

RELATOS DE NIEVES JURADO |
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Cuando duermo, tengo la sensación de estar despierto. Y esa sensación no desaparece hasta que en mi sueño sucede algo tan extraño e irreal que me hace entender que sigo durmiendo. Sin embargo, tengo miedo. Miedo a no despertar, a que todo lo que conozco no sea más que un sueño y yo sólo un cúmulo de recuerdos. Podría pensarse en la similitud con Matrix. No, en el mundo de Matrix el cerebro de la gente es inducido de manera artificial y por medio de un programa informático a creer que vive una realidad cotidiana, como es la vida de cada uno. En mi caso no es así. En mi sueño intento despertarme una y otra vez y cuando creo lograrlo, sucede algo lo suficientemente absurdo como para hacerme comprender que continúo hundido en ese estado tan incoherente como incierto. Desesperado, exprimo mi mente y ordeno a mis ojos que se abran, a mi cuerpo que se mueva, y una vez conseguido me pregunto: -¿me estaré soñando ahora? Por otro lado, me he dado cuenta de que ese suceso fuera de toda lógica, capaz de demostrarme que no estoy despierto, es siempre el mismo: la aparición en cualquier lugar de la escena onírica de un gato azul. Un estúpido gato azul que me observa con ojos inexpresivos cuando es un simple objeto inanimado, o con gesto arrogante cuando se presenta como un animal vivo. En este caso, se muestra con la boca manchada de sangre, que unas veces limpia despacio con su lengua y otras simplemente deja que se le pegue a los bigotes. En ese momento mi pánico es tan irracional que apenas me reconozco y deseo despertarme. Sé que sólo es un sueño. En teoría no puede hacerme daño. En teoría. Una noche, no recuerdo cual, soñé que había amanecido, y me levantaba de la cama, me ponía mis pantalones y descalzo marchaba por el pasillo hacia la cocina. Todo normal, muy rutinario, hasta que en mi cabeza entró la duda de siempre: -¿estaré despierto? Empecé a buscar por toda la casa el maldito gato azul que me sacara de dudas. Hasta que noté un bulto en el bolsillo izquierdo de mi pantalón. Metí la mano y toqué algo frío. Lo extraje con cuidado. Se trataba de una pequeña figura de porcelana de un azul muy intenso: un gato sentado sobre las patas traseras. Me miraba. En seguida supe que yo continuaba durmiendo. Deslicé mis dedos por la cabeza del animal, estaba suave, bajé por su lomo y recorrí su cola. Un odio repentino me obligó a estallar la figura contra el suelo. Yo sólo quería despertar a la realidad y no volverlo a ver nunca más. Los trozos salieron disparados como proyectiles hacia todas partes. Mi pie descalzo pisó un pedazo que había quedado a su lado. La sangre manchó el suelo. En ese instante me desperté. A veces, cuando estoy despierto tengo la sensación de estar soñando. Afortunadamente, esa sensación se desvanece cuando me limpio con la lengua la sangre del ratón que yace muerto entre mis patas y que aún llevo adherida a mis bigotes azules. -Las condiciones necesarias para que pueda desarrollarse vida en otro planeta son numerosas. Estaríamos hablando, por ejemplo, de la fundamental presencia de agua en estado líquido o de la obligación de hallarse en un sistema solar con una estrella tan estable como nuestro Sol… El eminente astrofísico daba una magistral conferencia sobre el Espacio en la Universidad Complutense de Madrid ante un público absorto. -…Y así, mi conclusión final ratifica que es prácticamente imposible la existencia de organismos superiores, ya sean semejantes a los que habitamos la Tierra o diferentes, en otro lugar del Universo. El extraño ser que escuchaba en la parte más oscura del paraninfo, sonrió complacido. Con teorías así, su civilización y todo su planeta estaban a salvo. Raimunda sabe que los años siempre vienen de cara, mirando a los ojos, y que no hacen sino envejecer a la gente y llenarla de experiencia, sin segundas intenciones ni segundas oportunidades, se lanzan directos al corazón. Sabe también que la muerte la va a visitar más pronto que