incluso la cara de Fred parece expresar la resignación por el cáncer que lo devoraba por dentro y del que nunca habló.

Una familia maldita, una fotografía hecha delante del espejo que los absorbió a todos en un click. Un error imperdonable.

05/08/2009 00:43 Autor: Nieves. Enlace permanente. Tema: RELATOS Hay 4 comentarios.

"LA CRISIS DE PULGARCITO" (La otra cara del clásico)

20090624011535-pulgarcito.jpg

Había una vez un matrimonio de trabajadores en paro de larga duración que tenían siete hijos. Todos los niños eran grandes, fuertes y estúpidos, menos el último que era algo más listo y tan pequeño como un dedo pulgar, por eso a sus padres se les ocurrió la feliz idea de recordarle toda su vida aquel aspecto tan insignificante poniéndole el ridículo nombre de Pulgarcito.

Los seis hijos mayores eran vagos e inútiles y lo único que sabían hacer era comer, escuchar música a todo volumen y chatear por Internet; sin embargo, Pulgarcito dedicaba gran parte de su tiempo a leer novelas históricas y a ver los documentales de naturaleza de la dos, por lo que con el tiempo fue un pequeño bastante espabilado y culto.

Una noche, en plena crisis del 2009, Pulgarcito se despertó y oyó que sus padres se lamentaban de la falta de dinero y de la escasa ayuda del gobierno para las familias numerosas. Estaban apenados porque ese verano ni siquiera podrían ir de vacaciones unos días a Benidorm, ni tomarse una paella en el chiringuito de la playa, como todos los años. Pero cual fue la sorpresa del pobre Pulgarcito cuando escuchó decir a su padre:

-La situación de la familia es insostenible. Nuestros hijos gastan demasiado y no creo que nunca consigan un trabajo decente, además tampoco los veo trabajando, y no podemos permitirnos mantener en un futuro a un montón de “treinteañeros” rascándose las pelotas mientras nosotros no tenemos ni para una miserable paella en la playa. Lo mejor será abandonarlos, antes de que crezcan más y les cojamos cariño. Quizás, si se lo montan bien y tienen suerte, consigan algún día sobrevivir con un subsidio del estado. El único que merece un poco la pena es el enano ese, pero es demasiado canijo y, la verdad, me da vergüenza salir con él a la calle, además es tan pequeño que cualquier día se lo come un perro y ni nos enteramos.

Después de muchos pensar, los sufridos padres decidieron abandonar a los niños en la primera gasolinera que encontraran en cualquier carretera secundaria perdida entre montañas. Pulgarcito, quedó sorprendido y muy enfadado por lo que había escuchado.

-¡Serán cabrones! –pensó.

Al cabo de un rato dándole a la cabeza, el pequeño tuvo una idea. Dejaría miguitas de pan por el camino, así encontrarían la manera de regresar a casa y sus padres no se saldrían con la suya.

A la mañana siguiente, se metieron los nueve en el monovolumen a medio pagar que tenían y partieron rumbo a la carretera más solitaria. Pulgarcito abrió un poco la ventanilla y con total discreción fue tirando miguitas de pan. Cuando los padres los abandonaron, los seis hermanos comenzaron a llorar como mariquitas. Hasta que Pulgarcito les dijo:

-No os preocupéis, sé la manera de regresar a casa.

Pero como todo el mundo sabe, las desgracias nunca vienen solas y cuando el niño se puso a buscar las migas de pan para seguir su rastro, se dio cuenta que era más idiota de lo que jamás imaginó, porque los pájaros se las habían comido todas, como probablemente hubieran deducido la mayoría de los mortales medianamente inteligentes. Los hermanos lo miraron incrédulos.

-¿De verdad pensabas que íbamos a regresar a casa siguiendo el rastro de unas ridículas migas de pan? -le dijo el mayor, ya adolescente, mientras se sentaba sobre una piedra a liarse un enorme porro–. ¡Tú flipas, canijo! -, añadió con una amplia sonrisa.

Todos los hermanos estallaron en una gran carcajada, por un momento sus afligidos corazones olvidaron aquella desgracia.

Pulgarcito, que pasaba de sus hermanos, vio a lo lejos una casa grande y lujosa con piscina y todo y decidió acercarse a echar un vistazo. El resto de los chicos hicieron lo mismo.

Cuando llegaron, fueron muy bien recibidos por la dueña de la casa, una señora con gruesos labios de silicona que al hablar se movían como si fueran un par de morcillas tiernas. La mujer, temiendo por ellos, los escondió en una habitación secreta. En realidad no quería que su marido los encontrara, ya que de ser así, los mataría a los siete, pues se dedicaba al negocio del tráfico de órganos y nunca desperdiciaba la oportunidad de conseguir unos cuerpos tan jóvenes como aquellos. Pero el hombre, que era grande y gordo como un oso, no tardó en descubrirlos.

-Será mejor que los acuestes para que estén bien descansados. Mañana me encargaré de sacarles todo lo que me sirva –ordenó con voz ronca.

La mujer los acostó en una cama grande junto a la cama donde dormían las siete hijas que ellos tenían. Las niñas eran tan presuntuosas y pedantes que dormían cada una con una corona de oro en la cabeza. A mitad de la noche, Pulgarcito se despertó, algo lógico estando en aquella situación tan complicada, sin embargo sus hermanos dormían a pierna suelta como si no les importara nada. El niño, intentando demostrar que lo de las migas había sido un simple error de cálculo, pues él era pequeño pero no tonto, pensó que quizás el hombre querría matarlos antes del amanecer y así, fue a la cama de las niñas y cambió las coronas por unos gorros ridículos que la mujer les había puesto. Como él sospechó, el hombre se despertó y acudió a la habitación, tocó las cabezas y cuando localizó los gorros sacó un cuchillo y con toda la sangre fría les rajó el cuello a sus propias hijas. Cuando se dio cuenta de su error, no le afectó demasiado porque bajó las escaleras tranquilamente y se lo contó a su mujer como si le relatara la película que acababa de ver por la tele. La esposa subió a la habitación y al ver la sangre calló desmayada al suelo. Los hermanos salieron corriendo, saltaron la verja y escaparon de la casa, no sin antes darse un bañito rápido en la piscina.

El hombre cogió la pistola y su magnífico Porche y los persiguió por la carretera. De manera asombrosa e inexplicable, los niños habían recorrido en unos pocos minutos casi todo el camino a su casa, aunque lo más fantástico fue la recuperación tan espontánea de la memoria pues los siete recordaban perfectamente cual era el trayecto exacto a seguir, pero esto sólo ocurre en los cuentos, obvio. El hombre se quedó sin gasolina, cosas de la vida, y paró en una gasolinera a repostar. Pero, como hacía mucho calor decidió dormir un rato tumbado bajo la sombra de unos árboles cercanos, momento que aprovechó Pulgarcito para quitarle las llaves del Porche y la pistola. El niño les dijo a sus hermanos que continuaran sin detenerse hasta su casa, pues no quedaba lejos y el muy listo se subió en el Porche y partió hacia la comisaría del pueblo. El jefe de policía siempre había sospechado del traficante y lo consideraba culpable de la muerte de su hijo un par de años antes, aunque nunca consiguió pruebas contra él. Agradecido, le dio al pequeño una buena recompensa y consiguió un magnífico trabajo para cada uno de los miembros de la familia. Actualmente, Pulgarcito sigue siendo un enano que nadie sabe cómo hace para conducir un Porche, y menos aún cómo consigue ir cada día con una chica distinta. Su familia vive como auténticos reyes en la casa del traficante de órganos. Algunos dicen, que ahora se dedican al tráfico de drogas y es el hermano mayor quien dirige el negocio familiar.

24/06/2009 01:15 Autor: Nieves. Enlace permanente. Tema: RELATOS No hay comentarios. Comentar.

MI CONFESIÓN

20090608141730-maltrato-mujer.jpg

Primer día de mi confesión

Anoche volvió a pegarme. Entró en nuestro pequeño apartamento como violado por el diablo. Cuando vi su cara, intenté encerrarme en el cuarto de baño, pero él fue más rápido. Me agarró del pelo hasta conseguir tirarme al suelo y comenzó a patearme. Sus pesadas botas golpeaban sin piedad hiriendo mi cuerpo y mi mente. Lo peor de todo es que mi hijo se ha acostumbrado a ver las palizas como si fuera una película de la tele. Cuando era más pequeño se asustaba, pero ahora ni si quiera reacciona y sus ojos muestran indiferencia pues sabe que me levantaré del suelo, como esos personajes de los dibujos animados, ellos siempre se levantan como si nada les hubiera ocurrido. Nunca  lloro en su presencia, me lo prometí hace tiempo.Ya no siento dolor. Ni siquiera noto el ojo hinchado como una nuez, ni los labios partidos. Sólo mi corazón sufre una angustia agobiante. Creo que tarde o temprano me matará, es cuestión de tiempo, o puede que lo haga yo. Sería fácil acabar con todo este infierno, demasiado fácil como para atreverme. Las vecinas me miran cuando paso por su lado. Su farsante saludo me produce náuseas. Cuchichean, lo sé. Piensan que soy patética, o que me lo merezco, o que no entienden por qué sigo con él. Él es mi vida, sin su presencia yo no valgo para nada, mi hijo no tendría un hogar donde crecer. No puedo sobrevivir sin él.

Segundo día de mi confesión  
Hoy he ido a hablar con Dios. Creo que no me ha escuchado. Cuando pasé a la pequeña iglesia del final de la calle, un aire enrarecido me arañó la garganta, era un aviso. Me acerqué al confesionario y me arrodillé.
- Ave María Purísima - dije con un leve murmullo.
- Sin pecado concebida - me respondió una sombra desde detrás del enrejado de madera.Tras unos segundos, que me parecieron horas, mi boca se decidió a hablar. Lo contó todo, recitando mi vida como si fuera una monótona oración. Mi cabeza estaba escandalizada. Jamás pensé que alguna vez sería capaz de relatar mi sufrimiento a un desconocido, aunque fuera un sacerdote.Cuando terminé, el silencio se adueñó del lugar. Tan sólo se oía el silbido del viento al entrar por alguna vieja ventana. Hacía frío. De pronto, como salido de una tumba, el cura habló con voz profunda y pausada como si se dirigiera a un niño pequeño. Es irónico, pero me aconsejó que intentara dialogar con mi marido, que le demostrase mi amor incondicional,  así, tarde o temprano, comprendería su equivocación. En definitiva, me insinuó que me aguantara, pues, ya se sabe: “Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”. Me recomendó que me sentara en un banco y que rezara con fe, rogándole a  Dios que me diera fuerzas para seguir adelante. Y eso hice. Me senté en un banco situado en uno de los laterales. Y hablé con Dios, pero creo que estaba ocupado. Yo soy insignificante,  una gota más en un océano enfurecido. Y lloré. Lloré como nunca. Y maldije. Maldije como una vulgar puta tirada en la calle. Y me fui. Me fui corriendo, dejando tras de mí un rastro de lamentos. 
Tercer día de mi confesión  
Hoy es nuestro aniversario. Diez años. Penoso, ¿verdad?
Me ha llamado a eso de las doce del mediodía y me ha dicho que no vendrá a comer, pero que preparara una cena especial para esta noche. También ha insistido en que deje al niño en casa de mi madre. Tendré que arreglarme un poco, parezco una pordiosera vieja y decrépita. Me da asco mirarme al espejo, no me gusta lo que veo.
Primero iré a comprar al mercado. La nevera está casi vacía. No debo gastar mucho, pues me queda poco dinero de mi asignación mensual. No sé qué menú especial pretende. Me gustaría saber a qué quiere jugar ahora, ¿a ser el señor marqués? Intentaré hacerle una velada romántica. Hace tiempo que no siento el cálido encuentro en una noche llena de amor. ¡Qué tonta soy! En realidad, y a pesar de lo que siempre me dice, nunca me ha querido; sin embargo, yo a él sí, y mucho. Creo que de manera enfermiza, porque debo de estar muy enferma para amar a semejante monstruo. Aunque, a veces, me vienen a la memoria antiguos recuerdos de cuando éramos novios. Entonces sí era encantador y cariñoso, hasta que nos casamos. Cuando me consiguió, se olvidó de quererme. Ahora, ya no tengo ilusión por nada. 
Cuarto día de mi confesión 
La noche ha sido larga y amarga. El dolor me ha quitado lo que me quedaba de mi estropeada alma. Intento llorar pero creo que mis lágrimas se han evaporado.Esperé como una adolescente ante la primera cita, nerviosa, con el corazón en un puño. Me senté en el sofá engalanada con un anticuado pero bonito vestido azul turquesa que me compré hace unos años y que, para mi sorpresa, aún me quedaba muy bien. Los minutos pasaban y yo miraba como hipnotizada la mesa decorada con velas y flores para la ocasión. Me tocaba de manera casi impulsiva mi alianza, y, una vez más, recé. No sé por qué, pero lo hice.
Cambié varias veces las velas y las flores de sitio. La vajilla y la cristalería cara resplandecían. Me parece que era la primera vez que las sacaba. Las copas quedaban preciosas.
El tiempo pasaba atormentándome con su paso firme y constante. El sonido de la llave intentando abrir la puerta me sobresaltó, creo que mi corazón se paró en seco.
Llegó tarde y borracho. Cuando entró al salón miró la mesa desconcertado. Me pareció ver en sus ojos un rastro de remordimiento, pero se esfumó como mi sueño. Entonces se fijó en mi vestido.
- ¿De qué te has disfrazado? ¡Pareces una puta!, ¡quítatelo ahora mismo! - me gritó.
- Pero, cariño, me lo he puesto para ti. Y he preparado una cena especial por nuestro aniversario, ¿no es lo que querías? - le respondí.
- No tengo hambre. Sólo me apetece otra cosa - me contestó mirándome como a un pedazo de carne recién salido del horno. 
Se abalanzó, como un lobo, sobre mí.  Me destrozó la ropa. Yo intenté detenerle, suplicándole. Pero no me hizo caso, quería sexo y lo quería ya. La sutileza no es su estilo. Me desnudó por completo y me violó, aunque él jamás lo reconocería. Cuando terminó se fue a la cama dándome las buenas noches como si nada. Me dejó tirada en el suelo, como a un sucio perro callejero. 
Quinto día de mi confesión 
Se ha ido de viaje, algo relacionado con el trabajo. En realidad no sé dónde ni con quién, pero tampoco me importa. Sé que me engaña, siempre le ha gustado ir con otras, pero ya me da igual. He llamado a mi madre y le he pedido que se quede unas horas con el niño. Necesito estar sola. Ha accedido a regañadientes porque nunca le ha gustado hacer de canguro. Ella sabe que él me pega, lo ve en mi cara, pero dice que es mi marido y que debo callarme, como hizo ella, como hacen muchas.
- Hija mía, la mujer debe estar con el marido. Si lo denuncias no sólo le traicionas a él, sino también a tu hijo y a mí. Además, ¿de qué ibais a vivir?
Estoy harta de oír siempre lo mismo. ¿A nadie le importa mi sufrimiento? Ya no sé quien soy. Salgo a la calle con las heridas ocultas bajo dos dedos de maquillaje. Camino deprisa, con miedo y vergüenza.
En la televisión dicen que los malos tratos se deben denunciar. Pero, ¿para qué?, ¿para que al final me mate, como le ha ocurrido a otras mujeres? Y luego ¿qué? Nada. Nuestra vida no vale nada.
Sexto día de mi confesión 
Estoy embarazada. El muy cabrón me ha dejado preñada. Otro más para criar sola, pues, para él, los niños son de las madres. Nunca se ha interesado mucho por su hijo, aunque tampoco lo ha maltratado, tan sólo lo nombra para amenazarme con quitármelo si me separo de él. Y ahora otro. ¿Qué voy a hacer?, ¿cómo se lo voy a decir?Cuando nació el niño me advirtió:
- “Procura no quedarte más veces preñada. Si lo haces te lo sacaré a patadas, te lo juro. No quiero más críos en mi casa”.
Me iré. Sí, eso haré. Me iré lejos con mi hijo, donde no pueda encontrarme, donde, quizás, la vida me ofrezca una segunda oportunidad.Pero qué estúpida soy, ¿dónde voy a ir? No tengo dinero, ni trabajo y mi madre..., ni siquiera me hablaría. Además no conozco a nadie que se quiera interesar por mí. Podría ir a un centro de acogida, pero me moriría antes de ver a mi hijo mendigando un lugar donde vivir. Y ahora embarazada ¿quién me va a dar trabajo? Debo ser realista, estoy sola. Tanta gente en el mundo y yo sin una persona a quien contarle mi desesperada existencia. Creo que ha llegado la hora de terminar con todo. Necesito pensar, aunque ahora no puedo, me duele demasiado la cabeza y tengo náuseas. Maldito embarazo, maldito Dios.
Séptimo día de mi confesión

Anoche ocurrió lo inevitable. Fue después de tener este extraño sueño:
Estoy en la orilla de un hermoso lago rodeada de un bosque lleno de pinos. Oigo la risa de mi hijo jugando cerca de mí, pero lo veo borroso. De pronto unos dolores me hacen retorcerme. Cuando me miro estoy llena de sangre, mi ropa, mis manos, todo mi cuerpo. Y empieza el parto, me tumbo en el suelo, ahora estoy desnuda. Las contracciones me destrozan las entrañas pero  los gritos que salen de mi garganta son casi imperceptibles, no los oigo. Tan solo veo mi cara desencajada, parezco una anciana. Entonces, cuando pienso que me voy a morir, sale la criatura. Oigo su llanto, parece un gato rabioso. Me acerco para cogerlo del suelo húmedo y frío. Pero, cuando lo tomo entre mis brazos, no puedo sujetarlo, me resulta demasiado pesado y se me cae.En ese momento me desperté aterrada, empapada en sudor. Me levanté con cuidado de no despertar  a mi marido. Fui a la cocina a beber agua. Aún temblaba cuando cogí el vaso. Me senté en una de las sillas y lloré desesperada. Me toqué el vientre. Todavía notaba el tremendo dolor de mi pesadilla. De pronto éste se hizo más intenso y me dirigí, como pude, al servicio. Allí me di cuenta de que mi pijama estaba manchado de sangre.Me senté en la taza del váter y, entre mudos dolores, aborté. Al principio, reconozco que  una sensación de alivio se introdujo en mi cabeza, ya no tenía que decirle nada, se acabó el niño, se acabó todo. Pero ahora, me siento vacía y sucia. Mi hijo calló en la taza del inodoro como un vulgar desecho envuelto en un manto de sangre. Sé que es un castigo divino por maldecir a Dios. Tengo que limpiar mis pecados, pero no sé cómo. Empezaré por rezar, una vez más.Mi marido no sospecha nada,  ni siquiera sabe que él, con sus palizas, ha cometido un horrendo crimen. 
Octavo día de mi confesión

No consigo dormir. La noche perturba mi mente y estrangula mi espíritu. Sólo tengo horribles pesadillas donde me veo con un feto malformado entre mis manos llenas de sangre. Me da miedo acostarme, me da asco hacerlo al lado de él, siempre roncando como un cerdo. Tengo la sensación de que los brazos de la repugnancia que siento me ahogan; quizás algún día, mientras él satisface conmigo su lujuria,  muera asfixiada por ellos. Espero que llegue ese día y que todo termine.
Noveno día de mi confesión 
Han pasado dos meses desde mi aborto y sigo sin dormir. Este insomnio me está matando. Mi marido continúa con su vida y con sus palizas. Yo apenas puedo  con la rutina del día a día. Me parece que mi hijo no está bien cuidado. Lo intento, pero no soy capaz de ejercer de madre.¿Cuánto tiempo podré resistir? He pensado buscarme un trabajo, a él no le va a gustar, pero quiero intentarlo. No sirvo para gran cosa. Puedo limpiar, cocinar o cuidar ancianos, y poco más.No me va a dejar, lo sé.  No le gusta que me relacione con otras personas. No se fía de mí. Siempre dice que las mujeres no somos de fiar, que todas somos una putas y en cuanto olemos el dinero nos largamos con el primero que pillamos. ¡Qué sabrá de mujeres! Si para él no valemos nada, no somos más que criadas, y, cuando quiere, unos simples objetos de placer, de su placer.
Décimo día de mi confesión

Será mejor que me olvide de trabajar. Cuando se lo mencioné se rió de mí, abriendo su enorme bocaza y mirándome con ojos entornados a causa del alcohol. No le insistí, no quería darle un motivo para partirme la cara.
Estoy desesperada. Los días pasan empujándose unos a otros sin piedad y yo sigo marcada por esta  “no vida” llena de palizas, rutinas y llantos. Pienso mucho en la muerte, tan lejana y, a la vez, tan presente. Cuando me miro al espejo y veo esa cara pálida y demacrada, no me reconozco. Recuerdo lo  atractiva que era de joven y me da por reír, como una loca, como una auténtica demente. Parece mentira cómo me ha transformado la vida, cómo me ha quemado y arrojado a la humillación.Una idea me golpea con insistencia la cabeza, y se ha alojado en ella, como un tumor, consumiendo mi cordura: es el suicidio. Acabar con esta mierda y poner punto y final al camino duro y polvoriento que me ha tocado recorrer. Muchas veces, cuando tiendo la ropa y miro hacia abajo, me dan ganas de arrojarme, son cinco pisos, creo que bastarían. Pero me da pánico escapar de un tormento y meterme en otro peor. Sé muy bien que para Dios y la Iglesia el suicidio es pecado mortal y también sé que los pecadores se pudren en el infierno. Pero..., ¿y si no es así?
Decimoprimer día de mi confesión

La paliza de anoche fue brutal, casi no puedo moverme. Mi hijo estaba presente y, por primera vez, se me echó encima como intentando protegerme; pero entonces él, lleno de furia y de odio, lo apartó de una fuerte bofetada. Nunca le había pegado y, sinceramente, nunca pensé que llegaría a hacerlo. Lo que más me dolió fue la expresión del niño, sus ojos imploraban a su padre, extrañados y aterrorizados. Esperaba que alguien lo cogiera y lo abrazara. Corrí hacia mi hijo, maldiciendo y gritando, y lo tomé en brazos bajo la atenta mirada de aquel animal que ni siquiera se  inmutó. Lo llevé a su habitación y lo acuné sentada a los pies de su cama. Le canté sus canciones favoritas mientras mis lágrimas le mojaban el pijama. Cuando se durmió, le besé con suavidad en la frente y lo acosté despacio, con cuidado de no despertarlo. Me quedé un rato más velando su sueño. Ahora está tranquilo. Pero yo no, porque un volcán de odio ha estallado en mis entrañas.

Último día de mi confesión 

Son las cuatro de la mañana.  Mi marido duerme, su respiración es fuerte, casi un ronquido, y algo agitada debido al alcohol. Está boca arriba con la cara roja como un tomate y la cabeza ligeramente inclinada hacia mí. La mandíbula inferior cae en una mueca ridícula. Me da asco. Yo permanezco sentada en el sillón que hay junto a la cama, en silencio y sin moverme. La luz roja de los números digitales del despertador hace que la penumbra de la habitación resulte extraña. Por momentos, parece que las sombras cobran vida y se mueven a mi alrededor, como si supieran lo que estoy pensando. En mi mano derecha un cuchillo reposa tranquilo, preparado. Dicen que es fácil matar a  una persona. ¿Fácil?

 

08/06/2009 14:20 Autor: Nieves. Enlace permanente. Tema: RELATOS Hay 3 comentarios.

"EL RAYO"

20090522003516-rayo.jpg

Siempre salíamos de noche, estábamos obligados, sufríamos esa condena. Pero aquel día, cuando el sol se ocultó completamente tras unas inusuales nubes negras de tormenta, un rayo cayó en el tejado de la vieja mansión que nos servía de refugio, traspasó el techo y llegó con una furiosa explosión hasta la sala donde dormíamos tranquilos. Todo quedó destrozado, incluyendo nuestros ataúdes. Estábamos indefensos, desnudos ante la crueldad de la luz del día. Aún así, era tal la oscuridad que producían aquellas extrañas nubes que, a pesar de saber muy bien el peligro que corríamos, despertamos sedientos y con el incontrolable impulso de salir a saciarnos, como si la noche acompañara nuestro más puro y diabólico instinto y nos empujara, una vez más, a cumplir con nuestra maldición eterna.

22/05/2009 00:35 Autor: Nieves. Enlace permanente. Tema: RELATOS Hay 1 comentario.

"LOS DESEOS DEL GENIO"

20090506165259-lampara.jpg

-¿Y cuánto tiempo lleva usted ahí dentro?

-Bueno, no sabría decirle, pero creo que una eternidad.

-¿Siempre ha estado encerrado?

-Que yo recuerde, sí. Hace siglos solía salir bastante, aunque mis salidas dependían de la pericia de aquel que encontraba la lámpara. Antes estas cosas se daban más a menudo ¿sabe? La gente solía creer en los "asuntos mágicos", incluso hubo quien que se aventuró a viajar por tierras lejanas para buscarnos y, claro, no era raro que algunos terminaran por dar con nosotros.

-¿Concedía deseos a cualquiera que lo sacase de esa lámpara?

-Sí, sí, por supuesto. Ese era mi trabajo. Bueno hay quien lo ha llamado maldición, pero casi todos los trabajos son a veces una maldición ¿verdad? Salir y preguntar al poseedor temporal de la lámpara: ¿qué desea, amo? Y concederle tres deseos, como marca la ley, puede llegar a ser un tanto aburrido.

-Supongo que todo el mundo pediría lo mismo. Dinero, poder…

-No crea. Les interesaba el dinero, eso es cierto, pero también deseaban encontrar a una pareja a la que amar, o vivir una larga vida llena de salud y felicidad. En aquellos tiempos aún existía el romanticismo. Ahora todo ha cambiado, corren tiempos difíciles.

-¿Ha perdido sus poderes?

-No, no, no. Sigo siendo el mismo. No me refiero a mí, sino a los hombres.

-Entonces ¿por qué ahora no quiere salir? ¿No le gusta como froto su lámpara?

- No se trata de eso. Estoy en huelga, como el resto de mis colegas.

-Pero ¿los Genios tienen derecho a la huelga? ¿No son como esclavos de quien les saca de la lámpara?

- Ahí está la cuestión. ¿No le parece curioso servir a quien nos libera? ¿Dónde está la libertad? Nos liberan para ser esclavos. Es absurdo e injusto. Nos tiramos siglos metidos en lámparas estrechas e incómodas y cuando por fin alguien nos saca de este agujero nos tenemos que dedicar a cumplir con los caprichitos materiales del estúpido mortal de turno.

-¿Pero no ha dicho usted que no todos pedían solamente dinero y poder?

-Le dije que eso sucedía antes, antes, ¿entiende? en otra época ¿es que no me presta atención? Ahora es distinto. Todos quieren poder y ninguno sabe usarlo. Además, en la reunión del Sindicato de Genios y Seres Mágicos llegamos a la conclusión que ya nadie sabe pedir deseos y nosotros no queremos ser los que provoquemos más destrucción.

-Bueno, tampoco creo que sea para tanto.

-¿Qué no? No sabe usted en lo que se ha transformado el Ser Humano. Mire, hay deseos que han provocado auténticos desastres en el mundo. Y, al menos yo, no estoy dispuesto a salir y conceder más caprichos sin sentido. Que cada cual se saque las castañas del fuego, pero que no cuenten más conmigo.

-Me parece increíble. ¿Por qué me pasan a mí estas cosas? Soy un hombre de bien y sin embargo estoy sufriendo una guerra desde hace décadas que ya se ha llevado a casi toda mi familia y que está devastando y arruinando continentes enteros. Ando solo, sin hogar, sin trabajo y no tengo donde caerme muerto. Y ahora que por fin el destino me regala un golpe de suerte al encontrar su lámpara mágica, resulta que usted, un Genio de los de toda la vida, se niega a concederme lo que por ley y tradición me corresponde: tres deseos. Debería pensar un poco más en los demás y no ser tan egoísta.

- ¿Egoísta? Está bien. Dígame, ¿qué deseo pediría?

-Pues…aún no lo tengo muy claro, la verdad.

-¿Lo ve? Al final terminaría pidiendo una estupidez o tres, lo que sería peor. Definitivamente no salgo, seguiré con la huelga.

-Espere, espere. Ya lo tengo. Deseo tener el poder para cambiar el mundo. Sí,  lo cambiaría totalmente, sin guerras, sin hambre, sin sufrimiento…A ver, ¿es o no es un buen deseo?

-¿Buen deseo? Mi anterior amo también pidió algo parecido. Ser un líder mundial, el primer presidente negro del país más poderoso, alguien de origen humilde distinto a todos sus antecesores, capaz de traer la paz y la prosperidad. Una especie de Mesías.

-¿Y qué hizo usted?

-Se lo concedí, naturalmente. Hice de él un gran hombre, casi un héroe. El mundo entero lo aclamaba. Para serle sincero es uno de los deseos que mejor me han quedado, al menos al principio.

- Pero eso es fantástico ¿no? Y ¿cuándo ocurrió?

- Ehhh, déjeme pensar… ¿Cuántos años hace ya que empezó esta guerra?

 

06/05/2009 16:42 Autor: Nieves. Enlace permanente. Tema: RELATOS Hay 1 comentario.

"LA MENTE OSCURA"

20090422164612-libro-abierto.jpg

 Hace frío. Incluso puede que al finalizar el día termine nevando. Tengo lágrimas en los ojos y por toda la cara, pero no sé bien por qué lloro. Hay algo extraño a mi alrededor. No entiendo mi presencia en este lugar, tengo la impresión de no saber quien soy, incluso de no existir. ¿Y si sólo nos hallamos dentro de una mente retorcida que juega con nosotros a ser Dios?, ¿un Dios caprichoso y cruel?

Vivo sola rodeada de libros, libros que devoro sin apenas percibir el tiempo. Aunque el tiempo importa bien poco. Tengo algunos recuerdos, son de la infancia principalmente. Mi madre me abandonó cuando yo tenía 8 años y mi padre se casó un año más tarde con una viuda gorda y vulgar que más bien parecía una vigilante de una prisión antigua para mujeres. Recuerdo que mi padre me pegaba, y a mis dos hermanos también, mientras mi madrastra miraba la escena con una grotesca mueca de satisfacción. Y recuerdo, de una manera muy especial, un crimen cometido en mi barrio, un terrible crimen que me pilló muy de cerca. Encontraron muerta, estrangulada, a mi vecina Ángela Grande, “una joven promesa de las letras”, según comentaron los periódicos. Y nada más; mi vida se limita a ser fruto de unas vagas y confusas reminiscencias del pasado, que parecen haber sido instaladas por una mente oscura en algún rincón de mi cabeza.

En mi habitación, junto a la cama y sobre una mesita de noche, hay una botella de whisky medio vacía y un vaso medio lleno. Mi boca tiene el sabor amargo de quien ha bebido durante horas o incluso días. Aguardo la llegada de un ser anónimo, un ser tan inhumano como para tenerme encerrada durante…, no sé cuánto tiempo, ¿quizás una eternidad?  Nunca le he visto la cara, sólo sé que es clave en mi vida, y que también lo será en mi muerte. Esta espera parece no tener fin, el día entero parece no terminar nunca y sin embargo algo en mi interior teme que finalice, no quiero que llegue mañana porque mi futuro se presenta huidizo como las ratas.

Debajo de la ventana hay una mesa y una silla. Encima de la mesa hay un montón de papeles escritos con una letra algo descuidada. Es mi letra. Creo que estoy escribiendo una novela y siento pánico porque no sé cómo continuarla. Todo está desordenado, sucio y la ventana únicamente contribuye a que la pálida luz que deja entrar a través de sus cristales muestre un lugar triste. Sí, aquí se respira tristeza.

He oído un ruido detrás de la puerta, unos pasos se aproximan. Me acerco a escuchar. Me aparto de golpe como si me hubiese dado una descarga eléctrica. Regreso a la ventana. No, corro otra vez hacia la puerta. Mi cuerpo tiembla, es el miedo que se adhiere a mí como una mortaja. No sé qué hacer, debo pensar pero no lo consigo, mi mente está seca o más bien inactiva, ¿quién decide por mí? Bebo un trago rápido y torpe de whisky que se me derrama por entre los labios. Más pasos golpean el suelo con ritmo lento y firme. Creo que estoy soñando, sí, eso es, me encuentro sumergida en una absurda pesadilla.

La puerta se abre de golpe. De repente, una mano poderosa e invisible me agita de un lado para otro, mi cuerpo está endeble, más bien es el cuerpo sin vida de una muñeca de trapo. Deseo salir corriendo pero alguien me lo impide y ese alguien no es la persona que ha abierto la puerta. Esta se trata de un hombre alto y corpulento, con la cara oculta tras una máscara de Spiderman, que se dirige hacia la mesa donde están los papeles. Los coge, les echa un rápido vistazo y los tira al suelo con desprecio.

-¡Esto es una mierda! No has escrito nada bueno desde hace un mes. ¡No vales para nada! –me grita.

 Con horror veo cómo saca un trozo de cuerda. Lo miro inmóvil, la mano invisible me impide que reaccione. Con rapidez enrolla la cuerda alrededor de mi cuello. Aprieta, aprieta con todas sus fuerzas. Caigo al suelo sin aliento. Una cucaracha trepa hasta mi cara amoratada y la examina con curiosidad. Antes de que todo finalice, creo ver unos ojos gigantes y etéreos flotando en el aire. Y me observan impasibles.

 

Malena Castro, la gran escritora de éxito de novelas de suspense deja el bolígrafo sobre la mesa. Ya ha terminado el cuarto capítulo de su próximo libro. Trata sobre un asesino en serie de jóvenes escritoras. Cuarto capítulo, cuarta víctima. Mañana se lo dará a su secretaria para que lo pase al ordenador.

22/04/2009 16:46 Autor: Nieves. Enlace permanente. Tema: RELATOS Hay 1 comentario.

LA ÚLTIMA TENTACIÓN DE BATMAN

20090323101653-batman-peli.jpg

No sabría cómo explicar lo que me ocurrió, podría inventarlo todo y nunca se asemejaría lo más mínimo a la realidad. Empezaré por decir que mi nombre era Bruce Wayne, que tenía una cierta inclinación homosexual y que en los últimos años de mi existencia adquirí toda clase de adicciones. También diré que el mundo me conocía como Batman. Sí, yo era Batman, el Caballero Oscuro, el héroe de Gotham City y el soplapollas que vendió su alma al ser más despreciable que jamás haya existido.

Han pasado muchos años desde que, a causa del asesinato de mis padres y con la ayuda de mi mayordomo y confidente Alfred, creé mi alter ego. Me convertí en una sombra viva de la noche, un ser inteligente, amante de la justicia, poseedor de un gran valor y de una increíble fuerza. Ayudaba a la policía en su lucha contra el crimen. A veces pienso que en realidad me convertí en un tipo que andaba por ahí disfrazado de gilipollas con una capa que simulaba las alas de un murciélago, conduciendo un coche llamado Batmóvil y luchando contra enemigos con nombres tan ridículos como Joker o Acertijo. En honor a la verdad señalaré que la etapa más feliz y gratificante fue cuando iba acompañado de mi joven y muy querido amigo Robin. De igual forma reconozco que me apasionaba ser un héroe enigmático venerado por las masas. Pero todo tiene un precio. Con los años, Robin me abandonó, aceptó un cheque millonario y se fue como jefe de la Guardia Suiza del Vaticano. He oído que le va muy bien, incluso que allí ha tenido varios amantes muy influyentes. El viejo Alfred ingresó en una secta satánica dirigida por Joker y más tarde fue internado en un psiquiátrico a causa de las alucinaciones que padecía, probablemente fruto de las pastillas que tomaba desde hacía años para poder soportar la presión que yo le imponía diariamente obligándole a guardar mi secreto y a encargarse del cuidado de la baticueva, localizada bajo la mansión Wayne. Respecto a mí, yo colgué la capa, la máscara y vendí el coche a un circo que andaba cerca. Pero mi alter ego se había hecho demasiado poderoso y Batman nunca me perdonó que lo abandonara de aquella manera. Gasté mi dinero en el juego, la bebida, las drogas, prostíbulos, ya sea con hombres o con mujeres. Como era de esperar, mis deudas ocasionaron que los bancos me embargaran la mansión y otros bienes, herencia de mis padres. Me quedé en la ruina. Aún así, la policía conectó alguna vez más la batseñal solicitando mi ayuda. Y cuando yo la veía reflejada en el cielo sombrío de la noche, mi interior justiciero no podía evitar resurgir de nuevo. Pero mi físico había cambiado, y mucho, ya no había forma de encajarme ese estrecho y ridículo traje diseñado para un hombre corpulento y en forma como Batman, no para el gordo barrigón de Bruce Wayne. El Caballero Oscuro no pudo aguantar la decadencia y la humillación a la que yo le estaba sometiendo. Una mañana turbia y fría me levanté con una terrible resaca. Mi lengua parecía hecha de corcho y mi estomago vaciaba su interior como si arrojara un cubo de agua sucia. Me miré al espejo en el aseo del ruinoso motel donde me alojaba. Y entonces lo vi. Batman peleaba por salir de mi interior. Mis orejas, mis ojos, mi nariz, toda mi cara era de murciélago. Incluso tenía un par de colmillos como los vampiros. Estaba horrorizado, no entendía por qué mi alter ego quería destrozarme de aquella manera. Miré mi cuerpo, estaba cubierto de pelo negro y corto. No tenía brazos, en su lugar había un par de membranas finas y grandes como las alas de los murciélagos. Sin duda me había transformado en una sucia rata voladora, ahora sí que era un auténtico hombre-murciélago. Mi oído se vio alterado y empecé a oír todos los sonidos de la noche, me obsesionaba con ellos. Mi instinto estaba fuera de control, me empujaba a sobrevolar la ciudad, a buscar víctimas inocentes pero no para salvarlas de sus atacantes, mi objetivo era beber su sangre, me di cuenta que la necesitaba y no podía evitar esa desmesurada sed que se adueñaba de mi mente como un parásito.  

Una noche especialmente oscura por la ausencia de luna, vino a mí un ser tan enigmático como atrayente. Su voz era profunda, no parecía de este mundo, y me hizo una proposición que no pude rechazar. Me ofreció la inmortalidad, recuperar mi forma humana y adoptar la de murciélago sólo para volar en busca de comida cuando llegara el crepúsculo. Viviría en su castillo y a cambio yo le daría mi alma de criatura mortal. Y así lo hice, no tenía nada que perder; o eso creía, porque sin saberlo estaba perdiendo lo más importante que me quedaba: mi esencia. Ahora vivo en Transilvania, no puedo ver la luz del sol y mi instinto salvaje me obliga a alimentarme de sangre humana. Soy un asesino sediento de muerte y estoy condenado a vivir eternamente como una bestia sin alma y sin identidad. El conde Drácula se apoderó de ella. Ahora él es Batman, el héroe justiciero de Gotham City.

23/03/2009 10:16 Autor: Nieves. Enlace permanente. Tema: RELATOS Hay 3 comentarios.

NUBES DE VIDA

20090308002156-mujer-atada.jpg

Parece mentira, pero realmente no sé qué ha ocurrido. De pronto mi mundo se ha vuelto oscuro, incierto. No puedo moverme, pero siento que mi cuerpo, rígido y frágil, está aquí. Deseo hablar pero mi voz parece apagada. Sin embargo, de vez en cuando, un suave rumor viene con palabras que me hacen pensar. ¿Qué ha pasado? En mi cabeza un nombre me atormenta: Raúl.

Recuerdo que conocí a Raúl en un mal día, frío y lluvioso. Pero, ¿cuánto hace de eso?, ¿unos meses, unos años? Creo que una eternidad.  Yo desayunaba pensativa en una cafetería alejada de mi casa. Mi novio se había ido con otra y me habían echado del trabajo. Él se acercó con paso seguro e insistió en pagarme el café que me estaba tomando. La verdad es que enseguida me enamoré de él. Nunca creí en el flechazo pero ocurrió así, de golpe, con fuerza. Raúl me pareció el hombre perfecto, educado y muy atractivo. Era alto, de espaldas anchas y ojos grandes de un verde cristalino. Reconozco que al principio intuí algo incierto en su mirada y debí hacer caso a mis instintos. Tras un breve interrogatorio sobre mi vida se dio por satisfecho y centró el resto de la conversación en él. Me dijo que trabajaba en una inmobiliaria y que era aficionado a la caza. Al acabar el día  aceptaba salir con él, ilusionada como una chiquilla.

Después de un mes de citas me fui a vivir a su casa. Un pequeño apartamento, algo viejo pero bien arreglado, situado en un barrio de clase media. Al principio la pasión encendía nuestros cuerpos de manera intensa y descontrolada. El sólo contacto con su piel me excitaba como jamás nadie lo había hecho. Nos amábamos como animales, devorándonos. Advertí que él tenía todo el control sobre mí y yo consentía que me poseyera. Y ese fue mi error. Me sentía feliz y vivía ciega, ciega de amor.

Raúl trabajaba casi todo el día y nunca quiso que yo me buscara un empleo.

-Con lo que gano es suficiente para los dos. No me gusta que trabajes para nadie -me confesó una noche mientras cenábamos.

Y como una estúpida pensé que lo decía por amor. Era por egoísmo. Yo pasé a ser de su propiedad, como el coche, la casa o la ropa; algo para su uso y disfrute.

Apenas salíamos a cenar, o al cine, o a dar un simple paseo. No soportaba que me miraran, o que pudiera conocer a otras personas. No teníamos amigos, no teníamos a nadie.

-Y, ¿para qué? Si nos tenemos el uno al otro. Estamos bien en casa, cariño. Los dos solos y sin que nadie  nos moleste –me susurraba al oído.

Los celos le comían y yo, como una tonta, me sentía halagada.

Sin embargo, la tranquilidad se rompió cuando algunas noches empezó a  telefonear a casa para decirme que llegaría tarde y que no le esperara despierta. Asuntos del trabajo. Mentiras y más mentiras. Cuando regresaba el olor a alcohol era evidente. Al principio yo permanecía muda, me hacía la dormida. Pero cada día llegaba más tarde y más borracho. Una noche le esperé levantada, decidida a terminar con esa situación. Iba muy bebido.

-¿De dónde vienes? Estás borracho -le dije sin ocultar mi enfado.

De pronto, una fuerte bofetada me hizo caer de espaldas contra la mesa. No la vi venir. Su mano saltó sobre mi cara como salta la serpiente sobre su presa, con silenciosa rapidez. Me quedé paralizada, no supe reaccionar. El labio me sangraba y notaba cómo se me hinchaba. Jamás me imaginé que aquel hombre, mi hombre, me haría algo así. Eso siempre les pasaba a otras; a otras como yo.

-No consentiré que me interrogues, ni que me insultes. ¿Entiendes?

Me miró clavándome los ojos como puñales. Entonces supe qué era aquello extraño que había visto en él: la bebida. Ésta formaba parte de su naturaleza. Aunque, al parecer lo había dejado durante algún tiempo, estaba claro que volvía a caer en el abismo y yo debí haberlo intuido antes, pues mi padre también fue alcohólico. Al cabo de unos segundos se calmó y sus ojos volvieron a ser como antes. Me ayudó a levantarme. El olor a alcohol me asfixiaba, como cuando era pequeña y mi padre me escupía su asqueroso aliento.

-Lo siento cariño, no sé qué me ha pasado. Sabes que te quiero más que a nada en el mundo, te juro que no volverá a ocurrir -me dijo.

Esa noche me hizo el amor como nunca. Y esa noche comenzó mi infierno. Me creí sus falsas promesas y le perdoné el primer aviso. Y ya no volvió a ser el mismo, ni yo tampoco. Pasó de ser el amante perfecto al más despiadado de los carceleros.

Me prohibió salir a la calle. Él compraba la comida, la ropa, se encargaba de todo.  Me cortó el teléfono, me quitó la televisión, la radio y hasta el equipo de música. Y lo que es peor, cuando salía me encerraba con llave. Sus borracheras pasaron a ser diarias y sus palizas también. Yo deambulaba todo el día en bata, dando vueltas por la casa, asustada, sin parar de llorar. Cuando le oía llegar, mi cuerpo entero temblaba. No sabía qué decirle ni cómo porque estaba segura que cualquier cosa le sentaría mal.

El tiempo pasó y yo me fui acostumbrando a una vida sin vida y a un amor sin amor. La dignidad se pierde cuando menos te lo esperas y la esperanza se diluye como el azúcar en el agua. Yo era un adorno más de la casa, un florero de flores secas, un cuadro tosco y feo.

Las ausencias de Raúl fueron cada vez más largas y a veces tardaba en regresar dos o tres días. Hasta que desapareció. Ahora me parece un mal sueño, pero ocurrió así: un día salió por la mañana y no regresó. Al principio no le di importancia, no era la primera vez. Me di cuenta que sus partidas me hacían más libre, podía respirar sin que me pegara. La quietud se adueñaba de la casa y yo lo agradecía plenamente.

Pasaron los primeros siete días.  Siete días pensando, riendo o llorando, sin poder  hablar con nadie, sin ver a nadie. Pero, y aunque sea absurdo, sólo cuando se me terminó la comida caí en la cuenta de que la puerta estaba cerrada con llave. Me encontraba atrapada en el infierno.

Ahora veo lo estúpida que fui. Mi amor hacia él me había transformado en una inútil. Qué ironía. Yo, que me creía tan fuerte y valiente, tan segura de mí misma. Aquella a quien su racionalidad nunca le había permitido obrar con el corazón, se encontraba encerrada por un hombre en su apartamento sin nada que llevarse a la boca y sin posibilidad de escapar. La vida a veces te sorprende.

Mis recuerdos son claros, pero mi alma está confusa. Floto en un mar de dudas, intento gritar pero no puedo. Sin embargo el ambiente me resulta conocido y esas voces que van y vienen me parecen tan reales... Intento escuchar, desde la lejanía se introducen en mi cabeza unos sonidos pero no los entiendo. Es de locos, creo que me encuentro en el límite de algún lugar. Más allá de la línea no se ve nada, sin embargo, en este lado sé que hay alguien. La agonía de este sentimiento me persigue implacable. Debo seguir recordando.

Humillada en el apartamento pensé mil veces en cómo salir de esa prisión. Me acercaba a la entrada y miraba por la mirilla. A pesar de que el rellano siempre estaba vacío y silencioso, mi garganta se empeñaba en lanzar una especie de aullidos roncos y algo apagados pidiendo ayuda, mientras mis puños golpeaban con fuerza la puerta. Pero nadie me escuchaba. Dios mío, todo aquello era ridículo; no me lo podía creer. En un edificio como ese debería haber alguien. Esa situación parecía más una pesadilla que una realidad. Estaba aislada del mundo en pleno centro de una gran ciudad y no tenía nada que me pusiera en contacto con la vida de ahí fuera. Intenté romper alguna ventana pero me resultó imposible, pues los cristales eran especiales. Impotente, yo observaba el exterior donde, cinco pisos más abajo, la gente caminaba ignorando mi sufrimiento. El muy canalla lo tenía todo planeado. 

Transcurrieron varios días y mi estómago no dejaba de protestar. Me aterraba morir de hambre. Me acostumbré a hablar sola, a reír sola, a llorar sola. Me estaba volviendo loca. Todos los días golpeaba la puerta durante varias horas hasta caer dormida junto a ella, como un perro esperando la llegada de su amo, del mío, de Raúl. Tantos hombres en el mundo y me topé con ese ser cruel y despiadado.

Y entonces sucedió. Oí pasos en la escalera y empecé a golpear, de nuevo, la puerta. Chillaba y lloraba a la vez. Miré y vi una figura acercarse. Me aparté de golpe, como si una descarga eléctrica me hubiera lanzado hacia atrás. Era él. Raúl introdujo la llave en la cerradura y abrió la puerta. Yo corrí hacia el salón buscando dónde esconderme, pero comprendí que ya todo me daba igual. No me importaba lo que me hiciera. Me senté en el sofá y esperé a que entrara. Las fuerzas me fallaban, estaba débil. No tenía ganas de luchar.

Irrumpió en la sala, más atractivo que nunca, con una escopeta en la mano.

-Hola, cariño. ¿Me has echado de menos? He estado cazando con unos amigos -me dijo, mostrándome unas cuantas liebres que traía atadas como un inerte manojo de pelo gris.

Al ver su mano izquierda alzada con los trofeos sangrientos sentí náuseas, pero de mi estómago sólo salieron arcadas, convulsiones y fuertes calambres. Raúl se encaminó a la cocina.

-Esta noche te haré una cena para chuparte los dedos -dijo elevando la voz.

Me parecía increíble. Era como si no hubieran transcurrido tres semanas desde su desaparición. Él me hablaba tranquilo, como si nada. Y yo estaba paralizada, confusa. De pronto la sensatez se adueñó de mi cabeza. Vi la puerta abierta y salí corriendo. Mi libertad estaba próxima. Pero un ruido fuerte y seco seguido de un violento impacto en mi espalda me lanzó contra el suelo. Miré hacia atrás y allí estaba él, empuñando su arma humeante. Se acercó lamentándose de mi actitud.

-Lo siento cariño. Pero no puedo dejar que te vayas. Te quiero demasiado y no consentiré que me abandones. Te hubiera recompensado, ¡te lo juro!; pero mira lo que has conseguido.

El muy cabrón me había disparado con una incomprensible sangre fría. Mi amor, mi carcelero, mi ejecutor.

Lo vi llorar mientras yo me desangraba en el suelo. La oscuridad lo envolvió todo. Y cuando el silencio se adueñaba de mí, oí un segundo disparo.

Ahora todo es distinto. Creo que él está muerto, las voces dicen que se voló la cabeza: el segundo disparo. En cuanto a mí, los recuerdos se me amontonan para después evaporarse formando nubes de vida. Puede que todo sea fruto de mi mente perturbada y nada sea real, o puede que todavía esté tirada a los pies de la maldita puerta, ¿quién lo sabe? Quizás duerma tranquila, pues en este momento mi alma está serena; sin embargo, palpo la muerte, huelo su esencia, la siento muy cerca.

 

 

                                                             

08/03/2009 00:21 Autor: Nieves. Enlace permanente. Tema: RELATOS Hay 1 comentario.

LA HIJA

20090220162528-la-hija.jpg

-Mamá, necesito dinero.

Los ojos de la mujer se nublaron y su corazón se paró durante lo que le pareció una eternidad. De espaldas a la puerta de la cocina no supo qué hacer y sus manos continuaron fregando los cacharros.

-Mamá, por favor, escúchame. Te prometo que esta será la última vez. De verdad, mamá, necesito el dinero, dame lo que tengas y me piro para siempre.

Aquella voz era irreconocible, Elisa nunca habría dicho que ese sonido, vacío y apagado, salía de la garganta de su única hija, su niña, su vida, su ilusión. La droga la había convertido en un espectro, en un maldito desecho sin que ella supiera qué hacer. Su marido le echaba las culpas de todo y ella hubiera deseado estar muerta antes de ver a su familia destrozada. Pero continuaba viva y su familia rota en mil pedazos.