tarde para llevársela al otro mundo. Vendrá ataviada con una túnica negra y escondiendo su rostro bajo una capucha o un sombrero. Pero todo esto nunca le ha causado pesadumbre alguna. Raimunda ha sido y será ante todo una mujer de campo. Ha trabajado sin hacer caso a la extenuación y ha padecido los avatares de la vida con la cabeza muy alta, y por supuesto, nada la va a amedrentar. Tiene demasiado trabajo para dejarse vencer por los años. Raimunda, desde que alcanza su memoria, se ha levantado todos los días con el amanecer, en cuanto asoman por entre las ranuras de las ventanas los primeros rayos de sol. Con sus más de ochenta años bien puede decir que nunca ha dejado de madrugar; ni siquiera cuando parió a Vicente, su pequeño. A ella ese embarazo la pilló con cuarenta años y el niño venía de nalgas. Pero, después de dos días y medio soportando los terribles dolores del parto entre arados y animales, lo tuvo, ¡vaya que si lo tuvo! Era el quinto hijo, y el último. Y también el primero en morir. A pesar de lo grande que se le criaba, la criatura se le fue con cuatro años de unas fiebres. Raimunda creyó morir con él, deseó ser enterrada con él. Pero el destino no lo quiso así y la mujer tuvo que sacar fuerzas para seguir viviendo. El sufrimiento no abandonó el hogar de Raimunda, porque como dicen en el pueblo: -las desgracias nunca vienen solas- y a los pocos meses, las mismas fiebres se llevaron a Ramona, su segunda. La más guapa. Un año más tarde, Ramón, su marido, moría aplastado por las ruedas del tractor. Nadie supo nunca lo que ocurrió, ni qué hacía el hombre tumbado debajo de la máquina. Hablaban que quizás dormía la borrachera a la sombra, pues su afición al vino era más que conocida en el pueblo. Desde entonces, Raimunda siempre ha sospechado que Dios la castigó por algo malo que había hecho y que nunca llegó a saber qué fue porque nadie se lo supo explicar, ni siquiera don Pío, el cura. Jamás ha querido quitarse el luto, por si acaso. Raimunda tuvo que criar sola a los tres hijos que le quedaron: dos hembras y un varón. Trabajó duro y peleó como una loba por ellos. Pasó miserias y conoció el hambre y la mezquindad humana, pero los sacó adelante y sin ningún hombre, a pesar de lo que le aconsejaban las vecinas. -Raimunda, aunque no seas ya una moza, todavía tienes tres niños que criar. Deberías buscarte un buen hombre, honrado y trabajador –le decían. Pero no les hizo caso. En su casa no entrarían más hombres. Ella sabía arreglárselas sola. Y eso es precisamente lo que ha hecho casi toda su vida, apañárselas sola un día tras otro. Sus hijos han crecido sanos y llenos de alegría. Aunque, hace unos años tuvieron que marcharse a la ciudad a buscarse un futuro, un futuro que en el campo ha dejado de existir, porque, como bien sabe todo el mundo, la tierra se está muriendo. Y por ello nadie se extraña de que las estrechas callejuelas del pueblo estén desoladas y mustias. Ya sólo transitan unos cuantos viejos y unas pocas mulas. Los únicos jóvenes que quedan son los dos melgos de la Emilia que, a pesar de que ya andan cerca de los cuarenta, tienen los pobres la mente algo nublada y no pueden valerse por sí mismos. Raimunda recuerda muy bien el día que nacieron porque por entonces ella ejercía de partera del pueblo y de los alrededores. Ayudaba al médico y atendía a las parturientas antes y después del parto, y aquel fue uno de los más complicados y largos que ha asistido, y para colmo, el médico no pudo llegar a tiempo. La llamaron antes del mediodía, y con la caída del sol Raimunda ya pensaba que ese parto no podía acabar bien: o moría la madre, que era demasiado joven, o lo hacían los niños. Pero ella era mujer con muchos años de experiencia como matrona y al final los consiguió sacar sin que muriera nadie. No tardó en darse cuenta que las criaturas no eran normales, nacieron con la cabeza deformada, pero estaban vivos. Las viejas decían que era por el eclipse de luna que hubo la noche del parto. -Los eclipses son un mal presagio y sobre todo si