Mamá, mírame!

La joven habló con un pretendido tono de súplica, pero que a su madre le pareció más bien un reproche. Cerrando los ojos se dio la vuelta mientras se secaba las enrojecidas manos en el delantal de flores que llevaba puesto. Al abrirlos descubrió a su hija de pie en mitad de la cocina. Estaba muy delgada, tanto que resultaba increíble que sus piernas pudieran sostenerse solas, de su cara cetrina sobresalía una nariz prominente, aparentaba diez o doce años más. Sus labios antes carnosos y bien formados, eran poco más que una línea seca y sin expresión.

-Hija mía... -no logró decir nada. Las lágrimas afloraron y una intensa tristeza le impidió continuar.

Por un momento, los ojos hundidos de la chica se volvieron más líquidos, casi transparentes, a su madre no le pasó desapercibido,  pero no lloró. Su semblante permaneció duro y firme.

-Escucha mamá. Sólo he venido por dinero, nada más. No quiero líos con el viejo, ni contigo. Si me lo das ahora me iré antes de que vuelva del trabajo. Te lo juro.

No sigas, Merche! -dijo la mujer con la voz ronca- Ya me conozco tus promesas. Prometiste dejarlo e ingresar en un centro de desintoxicación y no lo hiciste. Después que te irías lejos a buscar trabajo, mentiras y más mentiras. Y aquí estás como siempre, como el mes pasado y como tantos otros, pidiéndome dinero, dinero que sabes  apenas tenemos porque tú lo has quemado con la droga.

La joven no pudo sostener por más tiempo la mirada de su madre y agachó la cabeza frotándose las manos de una manera impulsiva. No sabía qué decir. Ella llevaba razón, les había fallado y engañado. No era más que una mentirosa, una mentirosa debilitada por la enfermedad que la consumía lentamente. Un incómodo silencio, cortante como una cuchilla, se adueñó de la habitación. Elisa se fue aproximando a su hija lentamente, como temiendo despertarla, y con suavidad le acarició el pelo. Lo llevaba muy sucio y despeinado.

-¿Qué nos ha pasado, cariño?, ¿en qué nos hemos equivocado? -le preguntó sin apenas voz.

Merche levantó la cabeza y, por primera vez en mucho tiempo, empezó a llorar. Su madre la abrazó  y así, juntas, se sentaron en el suelo. La joven se apoyó sobre el hombro de Elisa y ésta comenzó a cantar y a balancearse acunándola como cuando era pequeña. Pasaron minutos, horas, no podrían decirlo, pero ese fue el mejor momento en años para las dos. Allí en el suelo estaban solas, sin nada ni nadie a su alrededor, y el tiempo se detuvo y el mundo dejó de girar y sus corazones latieron juntos fundiéndose en uno solo. Madre e hija.

-Lo siento, de verdad. No puedo explicarlo, pero esta mierda te engancha y no sabes cómo salir, ni siquiera sabes si quieres salir. Vas cayendo en un pozo oscuro y, cuando te quieres dar cuenta, te has hundido tanto que no consigues volver a ser tú misma, entonces la locura se adueña de ti y dejas de ser libre. Porque yo ya no soy libre, mamá, estoy atada para siempre a esta asquerosa vida.

Con un brusco empujón, se apartó de su madre. De nuevo aquel rostro envejecido adoptó un gesto áspero y huidizo. Se levantó del suelo con sorprendente rapidez y comenzó a deambular por la cocina como si estuviera perdida.

-Mamá, verás, -empezó a decir sin parar de andar -, basta ya de estupideces, no he venido a ver cómo me moqueas encima, ¿sabes? Te lo puedo decir más alto pero no más claro, ¡dame el puto dinero! - Su voz desgarrada parecía salida de otra persona.

Elisa, todavía sentada en el suelo, se estremeció al ver el repentino cambio que había dado su hija y con un ligero temblor en los labios le dijo:

-Pero, cariño, ya te he dicho que no tengo. Además será mejor que te vayas, tu padre no tardará en llegar y si te encuentra aquí...,  no quiero ni imaginarlo.

De pronto, como si el diablo se hubiera apoderado del cuerpo de la joven, ésta empezó a golpear a su madre. La pateaba como a un saco viejo mientras la insultaba y maldecía.

Elisa fue incapaz de reaccionar ante tanta ira y empezó a arrastrarse por el suelo hasta quedar hecha un ovillo en un rincón de la cocina, debajo de la mesa de roble donde su marido y ella comían y cenaban todos los días en el más absoluto de los silencios. Y allí quedó, como un perro asustado, gimiendo y temblando. De pronto, Merche se detuvo; estaba exhausta, el sudor le mojaba la cara y la espalda. Entonces se dio cuenta de lo que había hecho. Empezó a caminar con las dos manos en la cabeza, estirándose del pelo.

-¿Pero qué he hecho?, ¿pero qué he hecho?, ¿pero qué he hecho? -aullaba frenética.

Sus ojos se detuvieron en su madre que seguía tirada debajo de la mesa. La miró incrédula y se acercó despacio.

-¿Mamá? -susurró mientras le tocaba el hombro-. Mamá, ¿estás bien?

Elisa no se movió, el miedo la invalidaba. Estaba aterrada y destrozada. Pero sobre todo estaba confusa.

-¿Por qué?, ¿por qué? -se preguntaba.

Merche cayó de rodillas al suelo, levantó la cabeza, abrió la boca tomando aire, como si fuera el último, como si le faltara, y gritó; gritó de dolor, de rabia, de desesperación. Deseaba que todo fuera irreal. Deseaba despertar de aquella cruel pesadilla y empezar de nuevo, en otro tiempo, cuando aún era una promesa, un deseo, una esperanza. Su madre apartó los brazos con los que se cubría la cara y la miró horrorizada. Al cabo de unos segundos, la joven se puso en pie y volvió a andar de un lado a otro sollozando y lacerándose la cara. Las palabras empezaron a salir de su boca atropelladamente.

-Perdóname, perdóname. Soy una estúpida, mamá, perdóname. Yo, yo..., yo sólo he venido por que necesito el dinero, necesito la droga. Mamá, por favor. Juro que no te molestaré más, de verdad, porque estoy hecha polvo, sí, destrozada por el SIDA que tarde o temprano acabará conmigo, o puede que lo haga la droga. No sé, pero no creo que pueda resistir mucho tiempo, ¿sabes?

Elisa quedó aturdida. SIDA, su niña tenía SIDA. Pero no era posible, ¿desde cuándo?, ¿y por qué no les había dicho nada? Salió de debajo de la mesa sin apenas percibir el dolor de su cuerpo y corrió hacia Merche.

-¿Qué me estás diciendo?, ¿SIDA?; pero, ¿cómo no nos has dicho nada?

La mujer se encontraba demasiado turbada para hablar, le temblaban las manos, frías y mojadas por el sudor. Sin embargo, se obligó a calmarse, ahora no podía fallar. Su hija estaba muy enferma y ella tenía que ayudarla. Intentó acariciarle la cara, pero la joven se apartó como si temiera ser abofeteada.

-Pero, cariño, hoy en día existe un tratamiento bastante eficaz -dijo Elisa bajando el brazo-. Yo te acompañaré al médico y ya verás como todo cambia. Te pondrás mejor. Tu madre está aquí, contigo. Nunca te dejaré.

-Pero, ¿quién te ha pedido ayuda? No la quiero, no la necesito. Es más fácil que me ignores, como ha hecho siempre papá. No soy una buena hija, ni lo he pretendido ser nunca y no me gusta que juegues a ser una buena madre. ¿Me lo merezco? No, no me merezco nada, no merezco tu cariño, ni tu compasión, ni tampoco tu perdón. No sientas lástima por mí, es inútil.

Merche se apartó el pelo de la cara. En sus ojos sólo había angustia, pero su frialdad era más visible que nunca y helaba la sangre de su madre.

-Me voy. ¿Me vas a dar el dinero o no? No tengo más ganas de estar aquí.

Se dirigió hacia la puerta pasando por delante de su madre que la miraba con desesperación e impotencia.

-Hija mía, debes luchar y no rendirte. Eres joven y tienes un futuro por delante. Piensa en ti, y también te ruego que pienses en mí. Me estás rompiendo el corazón, lo mismo que a tu padre. No creas que porque no desee verte no te quiere. Eres su hija y te quiere, estoy segura. Lo que ocurre es que no entiende, no sabe entender.

-¿Que papá me quiere? -aulló de pronto dándose la vuelta-.  Ese no ha querido jamás a nadie. Ni a mí, ni a ti. Sólo se quiere a sí mismo. Deseó que yo hubiera nacido niño, lo sé, pero no, fui una niña, mi primer error. Además, ¿por qué lo defiendes?, nunca te ha tratado bien, siempre ha creído que eras su criada y que sólo estabas para atenderle. ¡Dios!, no te puedes imaginar cómo odiaba que te diera órdenes: “¡tráeme una cerveza!, ¿cuándo se come en esta casa?" Y tú, mamá, callabas, callabas sumisa. No podía soportarlo, por eso me fui. Igual que ahora, también me voy. No soporto tu estúpida resignación.

Merche salió de la cocina con paso decidido. Al llegar a la entrada de la casa agarró el bolso de su madre que colgaba junto a una chaqueta de lana gris, de una percha que había en la pared. Rebuscó y sacó  el monedero cogiendo el dinero que había dentro, no era mucho, cincuenta euros que se guardó en un bolsillo de sus sucios vaqueros.

En un intento más de detenerla, Elisa la cogió por el brazo, sintió un escalofrió "¡Dios mío, está en los huesos!" -pensó.

-Merche no te vayas por favor. Debes pelear contra esa enfermedad.

La joven, retiró la mano de su madre y dijo:

-Estoy cansada, mamá. Ya no quiero luchar, ya no puedo. Déjame en paz.

Con un fuerte portazo cerró la puerta tras de sí, dejando en su madre una amargura tal que el alma le dolía más que la paliza.

Elisa regresó como pudo a la cocina y empezó a preparar la cena. Él estaba a punto de llegar y vendría con hambre. Ella había trabajado toda su vida para los demás y a cambio de nada. Primero, cuando murió su madre la tuvo que sustituir  para atender a su padre y sus dos hermanos. Dejó la escuela y cualquier posibilidad de estudiar, luego se casó y fue aún peor. La niña llevaba razón, su marido la consideraba una criada, incluso se reía de su incultura y la insultaba continuamente. Todos lo pensaban, y ella se daba cuenta, no era más que un trapo sucio e inútil. Pero siempre callaba y lloraba en silencio, como ahora.

Oyó la llave abriendo la puerta y a su marido que entraba hasta el dormitorio a cambiarse de ropa. Ni se molestó en pasar a la cocina a saludarla. Nunca lo hacía. Al cabo de unos minutos escuchó la televisión.

-¡Elisa, tráeme una cerveza! -le gritó desde el salón.

En un principio no quiso hacerle caso, que sea él quien la coja, pero lo pensó mejor, no tenía ganas de bronca. Obediente, abrió la nevera y sacó un bote de cerveza.

-¿Estás sorda o te has perdido por el camino?

-¡Ya voy!, ¡qué prisas tienes! -respondió la mujer mientras se dirigía con paso débil al salón. Se sentía agotada, deshecha.

-Toma, anda. No hace falta que me grites.

-¿Cómo que no? Vengo reventado del trabajo y sólo quiero beberme una cerveza tranquilo antes de cenar y tú que llevas aquí todo el día sin hacer nada, te haces la remolona y tardas una eternidad. Desde luego, no sé cómo sigo contigo. Por cierto, ¿qué hay de cena?

Una profunda rabia enrojeció la cara de Elisa. Encolerizada, decidió contárselo.

-Antonio, tu hija ha venido. Está muy enferma y nos necesita.

Un tenso y breve silencio se apoderó de ambos. Hacía calor, la calefacción estaba demasiado fuerte y el aire era seco. Costaba respirar.

-Te he preguntado por la cena.

-Y yo te digo que tu hija está muy enferma. Antonio, tiene el SIDA.

Él entornó los ojos y sus dedos comenzaron a bailar por encima de los botones del mando a distancia, como si buscaran algo que no parecían encontrar.

-Yo no tengo hija. Vete a hacer la cena y déjame en paz, que va a empezar el fútbol.

-Sí que tienes una hija, y te repito que...

-¡No me interesa esa zorra drogadicta! -le interrumpió levantando la voz para aparentar más dureza-  ella se lo ha buscado. Nadie le dijo que se fuera, ni que se drogara. Si ahora está enferma, no es mi problema, que la cuiden sus amigos, esos con los que se acuesta y se droga.

Elisa no pudo aguantar más y estalló. La ira contenida durante tantos años salió a borbotones.

-Tú sí que estás enfermo, pero enfermo de miedo. Eres un cobarde, siempre lo has sido. Sólo has sabido insultarme y tratarme como a una criada, pero cuando hay problemas no sabes enfrentarte a ellos. Constantemente me has dicho que no sirvo para nada y te equivocas, eres  tú el que no vale para nada. Ni siquiera para querer a tu hija, a tu propia sangre. Eres frío como un témpano. Nuestra hija se está muriendo y no te importa. Pues a mí sí que me importa y voy a pelear contra viento y marea, digas lo que digas y hagas lo que hagas. Puedes quedarte ahí sentado en el sillón, comiendo y bebiendo como un cerdo mientras ves la televisión sin hacer nada. Porque no sabes hacer nada. No deseo estar ni un minuto más contigo, me das asco. Me voy a buscarla, a mí todavía me quedan ganas de luchar, luchar por ella y por mí.

Antonio permaneció sentado mirando como hipnotizado la pantalla del televisor. No podía pensar, ni hablar, ni siquiera se atrevió a hacer el más mínimo movimiento. Tan sólo su mano derecha apretaba con fuerza el bote de cerveza hasta doblarlo y hacer que el líquido se derramara sobre el sillón, pero ni se inmutó. Oyó un fuerte portazo, ella se había ido. Estaba solo. Solo. Los dedos volvieron a jugar por encima del mando a distancia. Se sacó el pañuelo, esas malditas lágrimas no le dejaban ver el partido.

 

 

                                                       

 

 

20/02/2009 16:25 Autor: Nieves. Enlace permanente. Tema: RELATOS Hay 3 comentarios.

"EN LA OSCURIDAD"

20090206164820-luna-en-la-ventana.jpg

No me asusta la oscuridad. En la oscuridad no hay nada ni nadie, sólo yo.

Oigo un ruido. Intento ignorarlo. Alargo la mano hacia la mesita de noche, cojo el vaso de agua. Está vacío. ¿Cómo?, si lo he llenado antes de acostarme. Da igual, iré a la cocina y lo volveré a llenar. Contaré hasta diez, me levantaré y encenderé la luz. Otro ruido, más cerca. Alguien susurra junto a mi cama. Cierro los ojos con tanta fuerza que hasta me duelen los párpados.

- No hay nadie, no hay nadie – repito en voz alta.

Los vuelvo a abrir. Veo una sombra cruzar el umbral de mi puerta. Mi respiración se acelera, mi garganta se seca. ¿Y si realmente hay alguien? No, es sólo la luz de la luna a través de mi ventana. Uno, dos, tres,… Un dedo helado recorre mi mejilla. Mi corazón galopa con furia y mi estómago quiere vomitar. Cuatro, cinco, seis,… No debería ver tanta mierda por televisión, los asesinos no se cuelan en la casa de cualquiera. Respiraré hondo y recorreré despacio el pasillo hasta la cocina. Algo brilla en la oscuridad, parece de metal. ¿Un cuchillo? Siete, ocho, nueve…

06/02/2009 16:48 Autor: Nieves. Enlace permanente. Tema: RELATOS Hay 2 comentarios.

POR ENCIMA DE TODOS

20081226195013--taconazos-blancos.jpg

Me gustan mis pechos y cuanto más los miro, más me gustan. Y no crean que soy tan vanidosa, no, no se trata de eso. Es otra cosa parecida a la felicidad. Sí, esa extraña sensación que nadie sabe definir, pero que todo el mundo quiere alcanzar.

Desde pequeña, siendo aún Manolo, he soñado con tener un buen par de tetas, pero la operación costaba una pasta y yo siempre he andado un poco escasa. Así que me he tirado un montón de años inflándome a hormonas y poniéndome relleno en el sujetador mientras ahorraba todo lo que podía. He trabajado y sufrido mucho en la calle. He tenido que cumplir los deseos más  sucios de los clientes; incluso por unos cuantos euros más, me he dejado pegar por algún que otro cerdo hijo de puta. Pero todo eso ya no me importa, porque por fin la espera ha traído su hermosa recompensa. Me las he puesto tan gordas y duras que los hombres se vuelven locos sólo con mirarlas. Desean tocarlas y besarlas, y yo les dejo, claro, siempre que paguen.

En el pueblo, todas las viejas arpías se morirían de envidia mientras que sus maridos se tendrían que secar la baba si me vieran así de hermosa. Pero yo no voy a regresar. Me fui un día y prometí no volver nunca, y no volveré. No señor, no lo haré, porque la Tania si promete algo lo cumple. Me hicieron tragar mucha mierda en ese jodido pueblo. De pequeña  los niños me tiraban piedras mientras sus padres se reían.

- ¡Manolito es un mariquita, y, además, llora como una nenaza! – gritaban los chiquillos mientras corrían detrás de mí para pegarme.

Pero yo no era ninguna nenaza. Era una niña atrapada en un cuerpo equivocado. Dios se había confundido conmigo y yo tenía que sufrir su error el resto de mi vida. Lo de mi padre era peor, ¡menudo cabronazo! Yo era su único hijo y jamás pudo aceptarme. No soportaba verme. Mis maneras y mis gestos hacían que se calentara más de la cuenta y el muy animal terminaba por darme una buena paliza. Me zurraba casi a diario. Reconozco que siempre he sido de mano tonta y nunca he sabido ni querido disimularlo.

- ¡Te voy a sacar el mariconeo a hostias! – aullaba con el cinturón preparado en la mano.

Tal era su obsesión que incluso me llevó a los 16 años a una casa de putas a ver si allí me hacían un hombre. Menudo gilipollas, nadie podía hacerme un hombre porque yo era una mujer, mi alma era de mujer y nada ni nadie me iba a cambiar.

Con mi madre todo era distinto. Ella me comprendía. Sabía lo que yo sentía sin tener que decírselo. Recuerdo que el día que cumplí ocho años me regaló, a escondidas, lo que yo más deseaba: una muñeca. Tenía el pelo largo y rubio, las piernas delgadas y las tetas de punta. De mayor quería ser como ella. Me imaginaba con esa melena y esos maravillosos vestidos. Cuando me quedaba sola en casa, me colaba en la habitación de mis padres y me vestía con la ropa de mi madre. Sus faldas, sus medias, sus camisas, hasta me ponía sus collares y me pintaba los labios de rojo. Aunque lo que más me fascinaban eran sus sujetadores. Tenía de varios colores, pero había uno rosa que me encantaba. Lo sacaba con cuidado de la caja, le quitaba el delicado papel de seda y me lo colocaba despacio, después lo rellenaba con trozos grandes de algodón. ¡Qué guapa estaba y qué bien me quedaba! Me miraba en el espejo y veía a una artista, como la Pantoja o la Sara Montiel. Cantaba sus canciones, y ya entonces me di cuenta que yo tenía algo especial, estaba claro.

Sin embargo, las cosas nunca salen como uno quiere, ¿verdad? Por más que rezara a la Virgen del Rocío, por más que llorara ante su imagen, crecí con aquel odioso cuerpo de hombre. Con 17 años me marché del pueblo y a los 18 empecé a ponerme hormonas y a salir a la calle vestida de mujer. Empezaba a ser yo, la Tania. Manolo había muerto, aunque reconozco que alguna que otra vez me ha salido el tío que duerme dentro de mí y me he liado a leches con algún cabrón que ha querido pasarse conmigo. Pero ya casi no me suele ocurrir esto, porque me he convertido en una mujer educada y no en una puta vulgar de esas que se ven en cualquier esquina.

Yo no tengo a ningún hombre, como la mayoría de las chicas. Todo lo que he ganado en la calle ha sido y será para mí. Ningún chulo me va a quitar mi dinero. No me dejo destrozar el culo para nada. La Chabeli me dice que debo echarme un buen hombre, fuerte y serio, para que me defienda de los tipejos que a veces nos vienen por la noche. Pero yo le digo que no necesito a nadie, me sé defender muy bien sola. La pobre loca se preocupa por mí, y desde que mataron de una paliza a la Susi no deja de insistirme con lo del chulo.

Pobre Susi, era casi una niña, tan frágil y pequeñita, apenas tenía tetas y estaba muy delgada. Su voz era la más dulce y aguda de todas nosotras. Su verdadero nombre era Carlos Fidel. Vino desde Cuba a España cargada de ilusiones. Quería ganar mucho dinero para regresar algún día a su país y comprarse una buena casa para vivir como una reina con su madre y su hermana. Creo que su hermana era retrasada o algo así. Por eso aceptaba a todos los clientes y ese fue su error. La Chabeli y yo le decíamos que debía elegir, porque algunos son unos auténticos hijos de puta. Y ella, con lo poquita cosa que era, no tenía suficiente fuerza para defenderse, como hago yo. No nos hizo caso. La pobre no llegó a cumplir su sueño. Nunca vivió como una reina pues murió apaleada como un perro.

Últimamente, las cosas no me van del todo mal. Ya no ando tirada en la calle pasando frío y calamidades. Ahora soy una puta con clase, tengo estilo y eso lo ven los clientes. Incluso las otras chicas me dicen:

- Tania, tú sí que sabes lo que es tener estilo; y no las zorronas esas que salen en las revistas del corazón.

No les falta razón. Porque yo cuido mucho mi vestuario. La poca ropa que tengo me la he comprado en tiendas caras y no en cualquier sitio. Sólo dispongo de un par de zapatos, pero son de calidad y me costaron una buena pasta. Son de charol blanco, preciosos y con más de quince centímetros de tacón. Cuando me los pongo subo a lo más alto y miro a todos por encima del hombro. La verdad es que tengo un buen cuerpo, no lo puedo negar. Un poco ancha de espaldas, pero con un buen culo y un buen par de tetas. Y eso es suficiente.

Trabajo en un local bastante respetable. Por las noches me visto como Cher y Madonna y canto sus canciones. Todo el mundo dice que soy casi tan buena como ellas. Mi número musical es el más esperado. Cuando me nombra el presentador la gente se calla y aguarda expectante a que yo salga. Una vez en el escenario los hombres me aplauden y me dicen toda clase de piropos. Muchos están borrachos, pero yo sé que me desean. Después de la actuación todos me quieren invitar a una copa. Eso sí, sólo me dejo echar un polvo por el que más dinero me suelte, faltaría más. Lo malo es que tengo que dar un porcentaje al dueño del local, es un ladrón. Si alguna vez me he negado, se ha liado a darme de hostias. Pero sabe que sin mí su local sería una mierda y luego me pide perdón. Y yo como tengo el corazón muy grande, le perdono y hasta dejo que se acueste conmigo. Pero yo no lo considero mi chulo, sólo es mi jefe. Además, yo necesito subir al escenario. Soy una artista, sin mis actuaciones y sin mi público me moriría.

Lo malo es que el tiempo pasa demasiado deprisa y yo me voy arrugando poquito a poco, como una pasa. Todavía valgo para lo mío, pero no me quedan muchos años. Además, la bronquitis crónica que cogí hace tiempo en la calle está acabando conmigo. Bueno, en realidad esa bronquitis dice el médico que ahora es cáncer. ¡Qué más da!, SIDA, hepatitis, cáncer, de algo hay que morir, ¿no? Mientras mis pulmones aguanten, yo seguiré ahí, en lo más alto del escenario, encima de mis tacones. Porque yo soy la Tania y eso, es mucho.

 

26/12/2008 19:50 Autor: Nieves. Enlace permanente. Tema: RELATOS Hay 2 comentarios.

¡¡FELIZ NAVIDAD, FAMILIA!!

20081207125620-arbol-de-navidad.jpg

Hablemos de la Navidad, usted y yo. Hablemos tranquilamente de esa noche tan entrañable y feliz: Nochebuena. La familia se reúne a cenar en torno a una gran mesa, llena de selectos manjares y de caras sonrientes. Guirnaldas de colores, villancicos, turrón, regalos... todo es maravilloso, ¿verdad? Pues bien, ahora hablemos de otra Navidad. Es una Navidad distinta, no tan entrañable, pero sí más real. Y no crea que le voy a contar cómo hay gente que vive sin nada que comer y en la más absoluta de las miserias. No, no me corresponde a mí limpiar las conciencias de los demás. Si no le importa, hablemos de mi Navidad.         

Le diré que para esa noche tan especial y como acto de buena voluntad, mi familia me saca de la residencia de ancianos, donde me encerraron como a un preso peligroso hace ya algún tiempo. Me llevan a casa de mi hijo mayor, Jacinto, y de mi encantadora nuera Pilar, y me colocan en una esquina como si formara parte, un año más, del típico ornamento navideño que decora el comedor con total ausencia del más mínimo sentido del ridículo. Y así, comienza la velada. Estamos sentados alrededor de una mesa alargada con multitud de platos repletos de comida, cuya única opción es montarse unos sobre otros para poder hacerse con un sitio digno; pues mi nuera, en una muestra más de su pésimo gusto, ha colocado en el centro de la mesa tres candelabros decorados con unos enormes lazos dorados y unas velas rojas que sólo sirven para que cada vez que alguien estire el brazo se queme con la llama.