vienen gemelos –decía Jacinta, la más anciana del pueblo. Pero Raimunda nunca ha creído en esas tonterías, fue la voluntad de Dios y nada más. Al día siguiente el médico examinó a Emilia y a los dos niños. Confirmó que las criaturas habían nacido con un problema en la cabeza y que no pasarían de los diez o doce años. Ya han cumplido los treinta y ocho, y siguen vivos. Un poco faltos, eso sí, pero nada más. Ahora ya no es igual, porque las mujeres paren en los hospitales con médicos y enfermeras y además, ella hace ya muchos años que dejó de ayudar en los partos. Y es que todo ha cambiado y seguirá cambiado cuando ella no esté. Raimunda ha salido temprano al campo. Ha ido al huerto que tiene junto a la acequia para ver cómo van los tomates. Pronto estarán listos para ser recogidos. Luego se tirará todo un día escaldándolos para quitarles bien la piel, metiéndolos en los botes de cristal y, tras cerrar las tapas, poniéndolos al baño María. Así tendrá tomates para varios meses. Incluso sus hijos se llevarán unos cuantos botes cuando vengan a visitarla. También se ha pasado por los tres bancales que tiene con cebada. Este año habrá una buena cosecha, la espiga está hermosa y el grano crece gordo y con peso. De regreso a su casa, la anciana se ha tenido que sentar a la sombra de los almendros de su primo José. Está muy fatigada y la respiración le sale floja. Le cuesta reconocerlo, pero, sabe muy bien que ya no tiene años para andar por ahí sola; sin embargo, nunca ha podido estarse en su casa quieta y sin hacer nada, además, ahora esa casa está tan consumida por los años como ella y los recuerdos que la habitan le producen una gran tristeza, y ella no es mujer que permita que la tristeza le encoja el alma. Aunque, a veces, la pena es demasiado grande como para soportarla, y es entonces cuando su mente se debilita y la angustia le hace sentirse vacía y muerta. Raimunda cierra los ojos cuando siente en su cara el aire fresco del atardecer. -Puede que llueva –se dice en voz alta. Levanta la cara y mira un puñado de nubes oscuras que empiezan a asomar por el horizonte. -Puede que sí-, piensa. Intenta levantarse, pero la artrosis le recuerda que va a necesitar un buen rato para conseguirlo. -Hola, Raimunda. La mujer tuerce la mirada hacia la voz. Una figura vestida de negro y con un gorro de ala ancha, bastante viejo y descolorido, se ha colocado muy tiesa entre ella y el sol. A la anciana no le hace falta preguntar nada, sabe muy bien quién es. Porque es tal y como ella se la había imaginado, vestida de negro y con los ojos sin vida, como hechos de porcelana. Se fija en sus manos, son alargadas y huesudas, aunque no son las manos de un esqueleto. Afortunadamente, la Muerte no es un esqueleto que va por ahí enseñando sus huesos a todo el mundo, para Raimunda eso hubiera sido de muy mal gusto. -Me parece que va a romper a llover en menos de una hora –dice volviendo a mirar los nubarrones del horizonte. -Puede –le responde la Muerte. -Hágase a un lado, si no le importa, me tapa los últimos rayos de sol –añade la mujer con la voz bien templada. La Muerte se aparta y se sienta junto a Raimunda. Las dos, en silencio, contemplan cómo el sol enrojece de sangre las nubes que cabalgan sobre la línea del horizonte. Me miraban, sonreían y se fotografiaban con el descaro más impune. La lucidez y la enajenación iban de la mano en ese instante, un instante tan normal como el hacerse una fotografía en familia y a la vez tan irreal como un viaje a las entrañas de la pesadilla humana. Creyeron que yo estaba vacío, pensaron que sus ojos alegres eran ajenos a todo mal, pero se equivocaron. Todos se equivocaron. No se debe jugar con las almas, son demasiado débiles, y quien lo hace corre el riesgo de perderla. Yo me alimento de almas, siempre lo he hecho. Almas crueles o inocentes, me da igual. Cuando atraviesan mi esencia se quedan en este lado. No existe el retorno. Fred Conrad, gran aficionado a la fotografía, apostó al caballo equivocado y me entregó su alma y la de sus