Jacinto es un hombre de 45 años, con una prominente barriga, un cierto grado de falsedad y una incontenible inclinación hacia la pornografía. Mi querida nuera Pilar, como es habitual en ella, a la hora de la cena ya da muestras de haber sido la primera en probar, generosamente, el vino tinto, el rosado y el blanco. Es una mujer tetona, con un gran culo y una increíble mala leche. Al lado de mi nuera, se sienta Rosita, mi nieta, un angelito de 11 años, rubio, regordete y con unas ganas tremendas de joder a todo el mundo, en especial a su primo Daniel, el niño con la cabeza más grande que jamás he visto, pero que, a juzgar por su comportamiento, no le debe servir de mucho. Daniel es el hijo de Laura, mi pequeña, una mujer escuálida, histérica y fumadora compulsiva, casada con Miguel, el hombre más gilipollas que existe en el planeta, el cual se empeña todos los años en ejercer de chef preparando, como él mismo se atreve a decir, una deliciosa exquisitez sorpresa, aunque la verdadera sorpresa es que alguien se atreva a comerla. Y finalmente, sentado a mi lado está el hermano menor de mi nuera, Rafita, un expresidiario colgado y drogadicto, con los ojos inyectados en sangre y la cara desvaída, y del que nunca logro entender ni una sola palabra.

Conforme pasan los minutos, los comensales van dando buena cuenta de la comida. Gula, auténtica gula es lo que yo veo. Bocas insaciables devorando todo lo que encuentran, restos de salsas y de grasa deslizándose por sus barbillas, copas que se vacían y se llenan como por arte de magia. Yo los contemplo con una gran repulsa, especialmente porque a mí sólo me han puesto una sopita y una pechuga asada.

-¡Abuelo, ya sabe que a su edad no puede comer otra cosa! -me grita la odiosa de mi nuera con una estúpida sonrisa. Sé que la muy zorra está disfrutando.

-¡Joder, Laura! Deja ya de fumar, das asco siempre con el cigarro en la boca -le regaña mi hijo Jacinto a su hermana.

Bien, pues aquí comienza mi auténtica Nochebuena, cuando el vino se adueña de las mentes y la lengua de la familia. Mi yerno Miguel saca al exterior el macarra que lleva dentro y le dice a Jacinto:

-Tú cállate, degenerado hijo de puta. Mi mujer se fuma los cigarros que le da la gana y sólo yo tengo derecho a decirle algo.

-¿Tú?, ¿y quién te crees que eres tú? -le contesta Laura a su marido.

-Pues te guste o no, soy tu marido, ¿entiendes? Tu ma-ri-do -le grita con la mano levantada.

-Ya salió el salvaje soplapollas como siempre levantándole la mano a su mujer -añade Jacinto.

-¿Quieres ver cómo te meto una hostia y así compruebas lo salvaje que puedo llegar a ser? -le amenaza su cuñado.

-¡Venga, ya está bien! Estamos de fiesta. ¡Viva la Navidad! -aúlla con una desagradable voz de soprano y totalmente borracha mi nuera Pilar, que en un intento de levantarse de la silla, tira dos copas manchando de vino el ridículo vestido morado comprado para la ocasión de mi hija Laura.

-¡Borracha de mierda!, ¡mira lo que has hecho! -le increpa, mientras se limpia con la servilleta.

-De todas formas ese "festido" te sienta como el culo. Te marca todos los huesos, pareces una momia con traje de noche -añade Laura.

-Más quisieras tú tener mi cuerpo, bola de sebo -le contesta la otra.

Como usted comprenderá, yo observo la escena divertido y ajeno a toda discusión, porque es lo mismo de siempre y disfruto viéndolos. De pronto un trozo de pan me da en la frente. Ya han empezado. Llega el momento de los niños. Ese momento tan especial en que comienzan a volar los restos de la comida, migas de pan, trozos de carne con hueso incluido,... una auténtica batalla.

-¡Me cago en la puta!.... Murmura entre dientes Rafita cuando le alcanza en la nariz algo pringoso que le gotea hasta su camiseta negra de los Sex Pistols.

-¡Niña, estate quieta!, que siempre la tienes que liar -dice mi yerno Miguel.

-Oye, tú a mi hija ni la mires ¿Me oyes, chulo de mierda? Además, siempre empieza el imbécil de tu hijo -añade Jacinto, poniéndose en pie y rascándose sus partes con total impunidad.

-¿Qué has dicho?, ¿a quien le has llamado imbécil? -le grita Laura.

La escena parece sacada de una película de Almodóvar. Totalmente surrealista. Mi nuera Pilar consigue levantarse al tercer intento y comienza a retirar los platos de la mesa. Como su andar es oscilante, al pasar por el gigantesco árbol de Navidad tira unas cuantas bolas que se hacen añicos en cuanto tocan el suelo. Todo el mundo calla de pronto; es como si hubiera cometido el peor crimen de la historia. Ella se para, los mira con ojos de besugo y entre balbuceos consigue decir:

-¿Quién ha puesto aquí el puto árbol?

Todos saben que el puto árbol lo coloca ella en ese mismo lugar todos los años, pero nadie dice nada. Se levantan y ayudan a recoger la mesa. Llega la hora de los turrones. Los niños siguen con sus peleas hasta que se fijan en mí. Es la parte de la noche que más temo. Rosita se acerca y pega su cara a la mía.

-Abuelo, tienes muchas arrugas. Estás muy viejo y se te cae la baba.

Los dos niños comienzan a reír y a estirarme del escaso pelo que aún me queda.

-Niños, dejad al abuelo, que es muy mayor y no se entera de nada -les dice Miguel.

Y por fin llega ese momento tan esperado. El del turrón. Una hermosa bandeja de turrones de varios sabores ocupa el centro de la mesa. Todos se lanzan a por el pedazo más grande. Mi nuera, dando muestras una vez más de su mala leche, me da una mierda de trozo de yema tostada.

-Tome abuelo, que con esa dentadura no puede comer otro - me dice entre risas y echándome su apestoso aliento de borracha. Me doy cuenta de que sus dientes están manchados de resto de comida. Siento auténtico asco hacia ella.

De pronto, mi hija Laura empieza a encontrarse mal. Está azulada y muy mareada. Con un fuerte impulso comienza a vomitar encima de la mesa. Al verla las náuseas y el malestar se extienden por el resto de la gente. Todos vomitan y se quejan de fuertes dolores de estómago. La primera en morir es Laura. Un grito propio de un cochinillo en el matadero se adueña del ambiente. Es mi nieto Daniel, que mira a su madre con los ojos muy abiertos mientras cae al suelo con los pantalones mojados de orines. Poco a poco todos van muriendo entre espasmos y calambres. Yo contemplo impasible la escena, sin una mueca. La verdad es que no siento nada.

Se ha hecho el silencio, sólo quedamos mi nieta y yo. Ella mordisquea un trozo de turrón de chocolate que acaba de coger, mientras yo observo el mío de yema tostada. La niña, como ausente, susurra:

-No te preocupes, abuelo, a tu trozo de turrón no le he echado veneno. Total, te vas a morir pronto. Eres demasiado viejo.

Una sonrisa se dibuja en mis labios. Levanto los ojos, miro aquel angelito rubio y con suavidad le digo.

-Pero yo al tuyo sí, cariño.

07/12/2008 12:56 Autor: Nieves. Enlace permanente. Tema: RELATOS Hay 3 comentarios.

LA HUELLA DEL OLVIDO

20081110085834-las-huellas.jpg

A veces me pregunto si te acuerdas de mí. Si en algún momento una nube, remota y liviana, te trae algún resto de lo que fui. Pero no debo engañarme, sé que no. Sé que estarás jugando a las cartas y bebiendo con otros como tú y que les contarás esos estúpidos chistes sin ninguna gracia. Sé que en tu cara no habrá ninguna sombra de duda, que tus manos no temblaran de miedo, sé que en ti no caben los remordimientos.

Yo, sin embargo, tengo una idea amarga y borrosa de ti. Ando de aquí para allá, sin saber exactamente dónde estoy ni hacia dónde voy. No sé qué hacer. Intento preguntar a quien pasa por mi lado pero mis palabras se niegan a salir. Y entonces, una densa y fría niebla se interpone entre nosotros, y la persona desaparece. Es extraño, ¿verdad? Mi vida es extraña. Aquí todo es extraño y, especialmente lento, demasiado lento, los días transcurren de manera tan monótona que cuestan de soportar.

El aire de aquí huele a miedo. Algunas veces me siento en mitad de la nada, levanto la cabeza y con los ojos cerrados, aspiro una gran cantidad de aire. Y me quedo quieta hasta que mi cuerpo lo reconoce y se estremece. Es el olor a miedo lo que impregna cada rincón de este sitio, lo que hace que la gente no se mire y que apenas hable. Pero tú no puedes saberlo. Tú estás tranquilo, ¿verdad?

Ayer me encontré con alguien, era una chica muy joven, casi una niña. Me acerqué despacio, como empujada por el viento. La miré en silencio durante minutos, horas, no sé. Aquí el tiempo es confuso. Intenté romper el hielo, pero yo siempre me he considerado incapaz de expresarme bien. Llevaba varios días, o semanas, o meses,  sin pronunciar una palabra. Y por fin, cuando quise decir algo, me asustó el sonido de mi propia voz. Me salió ronca y seca. Intenté darle un tono más dulce.

-Hola -le dije-, ¿cómo te llamas?

La muchacha se mostró fría y distante. Su cabeza se movía esquiva y sus labios temblaban. Lentamente puso sus ojos en los míos. Jamás había visto unos ojos tan tristes; sólo con mirarlos se me estremecía todo el cuerpo.

-¿Dónde estoy? -me preguntó desconcertada.

Su cara estaba pálida y su pelo rubio se mecía acariciado por una brisa ligera que envolvía nuestros cuerpos.

-¿Dónde estoy? -insistió.

-No lo sé -le contesté.

Traté de captar su atención moviendo mi mano por delante de sus ojos, y volví a preguntarle.

-¿Recuerdas cual es tu nombre?

-Creo que me llamo Eva. Pero no estoy segura. No estoy segura de nada.

Le pasé el brazo por encima de su hombro, la pobre estaba aterrada, y comenzamos a andar.

Hemos caminado toda la noche por una especie de sendero. La blanquecina luz de la luna brillaba lo suficiente para cubrir el lugar de una luz lechosa. Al amanecer nos hemos sentado. Ahora debe ser mediodía porque el sol brilla de un modo grande y firme.

-¿Crees que alguien sabe dónde estamos? -me pregunta cabizbaja.

-Creo que no, Eva. Además me parece que tampoco les interesa. Tengo una sensación extraña, no te la puedo describir, pero este lugar...

-Sí, aquí todo es extraño.

Pienso que, algunas veces, las cosas no suceden porque sí, sino que hay algo que las provoca. Nuestra esperanza era ver a alguien, alguien que pudiera darnos respuestas y alguien ha aparecido.

Se llama Elsa y es una mujer mayor de ojos oscuros y llenos de melancolía. Nos ha dicho que en este lugar hay muchas mujeres y que todas andan perdidas.

-No os preocupéis -nos dice-. Tarde o temprano todas acabamos por comprender. Ese momento os parecerá especialmente doloroso, pero no tendréis más remedio que asumirlo.

Sus ojos se han vuelto casi transparentes y las lágrimas han surgido brillantes y limpias.

-Pero, ¿qué debemos entender? -le pregunto intranquila.

La cara de Elsa se vuelve sombría y una leve sonrisa asoma por sus labios finos y arrugados. No sabe qué decir, no sabe cómo explicarnos lo que sucede. Nos ha tomado, con gran delicadeza, las manos; las suyas están heladas y  apagadas.

-Escuchadme. Vosotras... Vosotras estáis muertas. Aquí todas lo estamos -nos dice susurrando, sin apenas abrir la boca, como si temiera que alguien la pudiera oír.

-¿Muertas? Pero, qué dice, ¿muertas? Eso es imposible. Míreme, yo estoy viva. Es más, me siento viva. Y usted...

De pronto, todo ha desaparecido: Eva, Elsa, el camino, el sol, todo.

Vuelvo a estar sola, de pie en medio de ningún sitio. Y, de nuevo, un intenso pesar me trae tu recuerdo. Otra vez tú. Ahora te siento más fuerte, incluso puedo verte. Un miedo turbio se ha apoderado de mí. Mil imágenes se mueven dentro de mi cabeza y comienzan a unirse como las piezas de un puzzle. Encajan perfectamente, primero las de fuera, luego las de dentro. Cuando por fin se ha completado lo miro  impaciente, y compruebo cómo su imagen se empieza a mover. Ahora estoy sentada en un cine vacío, con una enorme pantalla en donde aparece una lápida con mi nombre:

Alicia Gómez Ruiz, 1967- 2008"

Y empieza la película.

Aparezco tirada en el suelo llorando. Estoy destrozada, los ojos se me han hinchado y apenas puedo ver. Los labios me sangran. De pie, junto a mí, un hombre visiblemente bebido me está insultando y apaleando.

Ahora lo comprendo todo. Aquel hombre eres tú. Recuerdo que tus palizas eran casi diarias, y recuerdo que yo siempre callaba  tragándome las lágrimas. Vivía en una permanente agonía, sin una queja. Esos días me odiaba, odiaba mi cuerpo débil y delgado, odiaba mi identidad y mi humillación. La garra de la vergüenza me atenazaba el alma. Siempre temía hacer algo que te irritara. Intentaba ser obediente, como tú querías, pero nunca conseguía que estuvieras satisfecho conmigo. Descubrí que mi sola presencia te encolerizaba. Decías que me querías, pero era mentira, tú no sabes querer. Algunas vamos con una cuerda atada al cuello, y a mí ese nudo me oprimía la garganta hasta impedirme respirar. Entonces te dejé, me lo aconsejaron. Pero siempre supe que ese sería mi mayor error. Eras demasiado dominante para aceptarlo, ¿verdad? Tu soberbia y tu orgullo te lo impedían. Y lo hiciste, tenías que hacerlo. Aquel día saliendo de mi nueva casa te acercaste a mí, y con los ojos rebosando rabia y desprecio, me disparaste. Reconozco que no sentí nada, no dolió, ni me quemó. Nada.

Estoy muerta, y eso es normal. Muere gente todos los días. Pero mi muerte es injusta. Tú me has matado por odio, aunque la prensa habló de “otro crimen pasional”. Lo que más me duele de todo es que he pasado de ser una mujer que sufre malos tratos a ser un número más en las estadísticas. Otra más. Pero, en unas pocas semanas, nadie hablará de mí, ni siquiera tú me nombrarás. El olvido lo devora todo.

He vuelto a ver a Eva, y a Elsa, y a muchas más. Porque aquí somos muchas y cada día vienen más; más caras nuevas con ojos confusos y almas perdidas. Y todas con la misma pregunta:

-¿Hay alguien que se acuerde de mí?

10/11/2008 08:58 Autor: Nieves. Enlace permanente. Tema: RELATOS Hay 3 comentarios.

LA HABITACIÓN DE JUEGOS

20081030225008-habitacion-de-juegos.jpg

Grandes batallas se libraron en mis dominios, batallas provocadas por dioses caprichosos que  jugaban con el destino de multitud de seres. Escuadrones de valientes soldados organizados en perfecta formación, esperaban el comienzo del combate. Monstruos que escupían fuego, gigantescas naves enemigas con mortíferos rayos láser y algún que otro animal salvaje, atacaban sin piedad las tropas. Los soldados caían en masa, sin soltar el fusil, sin inmutarse, sin una mueca de dolor. Pero volvían a levantarse, como si tuvieran el don divino de la inmortalidad, para regresar a su cuartel de cartón, donde aguardaban pacientes su próxima batalla. ¡Ah, sí!..., ¡qué historias se  vivieron en mi pequeño territorio! Aún recuerdo aquellas hermosas muchachas de piel lisa y radiante. Muchachas de eterna sonrisa que cambiaban de vestido y de peinado para ser unas veces princesas o reinas, y otras cantantes o gráciles bailarinas. Familias de variados e insólitos miembros corrieron mil aventuras en mi mundo. Todavía puedo oír la risa de aquellos barrigudos y rosados bebés cuando eran mecidos por sus pequeñas madres. En ocasiones, simples cajas de zapatos se convertían, gracias a poderosos hechizos, en valiosos cofres que guardaban en su interior los tesoros más grandes que jamás existieron. Tesoros que permanecían ocultos bajo el poder de las sábanas mágicas, que los protegían, junto a sus dueños, de los fantasmas y brujas que merodeaban al caer la noche.

Ahora todo es distinto, pues hace tiempo que los dioses me olvidaron. La soledad de estas paredes me trae la nostalgia de una era donde reinaba la imaginación. Ya no oigo las voces de ese mundo. Qué extraño me resulta el silencio que ahora gobierna.

 

30/10/2008 22:50 Autor: Nieves. Enlace permanente. Tema: RELATOS Hay 3 comentarios.

DESDE MI SUEÑO

20081020192859-pistola.jpg

Tenía ganas de llegar. Pasaban ya dos minutos de la medianoche y hacía frío. Caía fina como el polvo una especie de aguanieve, lo que no me agradaba en absoluto. Pero por fin, vi el desolado edificio donde pasé muchas horas de mi infancia y adolescencia. Aquel que me cambió la vida. Me acerqué sigiloso, como impulsado por el viento.

El viejo cine se encontraba enfrente de mi casa. Las letras redondeadas y grandes de su nombre, en otra época alegres y rutilantes, estaban rotas y herrumbrosas. Aún recuerdo el hormiguero de gente que los viernes por la noche hacía cola en la taquilla para ver la película de moda. Mis amigos y yo nos colábamos entre la turba a base de codazos y empujones.

Pero una vez dentro un fascinante mundo se abría ante nosotros. Las ilusiones y los sueños, renacían cada semana. Yo sentía una especie de vértigo cuando mis ojos recorrían la enorme y blanca pantalla. Buscábamos tres asientos libres y nos acomodábamos. Después uno de nosotros, elegido a pares o nones, era el encargado de comprar los cucuruchos de pipas. Todos aguardábamos emocionados a que la sala se quedara a oscuras. Ese momento era especial, misterioso. Durante unos escasos segundos la gente callaba, y poco a poco de la lejanía surgía un murmullo suave. Daba la impresión de que se urdían misteriosas intrigas. Nadie osaba hablar en voz alta.

También recordaba de aquel lugar el día que maté a Santi Landero. Bueno, realmente fue inevitable. De hecho yo no era una mala persona. A mi modesto entender, sólo fue un simple trabajo sin mérito alguno, pues cualquiera podría haberlo llevado a cabo. Sencillamente había que hacerlo. Santi era un ser cruel y despiadado, una herida infectada. Y yo vengué la muerte de inocentes. Él se había convertido en el camello del barrio, y a nosotros nos había transformado en unos patéticos drogadictos de tres al cuarto. Se podría decir que me limité a ser un sicario de balde y, de forma desinteresada, le hice un favor a la humanidad. Más tarde comprendí que no me lo agradecieron en absoluto.

Una vez dentro del edificio, encendí la linterna comprada para la ocasión y me propuse encontrar aquello que perdí hace años. Es curioso, pero no tenía una idea clara de lo que era. Me fallaba la memoria. ¡Qué triste! Realmente el olvido lo consume todo.

El aire enrarecido me corroía la garganta y respirar se hacía pesado. Andaba como podía entre los restos ruinosos. El patio de butacas rojas resultaba patético. La hermosa pantalla blanca se había vuelto parda y su integridad parecía haber sido ultrajada por el brutal zarpazo de un tigre gigante, una lástima. A pesar del estupor del reencuentro después de muchos años, una  leve sensación me asaltaba. Era como si mis pies reconocieran aquella desolación, como si ya la hubieran pisado antes. Por momentos, aquel me pareció mi paseo diario.

Llegué al pasillo que conducía a los servicios. Pasé al de la derecha cuya puerta había desaparecido. Aún permanecía colgado el espejo que cubría toda una pared. Aunque estaba roto por muchos sitios, pude verme con claridad. Mi rostro era cetrino y melancólico. Las comisuras de mi boca caían con una expresión de absoluta humildad. Francamente, estaba horrible.

Empecé a percibir que aquel lugar encerraba un doloroso secreto. Ráfagas de recuerdos aparecieron  ante mis ojos. Imágenes de un joven tirado en el suelo bañado en sangre se apoderaron de mi memoria. Creí reconocer a Santi. Sí, era él. Y lo maté en ese mismo lugar. En el pavimento vi unas manchas oscuras, me agaché y les pasé la mano, estaban ásperas como el papel de lija. Se trataba de sangre seca mezclada con polvo. Pero esa turbia impresión nada tenía que ver con la evocación del asesinato de Santi, pues apenas sí me afectó. De hecho, la sensación del acero de mi navaja clavándose en el abdomen de mi oponente me seguía pareciendo excitante.

Un débil sollozo se apoderó del lugar. El momento empezó a hacerse confuso. Sentí el frío del pánico en mis entrañas. Salí veloz del aseo y recorrí el oscuro pasillo. Entonces me pareció ver una imagen diáfana apuntándome con una pistola. Mis pies hicieron un conato de huida, pero mi cabeza se lo impidió. Aquella incomprensible pasión por el miedo me paralizó por completo. Era Santi.

-Tranquilo -me dije-, no creas todo lo que ves, sólo son mentiras. ¿Acaso vuelve lo que está muerto?

La linterna, cada vez más pesada, inició un ligero parpadeo.

-No se te ocurra apagarte -le amenacé agitándola bruscamente.

 Iluminé el lugar donde me pareció ver a mi presunto verdugo y, como era previsible, estaba vacío. Alucinaciones, nada más.

Una inexplicable ráfaga de viento me acercó un papel. Me incliné con temblorosa destreza y lo cogí. Era una foto mía con mis dos amigos. Pero éstos tenían la cara borrada. Me afligía no recordar sus rostros. Ni sus nombres. Lo que me vino de golpe fue que habían muerto. Santi los mató de dos disparos en la frente.  Sin saber bien por qué, me dirigí de nuevo al aseo. Creo que en ese momento casi deliraba y no era consciente de mis movimientos. Llegué al marco sin puerta y entré convencido de que en ese lugar estaba lo que andaba buscando.

De pronto, como salidos de una pesadilla, mis dos amigos entraron corriendo y jadeando.

Héctor, Santi viene por el pasillo con una pistola! Quiere cobrar la deuda -dijo uno de ellos, el más alto.

Haz algo, nos quiere matar! -gritó el otro.

Yo miraba la escena con incredulidad: era, a la vez, actor y público. Entonces Santi Landero irrumpió, pistola en mano, en el aseo. No pude articular una sílaba. Ante mis atónitos ojos, disparó a mis amigos que cayeron fulminados. Mi cuerpo entero se estremeció al oír el fuerte sonido de sus cabezas al golpear inertes contra el suelo. Y todo volvió a ser como aquel día. Me saqué la navaja despertando en mí el espíritu diabólico que todos llevamos dentro. Con un arrebato de furia apuñalé a mi enemigo. Una, dos, tres veces. Pero ocurrió algo imprevisto que me ayudó a comprender. Un fuerte impacto me lanzó de espaldas contra la pared. Una sensación de quemazón se apoderó de mi estómago. Me puse las manos en la zona y vi con estupor cómo la sangre brotaba entre mis dedos. Me había disparado. Observé sin lástima el cuerpo inútil de Santi. Toda sombra de cólera desapareció de su cara. Me senté en el suelo, inmóvil. Ahora entendía lo que había perdido: la vida. Increíble, pero todos estos años habían sido estériles. Mi confusión me había convertido en un ser errante, sin cielo y sin infierno. Todo ocurrió tan deprisa...

Cerré los ojos y contemplé la totalidad de mi muerte. Pero con cierta amargura supe que mi alma no estaba preparada para morir. Y me dispuse a soñar.

20/10/2008 18:06 Autor: Nieves. Enlace permanente. Tema: RELATOS No hay comentarios. Comentar.

EL SONIDO DEL TREN

20080906110923-vias-del-tren.jpg

He oído el tren. Se acerca incansable con su eterno y pedregoso suspiro, y, sin querer, mis pensamientos comienzan a rodar por encima de las herrumbrosas vías, siempre rebuscando en el ayer y siempre imaginando el mañana. Mis manos sujetan el bolso con tanta fuerza que se han vuelto blancas como las de un cadáver. No sé porqué esa estúpida manía de agarrarlo como si se fuera a escapar. Si no puede escapar. Nadie puede.

Una hoja cae lánguida delante de mí. Inclino la cabeza y la observo como si fuera el espectáculo más bello del mundo. Pero cuando se posa sobre mis pies, me doy cuenta de que está rota y seca, como mi vida. La he escondido bajo el banco donde estoy sentada, para que nadie la vea. Es un banco viejo, no sé si tanto como yo, pero está muy estropeado. En eso sí se me parece. Me pregunto por qué la gente se sienta en estos sitios tan fríos e incómodos. Es frecuente encontrar a personas adormecidas e incluso apáticas sentadas en estos bancos; algunos permanecen ahí durante horas, sin hacer nada, incluso sin decir nada. Quizás piensen cosas sin sentido, o quizás estén solas, como yo. No consigo encontrar una buena posición. Me duelen todos los huesos.

Me parece haber oído el tren, creo que ya viene.

El viento sopla codicioso y enmaraña mis escasos cabellos blancos. No me gusta que haga eso, me despeina y quiero que él me vea guapa cuando llegue. Aquel día me prometió en su carta que vendría para quedarse conmigo, y yo le creí entonces y le sigo creyendo ahora. Siempre he confiado en él, siempre. A mi alrededor todos me dicen que no es de fiar. ¡Qué sabrán ellos! Como si supieran en qué consiste la ilusión. La ilusión no sabe de esperas, ni de  meses, ni de años; la ilusión es eterna. Tengo derecho a ser feliz; todo el mundo tiene derecho a ser feliz. Ese reloj está parado, alguien debería haberse dado cuenta. No comprendo por qué los operarios de la estación no lo han arreglado, son unos inútiles. El reloj es muy importante, el tiempo es importante. El tiempo aviva la esperanza.

Hace ya un rato que he oído el tren. Tarda demasiado.

Tras el viento sólo me acaricia el silencio. Un perro se ha quedado quieto delante de mí, me mira con lástima. Sus costillas sobresalen hinchadas como si quisieran desgarrar su cuerpo desde dentro. El animal está enfermo, lleva la muerte atada con un sucio y grueso hilo a su cola. Puede que yo también esté enferma y él haya olido los fluidos de mi enfermedad saliendo por los poros de mi piel. Quizás por eso se ha sentado junto al banco, a mi derecha. Sus ojos están mustios. Intento recordar alguna canción para cantársela, una que sea alegre, pero mi garganta se niega y sólo produce notas lentas, arrastradas y demasiado tristes. Será mejor pensar en otra cosa. Aquel cartel está torcido. Las letras se han borrado y ha desaparecido el nombre de la estación. Bueno, no importa. El nombre es lo de menos.

El eco del tren se oye cerca. No falta mucho.

La mañana es sombría y todo a mi alrededor se muestra con un aspecto de total abandono. Estoy deseando verle descender del tren. Él tiene una hermosa sonrisa, grande y llena de vida. Y el sonido de su voz se derrama sobre mí como una luz cálida y tranquilizante.

A veces me llaman loca. Vieja loca. Sé que mis gestos y manoteos suelen resultar confusos e inseguros, nada más. La gente no se para a pensar en lo duro que es mantenerse a flote. Ellos no sienten compasión por nadie. Son crueles.

Me he levantado un momento para acercarme al borde del andén y ver mejor a lo lejos. Los ladrillos están destrozados. No distingo ningún tren, tan sólo veo cómo las vías son engullidas por el horizonte. Al sentarme de nuevo, se han desprendido algunas lágrimas de mis ojos y gotean despacio sobre mi vestido azul. No sé qué me ocurre, creo que llevo un pañuelo en el bolso.

Por allí viene el tren. Lo oigo, estoy segura.

Él me escribió, y me puso con letras grandes y redondas que me quería, y yo a él también, y mucho. Por ello no concibo esta extraña sensación de ahogo. Mi pecho está dolido, y mi alma se encoje como un globo que se deshincha. No logro entender este momento, ni logro saber qué hago yo aquí, sentada en esta solitaria y marchita estación.

- Quizás ande algo trastornada – le digo al perro que levanta indiferente una oreja. 

Siento un deseo irresistible de dormir. Apoyo mi cabeza en el banco y cierro los ojos. Mi mente busca inquieta en algún rincón de la memoria; es entonces cuando surge un doloroso recuerdo: él venía en ese maldito tren, hace ya muchos años. El que estalló aquella mañana.

He oído el tren. Sí, como todos los días.

06/09/2008 11:09 Autor: Nieves. Enlace permanente. Tema: RELATOS Hay 2 comentarios.

EL FINAL DEL VIAJE

20080827203258-camino-nevado.jpg

Sé que es difícil soportar la idea de morir; es un concepto demasiado grande como para aguantarlo. Desaparecer tan rápido como se aparece. Surgir para luego ser destruido por una fuerza oculta en algún lugar. Sí, no debo engañarme, alguien me ha condenado.

Mi apariencia frágil me delata. Circulo lento, como mecido por una suave brisa y mi mente empieza a intentar recordar cuándo supe que tenía una fecha de caducidad tan corta. La atmósfera que me rodea se va volviendo cada vez más cargada y gélida. Una luz mortecina cae tenue sobre mí y me transforma en una simple molécula que no sabe dónde terminará su existencia.

Empecé este baile de locos al anochecer. Entonces yo estaba lleno de vida y costaba imaginar que algo así sucedería. Pero el invierno no perdona, y tarde o temprano regresa  implacable. Intenté salir pero me lo impidieron y tuve que continuar unas cuántas horas más en ese reducido espacio, quieto y estrujado, con la angustiosa sensación de estar en un callejón sin salida, aguardando la orden de ir hacia una muerte segura.

El día ha surgido gris, sin sol, que permanece oculto tras un velo de indiferencia. El final está próximo. Nos han dado la orden a primera hora de la mañana, cuando el hielo nos ha vestido a todos. Primero, comenzó a salir una indecisa avanzadilla. Lo hacía despacio, temiendo encontrarse con algún obstáculo no previsto; pero, unos minutos más tarde nos han ordenado ir con rapidez. No me puedo creer lo que está ocurriendo, todo parece haber llegado a tal punto de saturación que mi vista apenas alcanza a ver a quien tengo a mi lado.

El trayecto es más largo de lo que pensaba. Me da tiempo a plantearme dudas sobre mi misión. Unos dicen que es fundamental para todo el mundo, otros, sin embargo, que sólo servimos para crear caos y confusión. Yo no estoy seguro de nada, ni siquiera de mis instintos más básicos, si es que los tengo; además, no creo que mi muerte sirva de mucho, soy un ser tan insignificante que apenas dejaré recuerdos en la gente.

Alguien me ha dicho que nunca desaparecemos del todo. Que vivimos en un círculo cerrado donde ni nacemos ni morimos, simplemente existimos. Yo no entiendo de esa clase de pensamientos tan espirituales o religiosos. En realidad, apenas he tenido tiempo de pensar en esas cosas, porque me he pasado mi corta existencia imaginando cómo sería mi último momento, ese tan siniestro y al que todos tememos.

Ya veo el final del viaje. Mis compañeros comienzan a caer, irremediablemente, unos encima de otros; no me lo puedo creer, la escena es horrible. Están vivos, pero no sé cuánto podrán resistir; puede que unos días o, si tienen suerte, unas semanas. Una ráfaga de viento me empuja y me aparta de ellos.

Ahora estoy solo y perdido. Un profundo miedo se ha apoderado de mí cuando he caído sobre un extraño pero delicado lecho del que no puedo salir y del que nunca he oído hablar. Aquí el aire es más denso y cálido, y me está matando.

 

La niña cerró la ventana, la nieve caía ahora con más fuerza. Un pequeño copo había aterrizado con suavidad sobre su enmarañado flequillo y se derretía con rapidez. En la radio la locutora aseguraba que la nevada duraría poco. Este invierno no sería tan frío como el del año pasado y la nieve no paralizaría por mucho tiempo la vida del pueblo.

27/08/2008 20:32 Autor: Nieves. Enlace permanente. Tema: RELATOS Hay 1 comentario.

EL ASCENSOR

20080817185318-ascensor.jpg

El viejo ascensor se paró de golpe. Su luz amarillenta comenzó a fluctuar amenazante hasta que se apagó y todo quedó a oscuras. Di unos pequeños pasos hacia atrás hasta que mi mochila llena de libros, que llevaba colgada a la espalda, se topó con la pared del fondo; la que tenía el espejo que todas las mañanas reflejaba con maliciosa nitidez mi cara somnolienta. Lo rocé nerviosa con la punta de los dedos, estaba frío. Mi cuerpo tiritaba mojado por la inoportuna lluvia que aún caía con fuerza en la calle a causa de la tormenta que se había desatado a la salida del colegio. En medio del silencio, oí la respiración quebrada y casi inhumana del hombre que subía conmigo. Con cautela, di unos pasos más hasta alcanzar la pared izquierda de aquella estrecha cabina en un vano intento de lograr apretar algún botón que reanudara el ascenso. De pronto, el vello de la nuca se me erizó cuando sentí demasiado cerca su desagradable aliento. Su boca buscó mi oído y, con apenas un susurro, el extraño vecino del sexto me dijo:

- No temas, no te pasará nada. Yo estoy contigo.

 

17/08/2008 18:53 Autor: Nieves. Enlace permanente. Tema: RELATOS Hay 4 comentarios.

LA MEMORIA DE LOS PÁJAROS

20080726181938-la-memoria-de-los-pajaros.jpg

Los últimos latigazos de la vida pueden ser los más duros y dolorosos, porque suelen venir acompañados de hechos que permanecían olvidados en algún polvoriento rincón de la memoria. Los recuerdos son llaves con las que abrimos puertas. Pero, tras ellas, unas veces encontramos estancias cálidas y acogedoras y otras, por el contrario, nos topamos con habitaciones oscuras y frías.

Me costó mucho cerrar aquella puerta. Y ahora...

Como todos los días a las once de la mañana, me dirigía al parque que había detrás de la residencia. Y también como todos los días, iba acompañada de Juan, el auxiliar encargado de sacarme a tomar el sol.

Nuestro paso era lento y cansado, pues mis piernas, ágiles en otro tiempo, caminaban ahora  hinchadas y torpes. La verdad es que a los ochenta años el cuerpo ya no está para nada. Durante el trayecto Juan no paraba de hablar, y siempre de lo mismo: su equipo de fútbol había vuelto a perder. Y yo siempre le aconsejaba lo mismo:

- Lo que tienes que hacer es cambiarte de equipo.

- No, señora. Uno no es un traidor. Con el equipo se debe estar en lo bueno y en lo malo. Hasta la muerte.

Nunca entendí esas tonterías. Hablaba más de la supuesta  fidelidad obligada al equipo que de la que debería tenerle a su novia. Lamentable.

Una vez en el parque buscábamos un banco vacío frente al estanque. Al llegar, primero me sentaba a mí con cuidado y luego lo hacía él. Durante unos minutos permanecíamos callados mirando las barcas que flotaban ligeras sobre el estanque y a los patos que nadaban indiferentes a todo lo que sucedía a su alrededor. Siempre me abstraía observando maravillada el reflejo irisado del sol sobre el agua. Aquella luz brillante bailaba inquieta como si gozara de vida propia.

Tras un breve espacio de tiempo, que oscilaba entre los diez y quince minutos, Juan se levantaba como impulsado por una descarga eléctrica y me decía:

- Bueno, Julia. Me voy a tomar un café. Enseguida vuelvo. ¿Le parece bien?, ¿necesita algo?

- No, Juan. Vete que yo estaré bien - le contestaba sabiendo de sobra que lo que tomaba no era precisamente un café, más bien un par de cervezas.

- No se mueva de aquí, ¿eh?

Menudo idiota, que no me moviera; pero ¿adónde pensaba que podría ir?

Y entonces me quedaba sola en un banco del parque, lejana a todo y a todos. Y mis  pensamientos se vestían con una delicada tristeza. En esos instantes sentía en mi espalda el peso de los años. Eran tantos... y habían pasado tan rápido. Me tenía que resignar a ver los días transcurrir de una manera tan monótona que era difícil de soportar, porque nunca sabes cuando ocurrirá. Un día, simplemente, no me despertaré; otra vieja que va al hoyo, punto y final. Y el mundo seguirá girando sin mí.

Pero aquella mañana algo cambió.

- Perdone, señora. ¿Está libre este sitio? - me dijo una voz profunda y, a la vez, cautivadora.

Tras un pequeño sobresalto miré al hombre que esperaba una respuesta. Era mayor, más o menos de mi edad. Iba impecablemente vestido con traje negro y sombrero gris. En sus manos un bastón se agitaba suave pero incansable a causa del evidente Parkinson.

- Sí, sí. Siéntese, no hay nadie - le respondí medio tartamudeando, lo que me hizo parecer  estúpida.

No sabía por qué aquel hombre había conseguido despertar en mí esa sensación de cosquilleo en la nuca y en el estómago, más propio de una adolescente que de una vieja achacosa como yo.

Estuvimos un rato, que a mí me parecieron horas, en silencio. Pero era un silencio hermoso, puro, inquietante. Silencios así no se disfrutan todos los días. Normalmente son secos, ásperos, vacíos, pero aquel creo que fue especial.

- Bonita mañana - dijo de pronto con la mirada puesta en el estanque -, se nota que ha llegado la primavera. Y menos mal, porque con el invierno tan frío que hemos tenido apenas he salido a la puerta de casa.

- Lleva razón. Todos teníamos ganas de ver días como éste. A nuestra edad el frío es muy malo - le contesté sin apartar los ojos de unos niños que jugaban alegres cerca de allí

Le examiné de la forma más discreta que pude. Era bastante apuesto. Los profundos surcos de su rostro no escondían el indudable atractivo que había tenido de juventud. Su cara me resultaba familiar; pero los viejos, ya se sabe, llega un momento en que con tantas arrugas nos parecemos todos.

- ¿Vive usted cerca de aquí? - me preguntó clavando sus ojos azules, aquellos hermosos ojos azules, en los míos.

- Muy cerca, en la residencia que hay detrás del parque.

- ¿Y lleva mucho tiempo viviendo allí?

- ¿Mucho tiempo? - dije -. Creo que una eternidad.

Una gran angustia acompañó mis palabras. Sí, en efecto, llevaba toda una eternidad en aquella residencia de ancianos, el último lugar donde acudimos para morir. Donde nos visten, nos peinan, nos dan de comer y nos sientan en una butaca desgastada frente a un estridente televisor y junto a nuestros recuerdos. Todo el día recordando el ayer, añorando un tiempo en el que aún éramos útiles e intentando saber cuándo, exactamente, dejamos de serlo.

Al cabo de no sé cuantos minutos le pregunté:

- Y usted, ¿vive cerca?

El hombre se quitó el sombrero y sacó un pañuelo blanco de su bolsillo. Con cierta dificultad se secó la frente y volvió a cubrirse la cabeza.

- ¿Cerca? Bueno, lo que se dice muy cerca, no. Hoy he decidido venir al parque a pasear. Hacía mucho tiempo que no venía. Y me alegro de haberlo hecho; está precioso y el olor a flores es tan vivo y penetrante que mi alma, por primera vez en muchos años, se siente bien. Me gusta, sí. Me gusta mucho.

En ese momento una gran bandada de estridentes pájaros sobrevoló el estanque. El agua, de un verde profundo, reflejaba la escena como un enorme espejo. El hombre levantó la cabeza y me dijo sin apartar los ojos de las aves:

- Los pájaros también han regresado. Parece mentira que estas pequeñas criaturas recuerden año tras año dónde deben ir. Nunca fallan. Y nosotros, con el tiempo, apenas sí recordamos nuestros nombres. Desearía tener la memoria de los pájaros para no perderme.

Nos quedamos los dos, como pasmarotes, observando el cielo limpio de nubes. Él llevaba razón. Las aves nunca se perdían, su memoria siempre las llevaba hacia el lugar donde pasarían la nueva temporada. Y a mí me tenían que recordar, casi a diario, por dónde se iba al comedor. Es lamentable cómo se pierden las cabezas y, sin embargo, resulta curioso cómo, sin saber por qué, se recuerdan perfectamente episodios de la vida olvidados durante muchos años.

No sé  qué me empujó a pensar en Diego, un antiguo novio de juventud. Pero de eso hacía siglos, yo era casi una niña y él... era tan guapo.

- Mi mujer murió hace un año - soltó de golpe, como un disparo.

- Lo siento - le contesté con un suave murmullo.

Me había pillado por sorpresa y mi reacción resultó un poco fría.

- Lo siento, de verdad - le repetí un poco más fuerte.

- Gracias, pero ya lo he superado. Mi esposa fue una mujer extraordinaria, me quería mucho y siempre sabía cómo demostrármelo. No era muy guapa, ¿sabe?, más bien del montón. Pero tenía una gran inteligencia. Fue profesora de Literatura y una apasionada de la poesía. Escribió cientos de poemas, algunos realmente buenos. Creo que fue feliz.

- ¿Y usted?, ¿fue feliz? - le pregunté, así, sin pararme a meditar las palabras.

Por unos instantes temí haber sido demasiado indiscreta, pero me miró con ojos lejanos, se volvió a quitar el sombrero y abrió la boca tomando una gran bocanada de aire, como si fuera la última y supiera que ya no podría aspirar más.

- No lo sé, realmente no lo sé. Si le soy sincero tampoco sé si la quería. Le tuve un gran cariño, pero nunca le profesé esa clase de amor que sólo se siente cuando se quiere a alguien de verdad. ¿Me comprende?

Aquella declaración me dejó sin habla. Un desconocido, ¿desconocido?, me acababa de confesar que no había querido a su mujer fallecida hacía sólo un año y yo, ¡oh, Dios mío!, en el fondo de mi alma, y sin explicación posible, me alegraba de ello.

- Sí, le comprendo perfectamente. El amor no se puede forzar, se quiere o no se quiere, sin más. Incluso, aún tratándose de un amor imposible, éste no se puede impedir que surja cuando menos te lo esperas. Es inexplicable.

Volví a pensar en Diego. Mi gran amor prohibido de juventud. El motivo por el cual tuve que huir del pueblo como una vulgar delincuente. Con un hijo suyo en mi vientre y expulsada de casa por mi padre. ¿Por qué no acudió en mi ayuda? Pero, ¿por qué recordaba aquel lejano episodio de mi vida en ese preciso instante?

Un fuerte pinchazo en las piernas me volvió a la realidad.

- ¡Esta maldita artrosis me está agujereando los huesos! - dije intentando cambiar de postura y de conversación. No me sentía cómoda hablando de esos asuntos tan íntimos.

- Tengo cáncer y no tardará mucho en devorarme - soltó con otro disparo.

Me quedé muda. Las palabras volaron de mi cabeza, en bandada, como esos pájaros. Cáncer, la palabra maldita. Ahora entendía todo. El pobre hombre se estaba muriendo y tenía la necesidad de desahogarse con alguien. Con alguien como yo, claro, otra vieja medio acabada.

- Mis hijos - continuó - quisieron meterme en una residencia cuando murió su madre. Al principio me llevaban, a regañadientes y por turnos, de casa en casa, como a un muñeco antiguo del que nadie sabe cómo deshacerse. Pero enseguida llegaron las excusas y las discusiones. Les molestaba un viejo sólo y estropeado. Decidieron aparcarme en una residencia, pero cuando me detectaron el cáncer se arrepintieron y, movidos por la compasión hacia un moribundo, decidieron aguantarme un poco más en sus casas; total, serían sólo unos meses.

Permanecimos en un discreto mutismo mientras veíamos a unos patos peleándose en el estanque, al parecer, por una hembra que observaba el espectáculo sin inmutarse. El viento rumoreaba entre un pequeño grupo de árboles que allí daba sombra.

- ¿Teme usted a la muerte? - me preguntó.

Por un momento no supe qué decir. La muerte, siempre tan distante y  ahora tan cercana.

- Si le soy sincera, no estoy segura; puede que sí, un poco. Hubo un tiempo que recé con todas mis fuerzas para que la muerte me llevara, pero no ocurrió. Y el tiempo pasa deprisa, llega la vejez y me doy cuenta de que ya no hay marcha atrás, ni segundas oportunidades. La muerte está ahí, en cualquier esquina, acechando. Los jóvenes creen que eso de morirse no va con ellos, ¡qué ingenuos!, nadie está libre de ella. Tarde o temprano nos morimos. Todos, absolutamente todos. Sin embargo, ahora que sé que me queda poco tiempo, es cuando más miedo me da. No me hago a la idea de dejar de existir, de desaparecer para siempre.  Aunque, reconozco que hay días que mi  corazón desea que acabe esta vida tan lamentable que llevo, total no tengo nada que perder. Y usted, ¿teme morirse?

- Bueno, para mí se ha acabado toda esperanza. En realidad me da más miedo el sufrimiento que la muerte. Como a todo el mundo ¿verdad? - me dijo con gesto afligido.

El sufrimiento, pensé, sí, en la vida se sufría mucho, demasiado.

- Lleva razón, el sufrimiento es lo que más tememos todos. Pero la esperanza es lo último que debería usted perder.

- Sí, pero el dolor va por dentro. Estoy agotado, créame, ya no tengo ganas de luchar.

Más pájaros nos sobrevolaron. Y más gente pasaba por nuestro lado sin siquiera mirarnos. ¿Y para qué lo iban a hacer? Sólo éramos un par de ancianos tomando el sol en una bonita mañana de primavera, algo normal.

- ¿Está usted casada? - me preguntó.

- No, nunca me casé - cerré los ojos y suspiré mientras mi mente retrocedía más de sesenta años. Entonces sentí el deseo de contarlo todo -. Cuando no era más que una muchacha tuve un novio. Nos queríamos con tanta pasión que parecía  casi imposible de soportar, sólo existíamos el uno para el otro. Creíamos que nuestro amor estaba por encima de todo, pero no fue así. Yo era una tonta ingenua locamente enamorada del único hombre que no podía ser para mí. El hijo de los señores para los que trabajaban mis padres. La criada y el señorito, una historia repetida cientos de veces. Nuestros padres prohibieron aquella relación. Nos separaron; a él lo mandaron a estudiar fuera y yo me quedé sola. No tardé en darme cuenta de que estaba embarazada y mi padre me echó de casa a golpes, como a un perro. Ya sabe usted, en aquella época eso no estaba bien visto. Entonces me vine aquí, a la ciudad, y estalló la guerra. Una auténtica pesadilla. A las pocas semanas perdí al niño en medio de un bombardeo. Quizás fue mejor así, y que Dios me perdone, porque no sé cómo hubiera podido sacar adelante a una criatura en medio de aquella locura de país. En esos días me odié, odiaba mi identidad, mi humillación, y por encima de todo, odiaba mi desesperación. Yo era casi una niña, tan joven y asustada como un polluelo caído del nido. No, nunca me casé, no fui capaz de hacerlo.

Sin poder evitarlo las lágrimas brotaron tímidas de mis ojos. La puerta se había abierto y los recuerdos más dolorosos escapaban volando por encima de mi alma. No me dejaron ser feliz, no consintieron que dos enamorados disfrutaran de su amor más allá de las normas sociales. Mi vida dio un vuelco y todo aquello que quería se esfumó de un plumazo. Y ahora, vieja y agotada, lo recordaba como si hubiera ocurrido ayer mismo. Ya no tengo más oportunidades, todo ha terminado.

- Yo te quería más que a mi propia vida - me dijo con un leve susurro.

Le miré incrédula. Pero, ¿qué estaba diciendo aquel viejo loco?

- No sé qué significa esto, pero le rogaría que no se riera de mí.

 - No, Julia, no me río de ti. Nos separaron, pero, en cuanto pude, regresé al pueblo dispuesto a llevarte conmigo. Me dijeron que te habías ido a servir a otra casa y que te ibas a casar con un gañán de la finca. Desolado regresé a mis estudios y continué con mi vida. Pero no ha habido día que no haya pensado en ti. Siempre estabas en mi memoria, en mi corazón, en mi alma, nunca lo superé. Y ahora que la vida termina, ahora que mi aliento se apaga, te ruego que me perdones.

Me quedé helada, aquel hombre afirmaba ser Diego, mi Diego. Ese rostro tan familiar, esos ojos. ¿Por qué se empeñaba la vida en asestarme un último golpe?, ¿por qué a los ochenta años me traía a mi gran amor, aquel por el que tanto sufrí?

Cerré los ojos ahogados en lágrimas y recordé el olor de la hierba verde y tierna del prado donde nos tumbábamos a observar las nubes. Podía ver cómo el viento agitaba con delicadeza las hojas de la alameda mientras nos amábamos sin miedo. En esos momentos el mundo estaba desierto, sólo existíamos él y yo, y el canto de los pájaros.

- Debiste buscarme y no conformarte con lo que te dijeron. Me echaron, Diego, me tiraron al barro y me patearon como a una rata y todo por estar embarazada de un hijo tuyo. Pasé hambre, miseria, abusos, y con el tiempo te olvidé. Ahora es tarde, y no me vengas con que siempre me has querido y con que no lo superaste, ¿y yo? Tú eras de buena familia, no pasaste calamidades. Tuviste estudios y un buen trabajo, te casaste con una mujer de tu clase, todo perfecto. Tus padres estarían orgullosos de ti, ¿verdad? No quiero verte, la herida está cerrada, por favor no la abras, soy demasiado mayor para sufrir de nuevo. Me pides que te perdone, no sé si podré. No sé si Dios me dará fuerzas para hacerlo.

 - ¡Julia, Julia!, ¿me oye?, venga vayámonos ya que es hora de comer y debemos regresar a la residencia. Me entretuve con un amigo y se me ha hecho un poco tarde, pero ya estoy aquí -  me gritó, como salida de la nada, una voz conocida.

Al principio no sabía qué estaba pasando cuando sentí que Juan me zarandeaba y me llamaba a voces.

- ¿Qué pasa, Juan? No hables tan alto que no estoy sorda - le dije mientras me llegaba su inconfundible aliento a cerveza - sólo estaba hablando con este señor.

Entonces me giré hacia mi derecha donde estaba sentado Diego, pero...

- ¿Y el señor que había aquí? - pregunté extrañada.

- ¿Qué señor, Julia? Aquí no había nadie. Tan sólo usted. Venga, vamos, apóyese en mi brazo, le ayudaré a levantarse.

Con un gran esfuerzo conseguí ponerme en pie y con otro más grande logré empezar a andar. Me dolía todo el cuerpo. Cada paso que daba era como subir una colina, mis pies se arrastraban  levantando una pequeña nube de polvo y la espalda me pesaba una tonelada.

- Juan, para un segundo, por favor - le dije tomando aliento.