seres queridos. No es bueno tanto entusiasmo por una foto, no es bueno despertar mi sed. En realidad nunca quise que nuestra relación acabara de esa manera, llevábamos años compartiendo habitación. Yo he reflejado sus miedos, sus alegrías, sus esperanzas, sus fracasos, en definitiva yo he sido un fiel reflejo de sus vidas. Pero los espejos no atendemos a razones, si se nos provoca respondemos con ira. Ahora los tengo a todos, han quedado estáticos, como la misma fotografía. Cada uno con su historia, historias ocultas que yo conozco perfectamente. Como la infidelidad secreta de la señora Conrad, el pequeño Tim que quedó en su regazo para la eternidad es fruto de una apasionada relación con Fran el joven vecino del primero. O la adicción a las drogas del mayor, Freddy. Luego está Mary, y su colección de objetos robados. Y por último Sam, quien junto a sus amigos ahorcaba gatos en la vieja casa abandonada del final de la calle, curiosa afición. Aún así, se les ve felices, creen que sus intimidades, que sus pecados están a salvo. Incluso la cara de Fred parece expresar la resignación por el cáncer que lo devoraba por dentro y del que nunca habló. Una familia maldita, una fotografía hecha delante del espejo que los absorbió a todos en un click. Un error imperdonable. Había una vez un matrimonio de trabajadores en paro de larga duración que tenían siete hijos. Todos los niños eran grandes, fuertes y estúpidos, menos el último que era algo más listo y tan pequeño como un dedo pulgar, por eso a sus padres se les ocurrió la feliz idea de recordarle toda su vida aquel aspecto tan insignificante poniéndole el ridículo nombre de Pulgarcito. Los seis hijos mayores eran vagos e inútiles y lo único que sabían hacer era comer, escuchar música a todo volumen y chatear por Internet; sin embargo, Pulgarcito dedicaba gran parte de su tiempo a leer novelas históricas y a ver los documentales de naturaleza de la dos, por lo que con el tiempo fue un pequeño bastante espabilado y culto. Una noche, en plena crisis del 2009, Pulgarcito se despertó y oyó que sus padres se lamentaban de la falta de dinero y de la escasa ayuda del gobierno para las familias numerosas. Estaban apenados porque ese verano ni siquiera podrían ir de vacaciones unos días a Benidorm, ni tomarse una paella en el chiringuito de la playa, como todos los años. Pero cual fue la sorpresa del pobre Pulgarcito cuando escuchó decir a su padre: -La situación de la familia es insostenible. Nuestros hijos gastan demasiado y no creo que nunca consigan un trabajo decente, además tampoco los veo trabajando, y no podemos permitirnos mantener en un futuro a un montón de “treinteañeros” rascándose las pelotas mientras nosotros no tenemos ni para una miserable paella en la playa. Lo mejor será abandonarlos, antes de que crezcan más y les cojamos cariño. Quizás, si se lo montan bien y tienen suerte, consigan algún día sobrevivir con un subsidio del estado. El único que merece un poco la pena es el enano ese, pero es demasiado canijo y, la verdad, me da vergüenza salir con él a la calle, además es tan pequeño que cualquier día se lo come un perro y ni nos enteramos. Después de muchos pensar, los sufridos padres decidieron abandonar a los niños en la primera gasolinera que encontraran en cualquier carretera secundaria perdida entre montañas. Pulgarcito, quedó sorprendido y muy enfadado por lo que había escuchado. -¡Serán cabrones! –pensó. Al cabo de un rato dándole a la cabeza, el pequeño tuvo una idea. Dejaría miguitas de pan por el camino, así encontrarían la manera de regresar a casa y sus padres no se saldrían con la suya. A la mañana siguiente, se metieron los nueve en el monovolumen a medio pagar que tenían y partieron rumbo a la carretera más solitaria. Pulgarcito abrió un poco la ventanilla y con total discreción fue tirando miguitas de pan. Cuando los padres los abandonaron, los seis hermanos comenzaron a llorar como mariquitas. Hasta que Pulgarcito les dijo: -No os preocupéis, sé la manera de regresar a casa. Pero