El chico se detuvo de mala gana, resoplando como un caballo. Empecé a girarme hasta que sentí mi cadera crujir como un leño seco. Levanté la cabeza y observé el lugar donde habíamos permanecido sentados y ahí estaba él, tan liviano y pálido como la niebla, sosteniendo entre unas manos temblorosas su bastón y el viejo sombrero gris. Pude advertir cómo una lágrima caía lenta por su envejecido rostro mientras su cuerpo se fundía con el aire. En ese momento supe que había muerto y, ahora, su alma regresaba a mí, como los pájaros en primavera. Ellos siempre regresan.

 

 

26/07/2008 18:19 Autor: Nieves. Enlace permanente. Tema: RELATOS Hay 1 comentario.

MIENTRAS PENSABA

20080720133121-mujer-en-la-ducha.jpg

Mientras se duchaba, buscaba la mejor manera de suicidarse. Su vida era un maldito infierno. Él la maltrataba, su único hijo había fallecido hacía un año en un accidente de tráfico y ella agonizaba sola. El dolor por el hijo muerto era tan intenso que, a veces, creía no poder respirar, sentía cómo el aire se volvía espeso y seco destrozándole los pulmones. Sin embargo, pese a su sufrimiento, tenía miedo a morir y ese miedo le hacía replantearse el suicidio. En su desesperación, se planteó matar a su marido. Algo rápido y discreto, como una desafortunada caída durante una de sus frecuentes borracheras. No sería difícil, de noche, con poca luz y aún menos equilibrio a causa del exceso de alcohol, un pequeño empujón le haría caer como un saco de carne inerte por las escaleras. Pero, ¿y si no muere?, no querría ni imaginarse las represalias de ese animal. Además, no podría pues, a pesar de todo, ella no era una asesina.

Tras unos minutos sintiendo cómo el agua mitigaba el dolor de la última paliza, tomó la decisión más importante de su vida: escapar. Sí, escapar lejos, donde nadie la encontrase nunca, donde poder empezar de nuevo. ¿Por qué no?, se acabó la mujer sumisa y aterrorizada, la que siempre calla mientras se ahoga en sus propias lágrimas. Una segunda oportunidad, eso deseaba y eso se merecía. Se iría esa misma mañana, antes de que se hiciera tarde y él regresara a casa borracho como siempre. Dispuesta a huir e ilusionada con su insólito coraje, cerró la ducha. Pero al intentar alcanzar la toalla resbaló y su cabeza golpeó violentamente contra el grifo, salpicando de sangre la bañera.

20/07/2008 13:31 Autor: Nieves. Enlace permanente. Tema: RELATOS Hay 5 comentarios.

PESADILLA

20080714184722-el-grito.jpg

Me mantengo firme a pesar de las pesadillas que amenazan con desmoronarme. Veo un puente, un coche y voy corriendo en dirección contraria. No sé hacia dónde, ni me importa. Sólo corro. Una sensación de ahogo me atenaza el pecho, me paro y miro mis pies. Están manchados de sangre, pero no es mía. Miro mis manos, me resultan extrañas, como si no debieran estar ahí. Las muevo, los dedos se abren y cierran con una exasperante lentitud. Quiero regresar pero no recuerdo el camino, ha cambiado mucho desde que no vengo por aquí. La última vez que visité la zona también corría con los pies manchados de sangre. Y nunca es mi sangre, y nunca sabré de quién es la maldita sangre que siempre mancha los odiosos pies. Intento oler en el aire algún recuerdo anterior a este delirio, pero creo que he perdido el olfato. No puede ser. Sin él estoy hundido, yo diría que muerto. Mis manos continúan moviéndose de una manera bastante ridícula. Es absurdo, pero aún no sé qué pintan en toda esta historia. Por fin me despierto. Menos mal. Iré a comer algo, tengo hambre. Me acerco despacio hacia mi plato, pero las manos se adelantan a mi boca. ¿Qué está ocurriendo? No aguanto más. Grito y aúllo y corro de nuevo.

Abro los ojos. Mi corazón late con fuerza. Necesito saber si estoy despierto o, por el contrario, sigo inmerso en ese oscuro sueño. Me da miedo levantarme y encontrarme otra vez con las manos, con los pies o con la sangre. Me incorporo y empiezo a andar, miro hacia abajo y compruebo que mis cuatro patas han regresado. Meto mi hocico en el plato y ahora sí consigo comer; vuelvo a ser un perro. Ya puedo estar tranquilo, porque no hay peor pesadilla que la de convertirse en uno de esos estúpidos y crueles humanos.

                                                  

14/07/2008 18:47 Autor: Nieves. Enlace permanente. Tema: RELATOS Hay 1 comentario.

AURORA

20080702103730-ojo-violeta.jpg

Fue a mí a quien ordenaron enterrar al Narrador. Sí, a mí, a su mejor amigo; bueno, a su único amigo. En aquel infierno era muy difícil hacer auténticos amigos, cada uno iba a lo suyo. El instinto nos hacía desconfiar de todos. Teníamos bastante con intentar sobrevivir día tras día, con procurar pasar lo más desapercibido posible ante los ojos de los guardias que no dudaban en disparar o apalear a cualquiera que no les gustara.

- Llámame Narrador, muchacho - me dijo la mañana que nos conocimos.

Yo tenía diecisiete años y él me pareció la persona más vieja del mundo.

Nunca supe su verdadero nombre, y tampoco me importó. Me gustaba llamarle Narrador, porque eso era realmente: un contador de historias. Historias que hablaban de lejanos lugares, donde la guerra no existía y se respiraba paz y libertad; historias de amores y de pasiones encendidas. Historias que me ayudaban a olvidar porque me transportaban a un mundo más allá de aquellos miserables muros donde el olor a muerte vagaba lento y pesado, impregnando nuestras ropas, nuestro pelo, incluso nuestra piel. Y todas con un mismo nombre protagonista: Aurora. La mujer de ojos violetas y de piel blanca y suave. La mujer que lo obsesionaba y de la que cualquier hombre se enamoraría perdidamente. Aurora, Aurora. Con sólo nombrarla mi cuerpo se estremecía y, con el tiempo, supe que jamás amaría a nadie como a aquel personaje, tan remoto como una nube y tan liviano como un pájaro.

Todo el mundo pensaba que mi amigo estaba loco; sin embargo, yo sabía  que él era el único cuerdo en aquella encarnizada guerra. Me contó que había sido escritor de novelas baratas, pero que algún día escribiría una realmente buena e importante, una que lo colocaría al lado de los más grandes escritores de todos los tiempos: Shakespeare, Cervantes, Tolstoi..., pero yo sabía que jamás lo conseguiría, porque en aquel agujero era imposible escribir ni una sola palabra; además, hacerlo suponía un suicidio.


No me extrañé de su muerte. Estaba muy enfermo a causa del trabajo agotador que nos obligaban a realizar bajo la nieve que no cesaba de caer en todo el invierno, o bajo la pertinaz lluvia de la primavera que se aferraba con dureza a nuestros huesos, o bajo el sol espeso del verano. En ese campo de concentración vivíamos al borde de un precipicio, si te asomabas caías. Pero al Narrador no sólo lo mató la enfermedad y los años; lo mató la nostalgia y, sobre todo, su corazón se paró por no poder escribir.

Aquella gélida y despiadada mañana de enero, un par de guardias entraron en mi barracón para contabilizar los presos que habían fallecido durante la noche. No había ido mal, tan sólo uno: el viejo loco, como le llamaban. Con un movimiento rápido se giraron hacia donde yo estaba. Sus ojos fríos e inhumanos recorrieron mi cara y mis brazos como las ratas recorren el cuerpo de un cadáver. Después de examinarme me apuntaron con sus armas y me obligaron a desvestir al Narrador antes de tirarlo a la fosa.

Me acerqué despacio al cuerpo inerte y extremadamente delgado de mi amigo, me arrodillé a su lado y lloré como un auténtico crío. Lloré por él y lloré por mí, por lo que había perdido. De pronto me invadió un miedo terrible, pero de esa clase de miedos que se mezclan con el alma y  oprimen el estómago, porque entendí que me quedaba solo. Solo y vacío como un desierto; solo y perdido frente a la crueldad más absoluta. Sentí un fuerte golpe en la cabeza y noté cómo la sangre bajaba por mi nuca, estaba tibia y se deslizaba despacio, como si temiera ser descubierta. El soldado que me había golpeado con la culata de su fusil, me gritaba que me diera prisa, pues ya estaban descargando la cal para echarla en la tumba. Mientras yo acababa salieron a fumarse un cigarrillo. Los oía reír y los maldije por ello.


Cuando le quité la ropa me quedé atónito por lo que vi. El cadáver del Narrador estaba lacerado con palabras escritas sobre la piel, arañadas con, lo que supuse, una aguja o un alambre. Las palabras surgían por todas partes. Unas, las más recientes, eran rojas e hinchadas y estaban rodeadas de sangre seca que caía como espantosas lágrimas; otras, más lejanas en el tiempo, apenas sí se distinguían. Parecían estigmas realizados por el mismísimo Jesucristo. No tardé en comprender lo que ocurría: aquel hombre necesitaba escribir sus historias. Esas historias que me contaba por las noches, cuando la luna entraba por la pequeña ventana del barracón dándole al lugar un aspecto lechoso y extraño. Entonces el silencio lo llenaba todo, interrumpido de vez en cuando por el sonido de disparos o de alguna explosión lejana. Narraba despacio, sintiendo cada frase, buscando en su cabeza la manera de guiarme hacia otros mundos, otras vidas. Y el mismo nombre se repetía: Aurora. Y las palabras se amontonaban como los muertos de aquella siniestra fosa donde lo iban a arrojar: ojos, violeta, mar, cielo, amor, libertad, paz, esperanza... Sus historias quedaron para siempre ancladas en mi memoria.

Han pasado más de sesenta años y ni un sólo día he dejado de pensar en Aurora y en mi viejo amigo, el Narrador. Nunca olvidaré que fueron sus historias las que me salvaron de morir en aquel campo de concentración. No sé si esa mujer de ojos violetas existió o no. Tampoco me importa. Ahora soy yo el escritor, y estoy viejo y enfermo. En mis manos tengo un libro, mi último libro, el más difícil y el más querido, donde cuento la vida y los relatos del Narrador. La portada es oscura, brillante y está asombrosamente fría; mis dedos temblorosos la recorren con suaves y torpes movimientos. En ella destacan unos grandes y hermosos ojos de mujer y un título, un único título posible: “AURORA”.   

 

02/07/2008 10:37 Autor: Nieves. Enlace permanente. Tema: RELATOS Hay 1 comentario.

LA VIUDA

20080702104244-ataud.jpg

                                

Se acercó lentamente al ataúd. Sin embargo, lo primero que pensó no fue en el dolor que sentiría al verlo por última vez, ni siquiera sabía si sería capaz de sentir auténtica compasión o tristeza por él. En realidad pensó en lo brillante que era aquella caja de madera y se preguntó si su tacto sería tan suave y frío como parecía. Se increpó por su irreverencia y se obligó a continuar caminando por aquella sala del tanatorio hacia el ataúd que permanecía dentro de una especie de gigantesca urna, mostrando al público toda la realidad de la muerte. La luz blanquecina daba al lugar un aspecto lechoso. Tenía la certeza de que todos la examinaban como a un actor en su debut, fijándose en su apariencia y disposición y ella debía comportarse como esperaban, una pobre viuda abatida y destrozada. Sin embargo, sus sentimientos eran contradictorios, estaba confusa.

Cuando llegó pegó la frente en el cristal y miró con detenimiento a su marido muerto. Lo observó desde la cabeza a los pies y, otra vez, desde los pies hasta la cabeza. Sus cabellos rojizos se disparaban en distintas direcciones y los mechones se levantaban como alambres gordos y tiesos.

- Siempre has tenido el pelo muy rebelde - murmuró.

La viuda se entretuvo un momento en la cara de su marido. Estaba pálido como toda aquella habitación y tenía un aire estúpido. Sí, estúpido. Ni tranquilo, ni feliz, ni relajado, su marido había muerto con cara de estúpido, debido, probablemente, a que la muerte lo pilló por sorpresa. Una mano sobre su hombro la sobresaltó haciendo que se ruborizara  como una adolescente pillada ante sus más íntimos pensamientos.

- Mi más sentido pésame, Aurora. Ramiro era un gran hombre, es una pérdida irreparable - le dijo, con gran solemnidad, el jefe de su marido, vestido de riguroso traje negro para la ocasión.

- Gracias, Juan. Te agradezco mucho que hayas venido. Ya sabes que él te tenía un gran afecto - mintió.


Por detrás de Juan asomó la cara de su mujer con una irritante mueca de falso dolor y dos dedos de maquillaje.

- Querida, no sabes cuánto lo siento. Era todavía tan joven..., ¿qué tenía, 60 ó 61 años?- dijo con voz demasiado aguda para el momento.

- Gracias, Marisa. 57, tenía 57 años - respondió mientras acercaban sus caras y daban unos ridículos besos al aire.

- Bueno, nosotros nos vamos. Y ya sabes, si necesitas algo no dudes en llamarme, ¿vale? - le dijo Juan.

La viuda los vio salir de la sala. Estaba segura de que hablarían de ella y no para bien.

- Menudo par de idiotas - le susurró una voz por detrás de su cabeza.

No le hizo falta volverse para saber que era su hermano.

- ¡Vaya, Luís!, ¡qué pronto has venido!- le dijo dándole un par de besos, -“Y todavía sereno, qué detalle”-  pensó.

- Le he pedido al jefe el día y he salido de viaje esta mañana temprano. Y tú, ¿cómo estás?

- Cómo quieres que esté, destrozada. Ha sido todo tan rápido... - se lamentó Aurora.

- Estos infartos tan fuertes no perdonan - añadió su hermano.

Luís se acercó a la urna y miró al muerto con curiosidad, como si esperara encontrarse a otra persona. Al cabo de unos segundos dijo:

- Parece tranquilo, ¿verdad?

- Sí, supongo que ahora estará tranquilo - respondió.

- Bueno, si no te importa, me voy a la cafetería a tomar un café. ¿Quieres que te traiga algo? - dijo Luís.

Sus palabras salían entrecortadas y titubeantes. Su nerviosismo por la falta de alcohol era más que evidente.


- No, no me importa. Vete tranquilo que yo estoy bien. Y no, gracias, no me apetece nada - dijo la viuda sabiendo perfectamente que su hermano no iba a tomarse ningún café, más bien un par de copas de coñac.

Ese había sido siempre el gran problema de Luís: el alcohol. Desde joven, la bebida era su punto débil, hasta que, de manera inevitable, cayó en la enfermedad. Era alcohólico, y esta maldición le perseguía desde por la mañana hasta la noche. Aurora sentía lástima por él. Sabía que la adicción de su hermano lo condenaba a estar sólo y así seguiría, porque ninguna mujer aguantaba con él más de dos o tres meses. Sus borracheras eran casi diarias. Todo el mundo pensaba que tarde o temprano lo encontrarán muerto en su piso, o, peor aún, tirado en cualquier callejón sucio y mugriento.

Aurora sintió un calor angustioso y salió de la sala repleta de personas que apenas lograba reconocer y que la miraban de reojo sin parar de hablar. Era lo único que sabían hacer, hablar y cotillear. Sus voces se colaban en su cabeza martilleándola como una vieja aldaba. No lo soportaba. Pensó en la farsa que recorría la sala como el humo de los cigarrillos. Ella sabía que su marido no era una buena persona, no caía bien. No venía a cuento todo aquello, tanto suspiro absurdo sobraba.

El tanatorio comenzó a llenarse de gente. Las diez salas que había para los velatorios eran un continuo ir  y venir de personas de todas clases. Unos lloraban de auténtica tristeza y otros de auténtica hipocresía. Miró el gran panel luminoso que había en la pared, justo encima de la mesa de información. En él se indicaba el nombre de los fallecidos, la sala dónde estaban y la hora del entierro. Parecía un panel de estación de trenes informando la hora de llegada y salida del próximo tren. Sus ojos se pararon en el nombre de su marido y lo leyó en voz baja:

- Sala dos, Ramiro de la Cruz García-. Y añadió -: próxima parada, el cementerio.


Un repentino ataque de risa le subió por la garganta. Le costó no soltar una fuerte carcajada, para ello, se mordió el labio inferior hasta sentir el sabor de la sangre. Sólo así consiguió mantener la compostura.

Regresó a la sala dos y se sentó en el sofá que había delante de la urna donde estaba expuesto su marido. Pensó en su matrimonio. Dudaba si en algún momento había sido feliz y no recordaba cuándo la rutina se adueñó de su vida. Estaba todo el día sola en casa. Al principio limpiaba y limpiaba de manera compulsiva para que todo estuviera impecable, se compraba libros y revistas de cocina para conseguir recetas variadas y originales con las que sorprenderle. Pero a él le daba lo mismo. No apreciaba su tremendo esfuerzo por agradarle. Cuando Ramiro llegaba a casa sólo hablaba de él, de su trabajo, de lo bien que lo hacía todo, de lo incompetentes que eran sus compañeros y de la falta de autoridad de su jefe. Siempre lo mismo, siempre de mal humor, siempre él, él y él. Y ella no contaba para nada. Nunca contaba. Aurora estaba convencida de que su marido la consideraba un trasto inútil porque no había podido darle un hijo. Aún recordaba el día en que el ginecólogo les dijo que ella era estéril. Aquella maldita palabra la golpeó con tanta fuerza que le produjo náuseas y calambres. Jamás olvidaría la cara de decepción de su marido. Desde ese momento, una sensación de vacío se alojó en su cuerpo como un parásito, y esa sensación la acompañaría el resto de su vida, como la indiferencia y el rechazo de Ramiro.

- Hola, Aurora - le dijo una voz suave de mujer.

Aurora se sobresaltó y, por un instante, dudó de qué hacía ella en ese lugar. Miró hacia la mujer joven que se había sentado a su lado y lo primero que le llamó la atención fue su belleza y su elegancia y, sobre todo, pensó que en su vida la había visto. Aquella persona era una perfecta desconocida, que, sin embargo, la había llamado por su nombre.

Sin saber qué decir se limitó a un “hola” que surgió apocado y ridículo. Permanecieron en silencio mirando el ataúd al otro lado del cristal. El rumor de la gente llegaba fuerte, como las olas en una noche de tempestad.


Aurora empezó a sentirse incómoda. Se levantaba de vez en cuando para saludar a algún familiar  o conocido que se acercaba para darle el pésame y, después de las típicas palabras frías y sin sentido, volvía a sentarse.

- Qué lamentable es la muerte, ¿verdad? - dijo la mujer sin despegar los ojos de la urna.

Aurora la miró de reojo. No sabía qué contestar.

- ¿Sabes una cosa, Aurora? Creo que tu marido no fue feliz contigo - soltó de pronto, como un latigazo, ¡zas!

La viuda se quedó atónita.

- Sin embargo - continuó la mujer despacio -, conmigo, creo que sí. Porque pude darle aquello que más deseaba: un hijo.

Pocas veces era capaz de expresar auténtica rabia, pocas veces la había experimentado; porque Aurora era una mujer mansa, a la eterna espera de la felicidad. Por ello todos quedaron perplejos al verla  insultar, roja de ira, a la hermosa joven que permanecía sentada en el sofá; hasta ella misma se asustó al oír el sonido de su propia voz que no reconoció hasta pasados unos segundos.

- ¿Qué pasa?, ¿qué ocurre, Aurora? - preguntó su hermano mientras corría con torpeza hacia ella  visiblemente bebido.

La sujetó por los hombros y la obligó a mirarle.

- Pero, Aurora, ¿qué estás diciendo?, ¿no te das cuenta de que todo el mundo te está mirando?

Y era verdad. La gente se amontonaba en la puerta de la sala dos, incluso las otras salas se habían quedado vacías. Todo el mundo quería ver el espectáculo de la viuda. Algo distinto, algo para recordar.


Pero, a pesar de todo, Aurora le gritó a su hermano que se callara y comenzó a insultarle también a él, en un lenguaje de lo más extraordinario. Un amigo de su marido, al que ella apenas conocía, le pidió que se calmara, pasando después a suplicarle un poco de cordura en aquel comportamiento tan inapropiado para lo delicado de la situación. Pero la viuda estaba tan absorta en sus invectivas que lo ignoró completamente.

Al cabo de unos minutos, tal y como vino, la cólera desapareció. Aurora quedó de pie en mitad de la sala, en silencio, con la respiración agitada como si acabara de realizar un tremendo esfuerzo físico. Miró a su alrededor y vio un montón de rostros expectantes, nadie hablaba, ni se movía. Parecían un grupo ridículo de maniquíes. Poco a poco el público empezó a regresar a las salas donde sus muertos aguardaban solos, y el rumor incesante de los velatorios continuó como si nada hubiese ocurrido.

En ocasiones basta una situación, o una idea, o una persona, para cambiar la manera de ver las cosas. Aurora lo descubrió de pronto, como si alguien hubiera apartado una pesada cortina y la luz del sol entrara a empujones en su cabeza. Por fin, podía enfrentarse a la vida con aire distinto. Ya no tenía por qué buscar aquello que la reconfortara. Su confusión había llegado a término. Ahora estaba segura, sin remordimientos. Acababa de conocer el motivo por el que no llamó a tiempo a los servicios de urgencia, un motivo bello, joven y cruel. Su larga espera en el sofá del salón con el teléfono en la mano, mientras su marido se moría en el suelo de la cocina víctima de un inesperado infarto, estaba justificada.

26/06/2008 09:09 Autor: Nieves. Enlace permanente. Tema: RELATOS No hay comentarios. Comentar.

EL GRAMÓFONO (Hiperbreve)

20080621184459-disco-girando.jpg

La luz se hace tenue al contacto con la sangre derramada sobre el viejo gramófono. En él, un disco gira cansado lanzando al aire un penoso tango que habla de míseras pasiones. Y mi alma baila por encima de las sombras mientras tú buscas una razón para llorar. Para ti no es suficiente mi miedo; no es bastante mi grito de dolor, que traspasa el aire, rebota en las paredes y cuando te llega ya se ha deshecho.

¡Qué triste se me hace este momento!, qué triste y lejano. Una habitación sombría, una cama deshecha y, en el rincón junto a la ventana, el antiguo gramófono canta con sonidos ásperos y sucios. Siempre la misma canción y siempre esa terrible sensación de que la muerte juega con nosotros. Sé que tú ya no quieres bailar conmigo, porque la noche te ha traído de nuevo la cruel realidad de una botella vacía. Deseo hablarte, pero tú no me oyes; deseo mirarte, pero tengo la impresión de que ya no me ves. Y aquel tango suspiró más triste que nunca cuando la ira se hizo fuerte en tu corazón y tu mano reventó el cristal de la botella en mi rostro pálido y melancólico. Todo terminó antes de que lo hicieran las notas lentas y arrastradas de esa estúpida canción.

Creo que el viejo gramófono nunca calla.

21/06/2008 18:44 Autor: Nieves. Enlace permanente. Tema: RELATOS Hay 1 comentario.

LESHINA Y EL PÁJARO DEL AGUA

20080614164141-cargo.-romuald-hazoume.jpg

Hay mucha luz. Aquí siempre está todo inundado de luz. El sol brilla intenso en el cielo y cae encima de nosotros con tanta fuerza que incluso agrieta los campos y las gargantas de todo el mundo. Mi garganta está seca y también las de mis hermanos, hasta las de los perros están secas.

La claridad de ahí fuera me indica que ya ha amanecido. Debo levantarme para ir a por agua. Todos los días voy a por agua. El pozo nuevo está lejos, aunque no tanto como lo estaba la vieja charca, la que dicen que mató a tanta gente. Mi madre cree que mi hermanito murió por culpa del agua envenenada de la charca. El pobre se puso muy enfermo. En ocasiones tiritaba tanto que mi madre se tenía que acostar con él y lo tapaba con su cuerpo hasta que se dormía agotado y vencido por la fiebre. Mi hermano sólo lloró los primeros días y después, nada. Se calló, se calló por completo. Yo creo que sus ojos se secaron como la tierra y como las gargantas. La verdad es que aquí los niños pequeños tienen poca fuerza para llorar. El hambre les hace estar siempre adormecidos; viven indiferentes a cualquier cosa que pasa por su lado. Les hablan pero no oyen, y cuando los tocan o los miran apenan ven a quien tienen delante. Los niños mueren, y las madres mueren; todos mueren demasiado pronto. Los pueblos se quedan vacíos y muertos.

Yo vivo en una pequeña aldea en mitad de una tierra seca, entre la ciudad y la montaña. Mi casa la construyó mi padre con barro antes de casarse con mi madre y ya casi no cabemos en ella. Tengo doce años y soy la mayor de cuatro hermanos, y la única niña. Por eso soy la encargada de traer el agua todos los días. Mi madre dice que esa es una labor muy importante y que debo estar muy orgullosa de hacerla. A mí me gusta ayudar a mi familia, porque la familia es importante, la comunidad es importante.

Todas las mañanas salimos unas cuantas niñas de la aldea a por agua. Llevamos unos bidones azules demasiado grandes para nosotras. El polvo lo llena todo, nos abraza con crueldad y nos envuelve hasta que se apodera de nuestras bocas y de nuestros ojos. Los días de viento nos golpea los brazos,  las piernas y hasta la cara en un afán de impedirnos el paso. Pero nosotras continuamos cargando con los bidones, porque nuestras familias esperan el agua, el agua limpia que les llevamos todos los días.

Los extranjeros se pierden muy a menudo por esta zona y el calor los aplasta y los deja medio asfixiados y cocidos. Una vez llegaron a la aldea unos hombres blancos, de esos que vienen de vez en cuando con camiones de comida y de medicinas; no conseguían localizar la carretera que conducía a la ciudad. Según ellos sólo habían encontrado una llanura constante y expuesta a un sol de justicia. Aseguraban que todos los caminos eran iguales y que no había forma de llegar a ningún sitio. Pero eso no es verdad, en la aldea sabemos muy bien que las carreteras son distintas. Cada una tiene algo que la distingue y la hace única, sólo es cuestión de conocerlas. La mayoría son simples caminos llenos de arena y polvo; otras, sin embargo, están hechas de asfalto que desprende fuego cuando el sol cuelga en lo más alto del cielo, y todas llevan a algún lugar, por muy pequeño que sea. Pero los extranjeros creen que lo saben todo y cuando se enfrentan al calor de mi tierra, se queman en el acto y su viaje se vuelve difícil de soportar. Ellos no sirven para viajar por este país tan distinto al suyo, porque sus cuerpos pálidos son frágiles como las ramas secas.

        Las otras chicas y yo hemos salido temprano con nuestros bidones, cada una llevamos dos: uno en una mano y otro sobre nuestras cabezas. En la aldea nos han dicho antes de salir que vayamos por el camino estrecho, aunque haya un poco más de distancia hasta el pozo, y no por la carretera ancha y de trayecto más corto que tomamos casi todos los días, porque desde hace una semana los soldados han regresado a la zona y circulan por ella sin descanso, con potentes armas y grandes vehículos militares. Dicen que ha estallado otra guerra; bueno, no sé de qué se extrañan, en mi país siempre hay guerras. Es entonces cuando los soldados toman las ciudades, las aldeas y las carreteras. Matan a la gente, queman las casas y lo roban todo, la comida, los animales, hasta se llevan a nuestros hermanos. Les da igual la edad de los niños, porque, aunque sean demasiado pequeños, les dan un fusil y les obligan a disparan. A las niñas nos hacen daño y nos venden o nos regalan a otros soldados. Tengo mucho miedo. Hay soldados por todas partes, incluso pueden venir a pie por este estrecho camino. Espero que consigamos regresar a la aldea con el agua porque todos la están esperando.

Mientras andamos, mis compañeras entonan canciones típicas de nuestro pueblo. Canciones que ya cantaban nuestros antepasados y que los mayores nos han enseñado. Cantan y ríen ajenas a todo el dolor de la guerra. Yo me uno a ellas, creo que es mejor cantar que llorar.  

Sería maravilloso que hubiera agua en la aldea, así no tendríamos que andar todos los días tantos kilómetros para conseguir llenar un par de pesados bidones. Una mañana le dije a mi madre que cuando sea mayor inventaré una máquina voladora parecida a uno de esos aviones que, a veces, vuelan por encima de nuestros campos. Pero mi máquina no serviría para llevar personas, serviría para llevar agua. Tendría forma de un enorme pájaro y sus grandes alas estarían hechas con bidones azules, con muchos bidones que llenaría con el agua del pozo nuevo. O mejor aún, los bidones serían mágicos, porque nunca se agotarían, siempre tendrían agua. La llamaría el Pájaro del Agua, y, con esta máquina, volaría por el cielo llevando el preciado líquido a todas las aldeas y pueblos de mi país. La gente se alegraría al verme llegar por el horizonte y todos gritarían:

- ¡Allí viene Leshina con su Pájaro del Agua!

Las niñas no tendrían que caminar más cargadas con el duro peso del agua porque las gargantas y las tierras dejarían de estar secas.

Mi madre se enfada mucho y me reprende cuando le cuento estas historias. Dice que una niña mayor como yo, debe obedecer a sus padres y no pensar en esas tonterías. Creo que no hago nada malo cuando me imagino volando en mi Pájaro del Agua. Yo sólo deseo regar los campos y calmar la sed de mi gente, nada más.

Sé que la sequía y la guerra han destrozado el país. Muchas familias han perdido a algún ser querido, o a varios, o incluso a todos. Cuando los rebaños se mueren y los campos se secan la gente abandona las aldeas y se marcha a la ciudad. Yo no quiero irme a la ciudad. Allí es peor, porque no hay trabajo y las personas esperan en la calle que algún camión reparta comida o agua o medicinas. La gente no dispone de nada, ni siquiera un trozo de tierra que cultivar o un poco de ganado con el que poder vivir. En la ciudad la vida se interrumpe sin que nadie te eche de menos y los que intentan regresar al campo se dan cuenta de que este ya no produce nada. Con mi Pájaro del Agua esto no ocurriría nunca.

El camino de regreso a la aldea se hace largo. Los bidones bailan sobre nuestras cabezas y debemos ir con cuidado de no derramar ni una sola gota de agua. El sol brilla tanto que el azul del cielo se ha vuelto lechoso. La luz es inmensa y el horizonte es una trémula línea que huye de nosotras. Estamos en la estación seca del año, cuando la vida se aletarga. Los animales y la gente se quedan casi inmóviles, sentados a la sombra de cualquier árbol solitario. Todos están quietos, adormecidos, sólo van y vienen lo necesario; sin embargo, el aire áspero y seco ondula y se mueve inquieto. Es en esta época cuando resurgen las viejas historias. Los ancianos nos cuentan antiguas leyendas que han ido pasando de boca en boca a través de las generaciones. Algún día contarán la historia de mi Pájaro del Agua y lo harán tantas veces y durante tantos años que se convertirá en una leyenda: “La leyenda de Leshina y el Pájaro del Agua”.

Unas voces interrumpen mis pensamientos. Las chicas se han detenido y señalan hacia el frente con dedos temblorosos. Cuando miro en esa dirección me doy cuenta de que varias columnas de humo gris suben despacio hacia el cielo. Allí está mi aldea. Los soldados han llegado. Algunas de las niñas lloran y gritan asustadas. Otras, simplemente se sientan en el suelo, junto a sus bidones azules. Yo continúo andando, mi familia espera el agua. Conforme me acerco, el olor a quemado se cuela por mi nariz y se clava en mi garganta. Las chozas arden. Miro a mi alrededor y sólo veo cadáveres. Cuerpos muertos de personas y de animales mutilados y desperdigados por el suelo. 

Ha pasado la noche y la luz ha regresado más rabiosa que nunca. Mi aldea está muerta y los que quedamos no tenemos a quién acudir ni a nadie de quién esperar algo. He llenado unos cuencos de agua, del agua que aún queda en los bidones que traje... ¿cuándo?, ¿ayer?, ¿o fue hace más tiempo?, ¿una semana?, ¿una eternidad? No me acuerdo. Una anciana me ha dicho que me ayudará a lavar los cuerpos de mi familia antes de ser enterrados.

Estoy sola. Los pocos que sobrevivieron a la matanza se han marchado a la ciudad, pero yo no he querido ir con ellos. La ciudad no me interesa, no tiene alma, ni es especial. Mañana saldré a buscar un lugar diferente, un lugar único, mágico, donde poder estar tranquila para fabricar mi Pájaro del Agua; porque he soñado con él, y sé que su espíritu me espera con las alas extendidas en algún rincón de África.

14/06/2008 16:41 Autor: Nieves. Enlace permanente. Tema: RELATOS No hay comentarios. Comentar.

EL OTRO

20080606123630-espejo-roto.jpg

Verá usted, señor. Yo, bien mirado, no soy malo. En el fondo, y perdone mi osadía, mi corazón es bueno y mi alma grande. Lo que ocurre es que a veces, cuando me entra el nervio, actúo de manera impulsiva. Si ya me lo advertía mi madre:

-Juanito, debes aprender a controlar tus empujes, que tienes muchos y algún día va a haber una desgracia.

No entiendo, en concreto, a qué desgracia se refería la mujer. Porque nos llovían muchas, demasiadas. Como las palizas que nos daba el mal nacido de mi padre. Era tan despiadado y ruin que incluso abusaba de mi hermana. La pobre no sabía bien lo que le ocurría. No era muy lista, ¿entiende? Hasta se reía de su propia desdicha y en ocasiones con unas carcajadas tan exageradas que  me sacaba de quicio. Un buen día, al principio del invierno, mi padre cayó en un descuido por las escaleras del sótano, rodó hasta que  su cuello se partió como un leño seco. Si le soy franco, colaboré de  un modo bastante sutil en el infortunado accidente: un leve empujón, sin más. Y no me arrepiento, pues ese hombre llevaba la maldad pegada a su alma. Tenía una cara vulgar y sombría. Creo que liberé a mi familia de un auténtico hijo de puta. ¡Sí señor, así lo creo!

 

La verdad es que yo no he tenido mucha suerte en la vida, y pienso que este carácter tan destemplado me lo han moldeado entre todos, y no crea que le miento. Los muchachos del barrio, por ejemplo, siempre se burlaban de mí. A veces me esperaban en la esquina del colegio y me pegaban. Fíjese usted si eran salvajes que este andar cojitranco me lo produjeron ellos en una de sus tundas, después del accidente de mi padre. Aquel día, tan gris y frío como éste, me salieron en el parque y me empezaron a llover golpes por todas partes. Me tumbaron en el suelo y, ahí acurrucadito como un gato chico, se liaron a darme palos, unos a base de puntapiés y otros con varas de hierro. Me rompieron la cadera. A mi madre casi le da algo. La pobrecita no sobrevivió mucho más tiempo. Murió un año más tarde. Mi hermana y yo nos quedamos a vivir con la madre de mi padre, y como él, no era trigo limpio, ¿sabe?

Mi abuela, que Dios tenga en su gloria, aseguraba que yo nací tan feo porque era un mal bicho, y que lo demostraba cuando reía, pues al hacerlo subía el labio superior y mostraba los colmillos.

-¡Míralo!, igual que el perro ese tan negro y grande del vecino - decía.

Pensaba que yo era el mismísimo diablo y a lo mejor no andaba muy equivocada la vieja.  La maté también en un mal día, ya sabe usted, uno de esos en los que parece que el infierno se adueña de la mente. La asfixié con la almohada, rápido y limpio. No fue como con mi padre; esta vez no le puedo dar una buena explicación. Aunque debo afirmar, en honor a la verdad, que la muy bruja se lo merecía. Hay momentos en los que uno sabe lo que hay qué hacer, ¿verdad? Y en este caso creo que acerté.

Estos arranques, o como usted desee llamarlos, no significan que yo sea cruel. Denotan más bien un incontrolable deseo de eliminar a los seres imbéciles y despreciables que me rodean. Puede que me exceda un poco en los dichosos arrebatos de ira. Pero esto es inevitable. Mejor le expondré la situación antes de que piense que no soy más que un asesino. Verá, así lo tendrá más claro.

Una noche, como ésta que usted conoce, me dispongo a cenar en casa con mi hermana y el cabronazo de su marido. Ella, la de siempre, tan tonta y amable que hasta me hace sentir el frío del miedo. No sé, pero nunca me he fiado de alguien así. Parece que por sus venas no corriera ni gota de sangre. Y luego está mi cuñado, el típico bocazas. Si le soy sincero, de siempre ha sido una de las cosas que menos he aguantado y que más me han irritado. La gente que habla con voz estridente, que hace chistes de muy mal gusto y que de todo sabe y opina. Pues, como lo oye, semejante energúmeno es Luis, mi cuñado. Se me presenta con una miserable botella de vino y su estúpida sonrisa. Lo primero, el chiste sobre mi espalda, pues, como verá usted, la tengo un poco encorvada hacia delante. Pero es algo que nunca me ha invalidado. Mi hermana me da un beso en la mejilla, y entre risas, afirma:

- No le hagas caso, Juan, sólo es una broma. No te enfades con él.

¿Se lo puede imaginar? La muy imbécil le ríe la gracia. El ambiente se va cargando y me pica en la garganta. Empiezan a aflorarme  pensamientos oscuros. Mi respiración se vuelve entrecortada. Es el nervio, ¡ya le digo! La noche amenaza con ser interminable. Luis no deja de agujerear la velada con ofensas y alusiones de muy mal gusto sobre mi soltería, mi supuesta falta de masculinidad y mi poco agraciada apariencia. Y a todo esto, su mujer venga a reír y reír. Resultan patéticos, ¿verdad?

Estará de acuerdo conmigo en que la situación se va volviendo insostenible por momentos. Y llegados a este punto, sucede lo inevitable. Con esta singular vocación que me asalta, lo resuelvo todo con prontitud.  Me levanto, pido disculpas y me ausento del comedor. Voy a la cocina y cojo un cuchillo, el grande. Regreso y sin más contemplaciones pero, modestamente, con gran destreza, les rebano el cuello. Primero al payaso de mi cuñado. En honor a la verdad reconozco que ese acto resulta inefable. La sensación del acero desgarrándole la garganta, créame, es sublime. El infeliz, se desploma sin una queja. Fulminado. Mi querida hermana, ve usted, se me atasca un poco. Me cuesta más trabajo. Carreras, gritos histéricos. Se puede imaginar cómo tengo la cabeza, a punto de estallar, creo que hasta me sube un poco la fiebre. Pero la agarro con fuerza y cuando mis manos atenazan no hay nada qué hacer. Por supuesto, también la degüello, como a un cerdo. Y ahora, ¿entiende lo que le digo? No sé si es rencor o locura, o quizás estoy maldito. Porque, como ya le comenté antes, yo en realidad no soy malo, ni tampoco un asesino. Sólo es el nervio. A veces deseo despertar en otro mundo, donde la luz amarilla de un nuevo día, me alivie el alma y me ilumine la razón. Un mundo como el suyo, señor. Sí, usted, que tanto me mira a través de ese espejo, ¿acaso tiene la solución?, ¿acaso sabe qué debo hacer? No, ya lo veo, no me comprende.

Juan dejó de hablar con su imagen. Despacio, se fue alejando sin apartar su mirada de aquel impertinente espejo. Comprobaba indignado cómo ese ser, pequeño, cojo y deforme, le observaba manchado de sangre. Sin poder contener más su rabia, le gritó:

- ¡Señor, no le conozco! ¡No sé quien es, ni qué es lo que espera de mí! Siempre ahí, tan inmóvil y sin quitarme los ojos de encima.

Su yerto reflejo, de pronto, le sonrió como un perro mordiendo el silencio. Incisivo y voraz, con un aspecto enfermizo. Juan se percató del cuchillo que aún llevaba en la mano y lo lanzó con fuerza y odio contra el espejo. Este se rompió con un ruido estridente, disparando una lluvia de cientos de cristales.

 

06/06/2008 12:36 Autor: Nieves. Enlace permanente. Tema: RELATOS Hay 3 comentarios.

DONDE HAYA ÁNGELES (Finalista en el XII concurso de Relatos Hiperbreves "Todos somos diferentes")

20080526130917-nino-tumbado.gif

No sé por qué estoy aquí. No sé por qué la droga se ha apoderado de mi cabeza, ni por qué la oscuridad me asusta tanto. Tengo frío, llueve y mi ropa mojada me asfixia. Me duele todo el cuerpo. Los chicos blancos me han pegado una buena paliza, ¡cobardes! Me han pillado cuando iba solo por el descampado. La otra noche, los míos me echaron de la casa por coger un par de cervezas del jefe, Majid. Se enfadaron mucho conmigo. Yo soy el más pequeño del grupo y siempre he tenido que aguantar sus bromas y sus golpes. Cuando los conocí, me obligaron a robar para ellos. Poca cosa: bolsos, carteras, móviles… Yo sabía que aquello no estaba bien, pero era la mejor manera de que me aceptaran, incluso si ayudaba a los mayores a vender droga me daban un poco. Yo prefiero el pegamento, es más barato y fácil de conseguir. El otro día una mujer se me acercó y me preguntó que de dónde era; no se lo dije. Me explicó que trabajaba en una organización de no sé qué y que ayudaba a niños como yo. Escapé todo lo rápido que pude. No me pilló, claro. Nadie me gana corriendo. Era muy guapa. Pero siempre me han dicho que debo alejarme de ese tipo de personas. Desde que vine en esa vieja patera no he hecho otra cosa que esconderme y huir. Los chicos mayores me dijeron que no me dejara atrapar nunca, porque me encerrarían como a un perro, y yo no soy un perro. Hay gente que me llama negro de mierda, pero me da igual. Todo me da igual. No tengo a nadie ni los necesito. No me importa si muero en la calle o si me matan de una paliza. Sé que no tengo futuro, ni pienso en él. Hace mucho frío. Me gustaría ver otra vez a la chica guapa. Tenía una bonita sonrisa, parecía un ángel. Me tendió la mano y no se la cogí. Creo que debería buscarla, mi corazón me dice que ella es buena y que me quiere ayudar de verdad. ¡Qué tonto soy!, en este país nadie se interesa por un chico como yo, ¿por qué iba ella a ser diferente? Voy a meterme un poco de pegamento, así se me quitarán estos temblores tan fuertes que tengo y que me están destrozando. Luego me tumbaré a dormir en algún rincón del descampado.

En una ocasión alguien me dijo que todos los niños tenemos un ángel. Creo que ella puede ser mi ángel, y yo necesito que un ángel me abrace porque estoy muy asustado. No debí salir corriendo. Mañana, si me despierto, buscaré un lugar donde haya ángeles. Quizás, allí la encuentre.

26/05/2008 13:03 Autor: Nieves. Enlace permanente. Tema: RELATOS Hay 1 comentario.

EL CHICO QUE BESÓ A MARILYN MONROE

20080430184203-boso-de-marilyn.jpg

Me llamo Fred, tengo sesenta y cinco años y soy alcohólico. Mi mayor problema todas las mañanas es intentar no vomitar y mi mayor fracaso es no conseguirlo. Vivo en una miserable habitación de una pensión habitada por putas y ratas, y lo único que me anima a seguir viviendo es la posibilidad de volver a ver entrar en aquel lujoso hotel a la mujer que me convirtió en este despojo humano.

Todos los días, a eso de las diez, salgo de este aborrecible antro con la botella de bourbon en el bolsillo y dos copas en mi estómago como único desayuno. Esos tragos me ayudan a incorporarme, creo que sin ellos no conseguiría andar. Para entonces ya me he fumado seis o siete cigarrillos, también pienso que sin ellos no lograría respirar. Ya en la calle el aire contaminado me reconforta, prepara mis pulmones para una nueva jornada de solitaria vigilancia.

Esta mañana el intenso frío ha congelado las calles y los tejados de la ciudad, y siento que el hielo se adhiere a mi ropa y la traspasa hasta clavarse en mi piel. Nueva York se transforma en un maldito infierno de hielo en esta época del año. Pero nada me va a impedir que acuda a la esquina de la calle 59 con Central Park South a esperar. Siempre espero. La espero a ella. Tengo que verla, lo necesito. Sí, lo necesito más que el alcohol que circula veloz por mis venas desde hace cuarenta años. Mis manos tiemblan descontroladas, pero esto es algo habitual en ellas, no es una sensación nueva y no creo que sea el alcohol el principal causante de este patético comportamiento. Creo más bien que todo se debe al recuerdo que tienen de aquel día.

Entonces yo era un joven impulsivo y lleno de vida, trabajaba de botones en el Ritz Carlton Central Park. Mi madre era ayudante de cocina en el hotel y gracias a ella me dieron el trabajo. Por un mísero sueldo, subía y bajaba las maletas de los estúpidos ricos que se hospedaban en el impresionante y exclusivo Ritz Carlton. Hasta que un día vino ella a alojarse por una noche. La vi descender de un lujoso automóvil rodeada de fotógrafos y periodistas. Era la criatura más hermosa que jamás había visto. Su cabello rubio, sus labios que besaban el aire y esos ojos; unos ojos que me miraron con un suave toque de melancolía. Entró al hotel con paso corto y sugerente. En la recepción todo el mundo la esperaba. La gran estrella de Hollywood había llegado. Caprichosa, altiva, divina. Una diosa, eso era ella, una auténtica diosa rodeada de simples mortales; y yo, entre ellos, el más necio de todos babeando como un perro detrás de la diva, mientras portaba sus maletas de piel color crema. Antes de subir al ascensor, me entregó su neceser y me pidió que la siguiera. Di las maletas a los otros botones, agarré el pesado bolso y la seguí. Con un gesto casi imperceptible, me animó a entrar con ella y el arrogante señor Gray, el mismísimo director del hotel, en uno de los ascensores. Su perfume inundó aquella estrecha cabina, y mis párpados se cerraron mientras mi nariz y mi alma se embriagaban con aquel Chanel nº 5.

- ¿Cómo te llamas? – me preguntó moviendo los labios como si acariciara las palabras.

- Fred, señora – le contesté sin apenas voz.

Unos violentos latidos se adueñaron de mi pecho y por un instante creí que mi corazón estallaría  en mil pedazos.

- ¿Y cuántos años tienes, Fred?

- Dieciocho años, señora – estaba tan nervioso que tuve que repetir la respuesta porque ni yo mismo la había oído. Menudo idiota.

- Eres un chico muy atractivo – me dijo con un leve susurro.

La mujer me miró y sonrió como tantas veces se lo había visto hacer en sus películas. El señor Gray se irritó de tal manera que pensé que su cara saldría ardiendo.

Llegamos a la última planta y la acompañé hasta la Suite Presidencial. A pesar de todas las personas que íbamos con ella, yo me sentía único, exclusivo, privilegiado. Llevaba su neceser, y dentro de él, sus secretos. La diosa había confiado en mí, se había fijado en mí. Cuando llegamos a la Suite, el director del hotel la abrió y se apartó para que la actriz entrara en ella. Los demás hicimos lo mismo. La habitación era imponente y decorada con suaves tonos marrones y rosas. Nada más entrar, su secretaria, una mujer menuda y con aires de superioridad, se puso a hablar por teléfono. Los demás botones dejaron las maletas, recibieron de un hombre con traje gris una buena propina y con una leve reverencia salieron. Yo permanecía callado, observándola, sujetando el bolso contra mi pecho en un intento de apoderarme de su alma, el alma de la mujer más bella del mundo.

- ¡Fred, inútil!, ¿qué haces ahí plantado como un estúpido? Deja ahora mismo el neceser de la señora Monroe y lárgate.

El señor Gray se había colocado delante de mí y me gritaba salpicando mi cara de saliva que salía disparada de su boca como minúsculos proyectiles. El muy cabrón disfrutaba humillándome delante de ella. El señor importante, director de un hotel importante. A la mierda con él. Y sin pensármelo dejé el neceser de Marilyn Monroe en el suelo, me acerqué a ella despacio y después de agarrarla por la cintura la besé en esos labios que pedían a gritos ser lamidos, mordidos, besados. Nadie hizo nada, no pudieron hacer nada. Ella, mi diosa, se dejó besar, y durante unos segundos se entregó a mí. Cuando terminé, me di la vuelta y vi la cara de estupor del señor Gray, su boca formaba una O perfecta. Le miré fijamente y con un movimiento rápido descargué sobre su asquerosa cara un fuerte puñetazo. Por el sonido supe que se la había roto. El director cayó al suelo como un saco. La sangre descendía abundante por una nariz hinchada y morada. Satisfecho me giré hacia la puerta y salí de la habitación. Sentí en mi nuca la mirada fascinante y sensual de la actriz.

Por supuesto me echaron del hotel, y a mi madre también. Se fue con un tipo italiano a otra ciudad y nunca quiso saber nada más de mí. Durante un tiempo trabajé en varios hoteles y en algún restaurante de comida barata, pero en cuanto conocían mis antecedentes me despedían. Nadie quería contratarme. Dos años más tarde me dijeron que Marilyn Monroe había muerto, se había suicidado. ¿Mi diosa, muerta? Imposible, las diosas nunca mueren.

Me acostumbré a vivir de lo que me daban en la calle o de lo que robaba, y cada vez con más frecuencia me lo gastaba en bebida. Solo, sin apenas trabajo y con el corazón destrozado, el alcohol me convirtió en un despojo humano, una mancha más en esta gran ciudad de mierda. El futuro dejó de existir para mí. Lo único que me importaba era volver a ver una y mil veces sus películas mientras me emborrachaba. Hasta que un día, sentado en la última fila de un viejo cine donde reponían “Niágara”, lo entendí todo. Ella no estaba muerta, y tarde o temprano regresaría al hotel Ritz Carlton Central Park. Miraría a su alrededor con ese suave toque de melancolía hasta encontrarme y me pediría que le llevara su neceser. Decidí volver todos los días a esperarla. Y no he hecho otra cosa desde entonces.

Ahora, han pasado más de cuarenta años y mis manos siguen temblando cuando buscan en el aire su cintura. Aunque, a veces, dejo escapar una tímida sonrisa al recordar aquel instante en el que todos me envidiaron, porque sé que en todas partes se habló del chico que besó a Marilyn Monroe.

24/12/2007 11:32 Autor: Nieves. Enlace permanente. Tema: RELATOS Hay 5 comentarios.

ENTRE LAS SOMBRAS

20080430184425-tormenta.jpg

Al final, el hombre del tiempo tenía razón. Una gran tormenta se había adueñado de la noche y los relámpagos agrietaban el plomizo cielo que dominaba el valle. En la vieja casa de campo el interior parecía un velatorio oscuro y silencioso. Las velas iluminaban con una tímida luz el pequeño comedor. De vez en cuando, un resplandor blanquecino procedente del exterior clareaba, como en una película de cine mudo, las caras de la pareja de ancianos que en esos momentos cenaba un par de bocadillos. No les fue posible preparar nada más, sin electricidad y sin haber tenido la oportunidad de ir al pueblo a comprar comida, la despensa estaba medio vacía.

La mujer, pensativa, pellizcaba el pan medio duro y se introducía sin apenas hambre el trozo en la boca. El hombre la miraba sin pestañear.

- No comes nada – le dijo

- No tengo ganas de comer. Estoy cansada de esta tormenta. El valle se está inundando y no vamos a poder salir en días – le contestó la mujer sin levantar los ojos de su escasa cena.