como todo el mundo sabe, las desgracias nunca vienen solas y cuando el niño se puso a buscar las migas de pan para seguir su rastro, se dio cuenta que era más idiota de lo que jamás imaginó, porque los pájaros se las habían comido todas, como probablemente hubieran deducido la mayoría de los mortales medianamente inteligentes. Los hermanos lo miraron incrédulos. -¿De verdad pensabas que íbamos a regresar a casa siguiendo el rastro de unas ridículas migas de pan? -le dijo el mayor, ya adolescente, mientras se sentaba sobre una piedra a liarse un enorme porro–. ¡Tú flipas, canijo! -, añadió con una amplia sonrisa. Todos los hermanos estallaron en una gran carcajada, por un momento sus afligidos corazones olvidaron aquella desgracia. Pulgarcito, que pasaba de sus hermanos, vio a lo lejos una casa grande y lujosa con piscina y todo y decidió acercarse a echar un vistazo. El resto de los chicos hicieron lo mismo. Cuando llegaron, fueron muy bien recibidos por la dueña de la casa, una señora con gruesos labios de silicona que al hablar se movían como si fueran un par de morcillas tiernas. La mujer, temiendo por ellos, los escondió en una habitación secreta. En realidad no quería que su marido los encontrara, ya que de ser así, los mataría a los siete, pues se dedicaba al negocio del tráfico de órganos y nunca desperdiciaba la oportunidad de conseguir unos cuerpos tan jóvenes como aquellos. Pero el hombre, que era grande y gordo como un oso, no tardó en descubrirlos. -Será mejor que los acuestes para que estén bien descansados. Mañana me encargaré de sacarles todo lo que me sirva –ordenó con voz ronca. La mujer los acostó en una cama grande junto a la cama donde dormían las siete hijas que ellos tenían. Las niñas eran tan presuntuosas y pedantes que dormían cada una con una corona de oro en la cabeza. A mitad de la noche, Pulgarcito se despertó, algo lógico estando en aquella situación tan complicada, sin embargo sus hermanos dormían a pierna suelta como si no les importara nada. El niño, intentando demostrar que lo de las migas había sido un simple error de cálculo, pues él era pequeño pero no tonto, pensó que quizás el hombre querría matarlos antes del amanecer y así, fue a la cama de las niñas y cambió las coronas por unos gorros ridículos que la mujer les había puesto. Como él sospechó, el hombre se despertó y acudió a la habitación, tocó las cabezas y cuando localizó los gorros sacó un cuchillo y con toda la sangre fría les rajó el cuello a sus propias hijas. Cuando se dio cuenta de su error, no le afectó demasiado porque bajó las escaleras tranquilamente y se lo contó a su mujer como si le relatara la película que acababa de ver por la tele. La esposa subió a la habitación y al ver la sangre calló desmayada al suelo. Los hermanos salieron corriendo, saltaron la verja y escaparon de la casa, no sin antes darse un bañito rápido en la piscina. El hombre cogió la pistola y su magnífico Porche y los persiguió por la carretera. De manera asombrosa e inexplicable, los niños habían recorrido en unos pocos minutos casi todo el camino a su casa, aunque lo más fantástico fue la recuperación tan espontánea de la memoria pues los siete recordaban perfectamente cual era el trayecto exacto a seguir, pero esto sólo ocurre en los cuentos, obvio. El hombre se quedó sin gasolina, cosas de la vida, y paró en una gasolinera a repostar. Pero, como hacía mucho calor decidió dormir un rato tumbado bajo la sombra de unos árboles cercanos, momento que aprovechó Pulgarcito para quitarle las llaves del Porche y la pistola. El niño les dijo a sus hermanos que continuaran sin detenerse hasta su casa, pues no quedaba lejos y el muy listo se subió en el Porche y partió hacia la comisaría del pueblo. El jefe de policía siempre había sospechado del traficante y lo consideraba culpable de la muerte de su hijo un par de años antes, aunque nunca consiguió pruebas contra él. Agradecido, le dio al pequeño una buena recompensa y consiguió un magnífico trabajo para cada uno de los