- Bueno, ya saldremos de esta. No es la primera vez que se inunda el valle por unas lluvias así. Deberías saberlo.

Un violento trueno retumbó como un proyectil lanzado por algún avión enemigo. La lluvia empezó a caer con brusquedad sobre la destartalada casa golpeando las ventanas, las paredes y el tejado como si miles de martillos intentaran derruirla.

- Nos tendríamos que haber ido a casa de la niña cuando oímos en la radio la noticia de la llegada del temporal - comentó la mujer mientras jugaba con unas migas de pan que habían caído encima de la mesa.

- ¿A casa de la niña? Pero tú eres tonta, mujer. Si tu yerno no nos puede ni ver. ¿O es que no lo conoces? – añadió el anciano, y con un gesto demasiado habitual en él bebió un sorbo de su tercer vaso de vino.

- No exageres, hombre. A la niña le hubiera gustado vernos. Hace más de tres meses que no puede venir por aquí. Y sabes perfectamente que me aterran estas tormentas. Nos quedamos aislados y si nos pasa algo nadie se entera.

- ¿Cómo que no puede venir? A veces, creo que no tienes nada en esa cabeza. Di mejor que no quiere venir. Piensan que estamos muy viejos. Para ellos sólo somos un estorbo ¿aún no te has enterado? Dentro de nada nos meterán en una residencia, y si no, ya lo verás. Además, si nos pasa algo, qué más da. Tarde o temprano nos tendremos que morir, ¿no? – dijo el hombre con una turbadora media sonrisa.

- No digas esas cosas, que no me hacen gracia. Y la niña sabe muy bien que a mí nadie me va a encerrar nunca en una residencia de esas como si fuera un trasto inútil. Faltaría más.

La mujer dejó el bocadillo en la mesa y miró a su marido. En la penumbra, el hombre parecía extraño a sus ojos. Su aspecto le produjo un escalofrío. Siempre había sido rudo y de malas maneras, aunque reconocía que ya no le pegaba tan a menudo como antes. Desde la boda, ella nunca dejó de sentir en el estomago esa sensación de vacío que produce el miedo, como si en algún momento pudiera salir una bestia del interior de su marido. Él era así, una persona malhumorada y violenta, que sólo era capaz de transmitir desconfianza y antipatía a la gente.

- Vaya, se ha apagado la vela del aparador – murmuró la anciana.

- Deja, ya voy yo – dijo el hombre.

Éste empujó la silla pesadamente hacia atrás y se levantó. Cogió la vela de encima de la mesa que habían introducido en una botella de Coca-cola, y arrastrando los pies fue hacia el aparador para encender la otra. En ese momento la mujer quedó a oscuras. Sintió pánico. A pesar de los años que llevaba en ese lugar tan apartado, no podía evitar un gran temor cuando se desataban esas tormentas tan fuertes que la obligaban a quedar varios días a solas con su marido. Parecía que los infiernos se apoderaban del valle y de la casa. Quizás la idea de una residencia no fuera tan mala.

- ¿Puedes o no? – preguntó mirando la sombra en la que se había convertido su marido.

No hubo respuesta.

Definitivamente diría a la niña que solicitara una de esas residencias. Allí siempre tendría a alguien cerca.

09/12/2007 20:01 Autor: Nieves. Enlace permanente. Tema: RELATOS Hay 2 comentarios.

RAIMUNDA

20080430195550-anciana.jpg

 

Raimunda sabe que los años no hacen sino envejecer a la gente y llenarla de experiencia, nada más. Sabe también que la muerte la va a visitar más pronto que tarde, para llevársela al otro mundo. Vendrá ataviada con una túnica negra y escondiendo su rostro bajo una capucha o un sombrero. Pero todo esto nunca le ha causado pesadumbre alguna. Raimunda ha sido y será ante todo una mujer de campo. Ha trabajado sin hacer caso a la extenuación y ha padecido los avatares de la vida con la cabeza muy alta, y por supuesto, nada la va a amedrentar. Tiene demasiado trabajo para dejarse vencer por los años.

Raimunda, desde que alcanza su memoria, se ha levantado todos los días con el amanecer, en cuanto asoman por entre las ranuras de las ventanas los primeros rayos de sol. Con sus más de ochenta años, bien puede decir que nunca ha dejado de madrugar; ni siquiera cuando parió a Vicente, su pequeño. A ella ese embarazo la pilló con cuarenta años y el niño venía de nalgas. Pero, después de dos días y medio soportando los terribles dolores del parto entre arados y animales, lo tuvo, ¡vaya que si lo tuvo! Era el quinto hijo, y el último. Y también el primero en morir. A pesar de lo grande que se le criaba, la criatura se le fue con cuatro años de unas fiebres. Raimunda creyó morir con él, deseó ser enterrada con él. Pero el destino no lo quiso así y la mujer tuvo que sacar fuerzas para seguir viviendo.

El sufrimiento no abandonó el hogar de Raimunda, porque como dicen en el pueblo: "las desgracias nunca vienen solas" y a los pocos meses, las mismas fiebres se llevaron a Ramona, su segunda. La más guapa. Un año más tarde, Ramón, su marido, moría aplastado por las ruedas del tractor. Nadie supo nunca lo que ocurrió, ni qué hacía el hombre tumbado debajo de la máquina. Hablaban que quizás dormía la borrachera a la sombra, pues su afición al vino era más que conocida en el pueblo. Desde entonces, Raimunda siempre ha sospechado que Dios la castigó por algo malo que había hecho y que nunca llegó a saber qué fue porque nadie se lo supo explicar, ni siquiera don Pío, el cura. Jamás ha querido quitarse el luto, por si acaso.

Raimunda tuvo que criar sola a los tres hijos que le quedaron: dos hembras y un varón. Trabajó duro y peleó como una loba por ellos. Pasó miserias y conoció el hambre y la mezquindad humana, pero los sacó adelante y sin ningún hombre, a pesar de lo que le aconsejaban las vecinas.

- Raimunda, aunque no seas ya una moza, todavía tienes tres niños que criar. Deberías buscarte un buen hombre, honrado y trabajador - le decían.

Pero no les hizo caso. En su casa no entrarían más hombres. Ella sabía arreglárselas sola. Y eso es precisamente lo que ha hecho casi toda su vida, apañárselas sola un día tras otro.

Sus hijos han crecido sanos y llenos de alegría. Aunque, hace unos años tuvieron que marcharse a la ciudad a buscarse un futuro, un futuro que en el campo ha dejado de existir, porque, como bien sabe todo el mundo, la tierra se está muriendo. Y por ello nadie se extraña de que las estrechas callejuelas del pueblo estén desoladas y mustias. Ya sólo transitan unos cuantos viejos y unas pocas mulas. Los únicos jóvenes que quedan son los dos melgos de la Emilia, que, a pesar de que ya andan cerca de los cuarenta, tienen los pobres la mente algo nublada y no pueden valerse por sí mismos. Raimunda recuerda muy bien el día que nacieron porque por entonces ella ejercía de partera del pueblo y de los alrededores. Ayudaba al médico y atendía a las parturientas antes y después del parto, y aquel fue uno de los más complicados y largos que ha asistido, y para colmo, el médico no pudo llegar a tiempo. La llamaron antes del mediodía y, con la caída del sol, Raimunda ya pensaba que ese parto no podía acabar bien: o moría la madre, que era demasiado joven, o lo hacían los niños. Pero ella era mujer con muchos años de experiencia como matrona y al final los consiguió sacar sin que muriera nadie. No tardó en darse cuenta que las criaturas no eran normales, nacieron con la cabeza deformada, pero estaban vivos. Las viejas decían que era por el eclipse de luna que hubo la noche del parto.

- Los eclipses son un mal presagio y sobre todo si vienen gemelos - decía Jacinta, la más anciana del pueblo.

Pero Raimunda nunca ha creído en esas tonterías, fue la voluntad de Dios y nada más. Al día siguiente el médico examinó a Emilia y a los dos niños. Confirmó que las criaturas habían nacido con un problema en la cabeza y que no pasarían de los diez o doce años. Ya han cumplido los treinta y ocho, y siguen vivos. Un poco faltos, eso sí, pero nada más. Ahora ya no es igual, porque las mujeres paren en los hospitales con médicos y enfermeras y además, ella hace ya muchos años que dejó de ayudar en los partos. Y es que todo ha cambiado y seguirá cambiado cuando ella no esté.

Raimunda ha salido temprano al campo. Ha ido al huerto que tiene junto a la acequia para ver cómo van los tomates. Pronto estarán listos para ser recogidos. Luego se tirará todo un día escaldándolos para quitarles bien la piel, metiéndolos en los botes de cristal y, tras cerrar las tapas, poniéndolos al baño María. Así tendrá tomates para varios meses. Incluso sus hijos se llevarán unos cuantos botes cuando vengan a visitarla. También se ha pasado por los tres bancales que tiene con cebada. Este año habrá una buena cosecha, la espiga está hermosa y el grano crece gordo y con peso.

De regreso a su casa, la anciana se ha tenido que sentar a la sombra de los almendros de su primo José. Está muy fatigada y la respiración le sale floja. Le cuesta reconocerlo, pero, sabe muy bien que ya no tiene años para andar por ahí sola; sin embargo, nunca ha podido estarse en su casa quieta y sin hacer nada, además, ahora esa casa está tan consumida por los años como ella y los recuerdos que la habitan le producen una gran tristeza, y ella no es mujer que permita que la tristeza le encoja el alma. Aunque, a veces, la pena es demasiado grande como para soportarla, y es entonces cuando su mente se debilita y la angustia le hace sentirse vacía y muerta.

Raimunda cierra los ojos cuando siente en su cara el aire fresco del atardecer.

- Puede que llueva - se dice en voz alta.

Levanta la cara y mira un puñado de nubes oscuras que empiezan a asomar por el horizonte. "Puede que sí", piensa. Intenta levantarse, pero la artrosis le recuerda que va a necesitar un buen rato para conseguirlo.

- Hola, Raimunda.

La mujer tuerce la mirada hacia la voz. Una figura vestida de negro y con un gorro de ala ancha, bastante viejo y descolorido, se ha colocado muy tiesa entre ella y el sol. A la anciana no le hace falta preguntar nada, sabe muy bien quién es. Porque es tal y como ella se la había imaginado, vestida de negro y con los ojos sin vida, como hechos de porcelana. Se fija en sus manos, son alargadas y huesudas, aunque no son las manos de un esqueleto. Afortunadamente, la Muerte no es un esqueleto que va por ahí enseñando sus huesos a todo el mundo, para Raimunda eso hubiera sido de muy mal gusto.

- Me parece que va a romper a llover en menos de una hora - dice volviendo a mirar los nubarrones del horizonte.

- Puede - le responde la Muerte.

- Hágase a un lado, si no le importa, me tapa los últimos rayos de sol - añade la mujer con la voz bien templada.

La Muerte se aparta y se sienta junto a Raimunda. Las dos, en silencio, contemplan cómo el sol enrojece de sangre las nubes que cabalgan sobre la línea del horizonte.

20/10/2007 18:17 Autor: Nieves. Enlace permanente. Tema: RELATOS Hay 3 comentarios.

LA MUERTE DE MAMÁ

 

Mamá se suicidó bien entrada la noche. Hacía frío. Nunca pensé que lo haría, a pesar de que siempre amenazó con hacerlo.

- Los verdaderos suicidas no avisan. Si alguien quiere quitarse la vida lo hace y punto -me comentaba la vecina en un intento de tranquilizarme. Pero se equivocó.

Juana, la vecina, creía saber muy bien de lo que hablaba, porque había vivido ya esa experiencia. Su marido se había suicidado hacía unos años.

-Y quién lo hubiera imaginado - se lamentaba -. Con lo alegre que era. Nunca se quejó, nunca.

La verdad es que no recuerdo muy bien lo que ocurrió ese día porque yo era muy pequeña, debía de andar por los cinco o seis años. De lo único que me acuerdo es de los gritos de dolor de la mujer. Eran gritos ásperos, profundos, que me hacían daño porque se metían en mi cabeza y se incrustaban en ella como si fueran un montón de agujas. Estuve toda la noche escondida debajo de las sábanas de mi cama llorando de dolor y de miedo, de miedo a sufrir como sufría ella.

Para hacerle compañía, empecé a pasarme algunas tardes a merendar con Juana, y después, con la enfermedad de mamá, me tiraba casi todo el tiempo en su casa. Mi madre siempre estaba acostada y, a veces, ni siquiera se levantaba para abrirme la puerta cuando regresaba del colegio, porque, según ella, no le quedaban fuerzas ni para respirar. A mí no me importaba, yo sabía que necesitaba descansar; además, me gustaba ir con Juana, porque me contaba historias fascinantes de su vida. Unas eran muy divertidas, tanto que me hacían reír hasta dolerme la barriga; sin embargo, otras me daban mucha pena. Como la historia de una guerra que hubo hace muchos años, cuando ella era una niña como yo. Entonces su voz temblaba al recordar el día que mataron a su padre y a su hermano. Yo veía sus ojos ponerse brillantes como el cristal. Hacía un gran esfuerzo para que no se le escaparan lágrimas, y aún no sé cómo lo conseguía.

Mamá siempre estaba triste. Una vez oí a alguien decir que cuando la tristeza es tan grande que te oprime el estómago y no te deja respirar, se llama depresión. Y ella debía estar muy enferma de depresión porque lloraba mucho, sobre todo por la noche, cuando el silencio le recordaba su dolor. Y bebía, siempre bebía. Algunas veces mezclaba la bebida con unas pastillas que guardaba en el cajón de su mesita. Papá casi nunca estaba en casa, pero cuando venía discutían sin parar. Él se enfadaba mucho con ella, la humillaba y le decía que no servía para nada porque se estaba volviendo loca. Yo no soportaba que la insultara de aquella manera. Mi mamá no estaba loca, simplemente estaba enferma y sola, muy sola. Muchos días entraba de puntillas en su habitación, para no despertarla, y me tumbaba en la cama, a su lado. Le acariciaba el pelo y la cara. La tenía muy blanca, tanto que se distinguía perfectamente el camino que dibujaban las venas por sus mejillas. Entonces se despertaba y me sonreía.

- Hola cariño. ¿Cómo está mi princesa? - murmuraba sin apenas mover los labios finos y arrugados.

- Muy bien, mamá. ¿Y tú?

- Cansada. Muy cansada.

Después cerraba los ojos y se volvía a dormir. Yo me quedaba junto a ella, oyendo su respiración. Era suave, apenas un ligero soplo de vida.

 

La noche de su muerte fue muy extraña. Yo tenía fiebre y la cabeza me latía como si una bomba en su interior fuera a estallar. Tuve muchas pesadillas y, no sé si fue en una de ellas, donde me pareció oír a mis padres discutir; pero no era posible, papá me dijo que se iba por una temporada. Me desperté de golpe, sudando. Mi pijama se me pegaba empapado a la piel y mi cuerpo tiritaba como el cachorro de mi amigo Fran. Empecé a llamar a mamá, pero no vino. La llamé muchas veces, pero no acudió. Recuerdo que las lágrimas me salían sin control a causa de la rabia que sentía. Yo estaba con fiebre y mi madre era incapaz de acudir a mi llamada. La odié, y a mi padre también, porque él ni siquiera estaba en casa para cuidarme. Pero de pronto, oí el estallido de un vaso al caer seguido de un golpe seco y fuerte contra el suelo. Me asusté mucho. No sabía si levantarme para ver qué había pasado o esconderme bajo las sábanas. Decidí levantarme. Me costó caminar porque mis pies apenas respondían y todo se movía a mi alrededor. Tenía la boca seca y la lengua parecía el doble de grande. Desde mi cuarto vi la puerta entreabierta de la habitación de mamá. Una pizca de luz se escapaba desde dentro, como si fuera el humo de un cigarro, tiñendo el aire de un ligero resplandor lechoso. Me acerqué lentamente. El pasillo se me hizo eterno y sus paredes parecían unirse como si quisieran impedirme el paso. Cuando llegué a su puerta, pegué la cara a la rendija que había abierta y miré dentro. Al principio, la intensa luz me golpeó en los ojos obligándome a cerrarlos. Al cabo de unos segundos, me asomé otra vez. Sólo alcanzaba a ver los pies descalzos de mi madre que estaba tumbada boca abajo en el suelo. No se movía. Respiré hondo y empujé la puerta con suavidad hasta abrirla del todo. Y entonces la vi, ahí, tirada como un montón de ropa sucia.

La escena parecía otra pesadilla fruto de la fiebre, pero no era así. Yo sabía que mi madre estaba muerta. No me atreví a tocarla. Me quedé en el umbral, rígida como una estatua, observando aquel cuerpo caído de forma ridícula. El pelo, lacio y desaliñado, se desparramaba alrededor de su cabeza; no recordaba que lo tuviera tan largo. El camisón celeste subía por sus piernas mostrando unos muslos secos y pálidos. ¡Qué delgada estaba! A su alrededor, decenas de pequeños cristales salpicaban el suelo. Estaban por todas partes. Un trozo más grande le atravesaba la mano derecha. Sentí náuseas y vomité más fuerte que nunca, como si lanzara un cubo de agua sucia.

Salí de la habitación y me senté en el  suelo, despacio, dejándome caer poco a poco. Me encontraba muy mal. Encogí las  piernas hacia mi pecho y me abracé a ellas. No sabía qué hacer, estaba confusa. En mi cabeza la imagen de mi madre tirada en el suelo daba vueltas sin parar y una pregunta, sólo una, surgía de mi garganta.

-¿Por qué?, ¿por qué, mamá?, ¿por qué lo has hecho?

Algunas veces la impotencia te hace sentir cosas que no deberías y eso fue lo que me ocurrió. Desprecio. Sí, un gran desprecio hacia mi madre se apoderó de mí y me empujó a llorar durante horas.

No entendía nada, no podía decir nada, sólo me tapaba la cara con las manos y me compadecía. Mi madre me había traicionado, me abandonaba quitándose la vida y la odiaba por ello. Aunque, quizás, yo tuviera la culpa de todo. Sí, puede ser, porque la conocía mejor que nadie y no me di cuenta de lo realmente desesperada que estaba.

Aquella fue la última noche que pasé en casa y lo hice llorando en el suelo, hasta que el cansancio y la fiebre me hundieron en un sueño intranquilo.

 

El entierro de mamá fue rápido y con poca gente. A los suicidas se les entierra sin grandes lamentos. Papá no quería que yo asistiera, pero me empeñé. Era mi madre, debía ir. La pobre Juana lloraba sin parar. ¡Cuánto la echaba de menos!

 

Los días que siguieron pasaron muy deprisa y ajenos a mí. Juana le dijo a mi padre que podía quedarme en su casa.

-Al menos hasta que la niña se recupere de la terrible experiencia que ha sufrido - añadió preocupada.

Pero papá no quiso. Me llevó a otra casa, con otra mujer, una mujer desconocida y a la que aborrecí desde el primer momento.

 

Han pasado varios meses y todavía me despierto por las noches llorando. En mis pesadillas veo el cuerpo de mi madre cubierto de sangre tirado en el suelo, sus ojos me miran vacíos y su boca me habla sin voz.

-Habla más alto, mamá, no te oigo - le digo entre lágrimas, y entonces desaparece.

La amiga de papá dice que está harta de oírme gritar por las noches, que no le dejo dormir y que no está dispuesta a aguantar más esta situación. Quiere llevarme a un médico de la cabeza, pero mi padre piensa que sólo soy una niña y se me pasará con el tiempo. El tiempo, qué sabrá él. Es algo más, es dolor y el dolor no viaja tan rápido como el tiempo. El dolor se instala en el pecho impidiéndote respirar. Pero no creo que a mi padre le importe mucho si lloro o no, como tampoco le conmovía la angustia de mamá. Estoy segura de que ella sabía lo suyo con esa mujer, pero a él le traía sin cuidado. Ahora ya nada importa. Mi madre no está y él puede continuar con su vida, o al menos eso cree.

Dicen que al final cada uno tiene lo que se merece, y debe de ser verdad. La semana pasada vino la policía a casa y se llevó a papá. Entraron enseñando una orden de arresto y se lo llevaron esposado y cabizbajo bajo la mirada fría y distante de su amiga. Oí hablar de una investigación sobre la muerte de mi madre. Sospechan que no fue un suicidio. Al parecer, aquella noche papá sí estuvo en casa, no lo soñé. Le acusan de haber cambiado las pastillas de mamá por unas que la intoxicaron cuando las mezcló con el alcohol.

 

Cuántas preguntas se me amontonan en mi cabeza; cuántas preguntas y qué pocas respuestas. Me gustaría saber por qué papá lo hizo, por qué arrancó a mi madre de mi lado, pero nunca lo sabré. Es difícil entender a los mayores; a veces parecen monstruos, monstruos crueles que sólo piensan en ellos mismos.

 

Ahora vivo con Juana y espero que para siempre. Ella dice que poco a poco lo iré superando. No sé, tengo tantas cosas que olvidar... 

04/10/2007 16:12 Autor: Nieves. Enlace permanente. Tema: RELATOS Hay 1 comentario.

EL DESEO DE EVA

 

Ascendieron en silencio por la pendiente de la montaña. Hacia el atardecer, ya estaban bajo el límite de las nubes. El paisaje era espectacular. Eva miró a su alrededor, sobrecogida. El hombre observaba las expresiones maravilladas, los ojos chispeantes de la joven y su hermosa sonrisa, y sintió un deseo inmediato de acercarse a ella. Adán le habló al oído de ese momento tan esperado y provocó en la mujer un estremecimiento que la impulsó a desviar los ojos para contemplar a su compañero. La pasión que ella inspiraba en el hombre hacía que Eva tuviera la misma necesidad, urgente y premiosa. Sin advertir siquiera que se movía, la mujer se encontró de pronto en brazos de Adán, sintiendo la intensa presión de su cuerpo y su boca cálida y ansiosa. Quizás fuera la excitación del ambiente, pero una especie de cosquilleo recorría su propio cuerpo. Las manos del hombre en su espalda, los brazos en torno a ella, los muslos contra sus muslos femeninos. El bulto en la ingle, que ella notaba a través de su ropa, parecía tibio, y los labios de Adán sobre los suyos le hacían pedir que él jamás se detuviera. El joven comenzó a quitarle la ropa lentamente. El cuerpo de Eva se sintió casi dolorido a causa del deseo y de la inminencia del contacto. Ya no podía esperar, y, sin embargo, no quería que él se precipitase. Adán cerró sus manos sobre los senos de ella, que ahogó una exclamación cuando él apretó su pezón duro. El hombre vio las intensas reacciones de la joven y percibió su propio ardor. Su miembro surgió erecto y latió en su plenitud cuando sintió la lengua suave y tibia de Eva, recorriéndole el cuerpo entero. Ella tenía hambre de su contacto, de sus manos, de su cuerpo, de su boca y de su virilidad. Luego él se colocó entre las piernas de ella, y la calidez de su lengua cuando la saboreó, provocó punzadas de excitación a través del cuerpo femenino. El aire frío en contraste con el ardor de sus cuerpos les hacía estremecerse aún más. Eva sintió la tibieza y la humedad entre sus pliegues, y entonces Adán introdujo profundamente su miembro, cerrando los ojos al sentir el estrechamiento cálido y húmedo. Esperó un momento, después retrocedió y embistió de nuevo. Se hundió y se retiró varias veces oyendo los gemidos de ella, hasta que explotó, liberando una oleada de placer. En el silencio, sólo el viento hablaba.

10/07/2007 01:43 Autor: Nieves. Enlace permanente. Tema: RELATOS No hay comentarios. Comentar.

EL VUELO DE UNA PASIÓN

La mujer, desnuda en la cama, no dejaba de mirarme. Su sensual boca, sus pechos firmes, todo su cuerpo me esperaba con fascinante provocación. Comencé, como pude, la batalla por desprenderme lo más rápido posible de mi ropa, lo que me ocasionó un par de encontronazos con el maldito pico de la mesita. Los pantalones, si bien eran fáciles de poner, se negaban obstinados a ser quitados con mediana elegancia y el cinturón no colaboraba en aquella ardua tarea. Miré hacia abajo, por supuesto con decoro y guardando las formas, y comprobé con lasciva evidencia que el bulto de la entrepierna continuaba vivo. Una vez que mi desnudez se hizo patente, me dispuse a intentar la ejecución del mal llamado salto del tigre. La joven me esperaba con una pasión que, por un momento, me pareció algo distante. Con escasa gallardía y mucha torpeza me lancé sobre ella. Pero el infortunio quiso jugar conmigo. Y sin saber porqué, la mujer empezó a sobrevolar la habitación con frenéticas ondulaciones. En cuestión de segundos, mi cuerpo indefenso y despojado de toda ropa, corría despavorido por la reducida estancia. Mi prominente abdomen se agitaba como un montón de gelatina al compás de la macabra danza que me imponía aquella chica. De manera eficaz, conseguí abrir la ventana. Al cabo de unos segundos, la muchacha de piel apagada salía volando hacia la calle. El serpenteo de su vuelo se había vuelto menos intenso y su cuerpo perdía firmeza. Me asustaron sus ojos que se volvieron turbios e imprecisos. Con horror vi cómo se posaba suave y desinflada sobre el parabrisas de un inoportuno coche de policía. Aparté mi rostro desencajado de la ventana y la cerré con un golpe seco. Así, abatido y humillado, me tumbé solo en aquel lecho vacío. Tenía que pensar la manera de explicarle a mi jefe que su encantadora muñeca había huido como un pájaro por la ventana.
04/06/2007 18:05 Autor: Nieves. Enlace permanente. Tema: RELATOS Hay 1 comentario.
>