miembros de la familia. Actualmente, Pulgarcito sigue siendo un enano que nadie sabe cómo hace para conducir un Porche, y menos aún cómo consigue ir cada día con una chica distinta. Su familia vive como auténticos reyes en la casa del traficante de órganos. Algunos dicen, que ahora se dedican al tráfico de drogas y es el hermano mayor quien dirige el negocio familiar. Último día de mi confesión Son las cuatro de la mañana. Mi marido duerme, su respiración es fuerte, casi un ronquido, y algo agitada debido al alcohol. Está boca arriba con la cara roja como un tomate y la cabeza ligeramente inclinada hacia mí. La mandíbula inferior cae en una mueca ridícula. Me da asco. Yo permanezco sentada en el sillón que hay junto a la cama, en silencio y sin moverme. La luz roja de los números digitales del despertador hace que la penumbra de la habitación resulte extraña. Por momentos, parece que las sombras cobran vida y se mueven a mi alrededor, como si supieran lo que estoy pensando. En mi mano derecha un cuchillo reposa tranquilo, preparado. Dicen que es fácil matar a una persona. ¿Fácil? Siempre salíamos de noche, estábamos obligados, sufríamos esa condena. Pero aquel día, cuando el sol se ocultó completamente tras unas inusuales nubes negras de tormenta, un rayo cayó en el tejado de la vieja mansión que nos servía de refugio, traspasó el techo y llegó con una furiosa explosión hasta la sala donde dormíamos tranquilos. Todo quedó destrozado, incluyendo nuestros ataúdes. Estábamos indefensos, desnudos ante la crueldad de la luz del día. Aún así, era tal la oscuridad que producían aquellas extrañas nubes que, a pesar de saber muy bien el peligro que corríamos, despertamos sedientos y con el incontrolable impulso de salir a saciarnos, como si la noche acompañara nuestro más puro y diabólico instinto y nos empujara, una vez más, a cumplir con nuestra maldición eterna. -¿Y cuánto tiempo lleva usted ahí dentro? -Bueno, no sabría decirle, pero creo que una eternidad. -¿Siempre ha estado encerrado? -Que yo recuerde, sí. Hace siglos solía salir bastante, aunque mis salidas dependían de la pericia de aquel que encontraba la lámpara. Antes estas cosas se daban más a menudo ¿sabe? La gente solía creer en los "asuntos mágicos", incluso hubo quien que se aventuró a viajar por tierras lejanas para buscarnos y, claro, no era raro que algunos terminaran por dar con nosotros. -¿Concedía deseos a cualquiera que lo sacase de esa lámpara? -Sí, sí, por supuesto. Ese era mi trabajo. Bueno hay quien lo ha llamado maldición, pero casi todos los trabajos son a veces una maldición ¿verdad? Salir y preguntar al poseedor temporal de la lámpara: ¿qué desea, amo? Y concederle tres deseos, como marca la ley, puede llegar a ser un tanto aburrido. -Supongo que todo el mundo pediría lo mismo. Dinero, poder… -No crea. Les interesaba el dinero, eso es cierto, pero también deseaban encontrar a una pareja a la que amar, o vivir una larga vida llena de salud y felicidad. En aquellos tiempos aún existía el romanticismo. Ahora todo ha cambiado, corren tiempos difíciles. -¿Ha perdido sus poderes? -No, no, no. Sigo siendo el mismo. No me refiero a mí, sino a los hombres. -Entonces ¿por qué ahora no quiere salir? ¿No le gusta como froto su lámpara? - No se trata de eso. Estoy en huelga, como el resto de mis colegas. -Pero ¿los Genios tienen derecho a la huelga? ¿No son como esclavos de quien les saca de la lámpara? - Ahí está la cuestión. ¿No le parece curioso servir a quien nos libera? ¿Dónde está la libertad? Nos liberan para ser esclavos. Es absurdo e injusto. Nos tiramos siglos metidos en lámparas estrechas e incómodas y cuando por fin alguien nos saca de este agujero nos tenemos que dedicar a cumplir con los caprichitos materiales del estúpido mortal de turno. -¿Pero no ha dicho usted que no todos pedían solamente dinero y poder? -Le dije que eso sucedía antes, antes, ¿entiende? en otra época ¿es que no me presta atención? Ahora es distinto. Todos quieren poder y ninguno sabe usarlo. Además, en la reunión del Sindicato de Genios y Seres Mágicos llegamos a la conclusión que ya nadie sabe pedir deseos y nosotros no queremos ser los que provoquemos más destrucción. -Bueno, tampoco creo que sea para tanto. -¿Qué no? No sabe usted en lo que se ha transformado el Ser Humano. Mire, hay deseos que han provocado auténticos desastres en el mundo. Y, al menos yo, no estoy dispuesto a salir y conceder más caprichos sin sentido. Que cada cual se saque las castañas del fuego, pero que no cuenten más conmigo. -Me parece increíble. ¿Por qué me pasan a mí estas cosas? Soy un hombre de bien y sin embargo estoy sufriendo una guerra desde hace décadas que ya se ha llevado a casi toda mi familia y que está devastando y arruinando continentes enteros. Ando solo, sin hogar, sin trabajo y no tengo donde caerme muerto. Y ahora que por fin el destino me regala un golpe de suerte al encontrar su lámpara mágica, resulta que usted, un Genio de los de toda la vida, se niega a concederme lo que por ley y tradición me corresponde: tres deseos. Debería pensar un poco más en los demás y no ser tan egoísta. - ¿Egoísta? Está bien. Dígame, ¿qué deseo pediría? -Pues…aún no lo tengo muy claro, la verdad. -¿Lo ve? Al final terminaría pidiendo una estupidez o tres, lo que sería peor. Definitivamente no salgo, seguiré con la huelga. -Espere, espere. Ya lo tengo. Deseo tener el poder para cambiar el mundo. Sí, lo cambiaría totalmente, sin guerras, sin hambre, sin sufrimiento…A ver, ¿es o no es un buen deseo? -¿Buen deseo? Mi anterior amo también pidió algo parecido. Ser un líder mundial, el primer presidente negro del país más poderoso, alguien de origen humilde distinto a todos sus antecesores, capaz de traer la paz y la prosperidad. Una especie de Mesías. -¿Y qué hizo usted? -Se lo concedí, naturalmente. Hice de él un gran hombre, casi un héroe. El mundo entero lo aclamaba. Para serle sincero es uno de los deseos que mejor me han quedado, al menos al principio. - Pero eso es fantástico ¿no? Y ¿cuándo ocurrió? - Ehhh, déjeme pensar… ¿Cuántos años hace ya que empezó esta guerra? Hace frío. Incluso puede que al finalizar el día termine nevando. Tengo lágrimas en los ojos y por toda la cara, pero no sé bien por qué lloro. Hay algo extraño a mi alrededor. No entiendo mi presencia en este lugar, tengo la impresión de no saber quien soy, incluso de no existir. ¿Y si sólo nos hallamos dentro de una mente retorcida que juega con nosotros a ser Dios?, ¿un Dios caprichoso y cruel? Vivo sola rodeada de libros, libros que devoro sin apenas percibir el tiempo. Aunque el tiempo importa bien poco. Tengo algunos recuerdos, son de la infancia principalmente. Mi madre me abandonó cuando yo tenía 8 años y mi padre se casó un año más tarde con una viuda gorda y vulgar que más bien parecía una vigilante de una prisión antigua para mujeres. Recuerdo que mi padre me pegaba, y a mis dos hermanos también, mientras mi madrastra miraba la escena con una grotesca mueca de satisfacción. Y recuerdo, de una manera muy especial, un crimen cometido en mi barrio, un terrible crimen que me pilló muy de cerca. Encontraron muerta, estrangulada, a mi vecina Ángela Grande, “una joven promesa de las letras”, según comentaron los periódicos. Y nada más; mi vida se limita a ser fruto de unas vagas y confusas reminiscencias del pasado, que parecen haber sido instaladas por una mente oscura en algún rincón de mi cabeza. En mi habitación, junto a la cama y sobre una mesita de noche, hay una botella de whisky medio vacía y un vaso medio lleno. Mi boca tiene el sabor amargo de quien ha bebido durante horas o incluso días. Aguardo la llegada de un ser anónimo, un ser tan inhumano como para tenerme encerrada durante…, no sé cuánto tiempo, ¿quizás una eternidad? Nunca le he visto la cara, sólo sé que es clave en mi vida, y que también lo será en mi muerte. Esta espera parece no tener fin, el día entero parece no terminar nunca y sin embargo algo en mi interior teme que finalice, no quiero que llegue mañana porque mi futuro se presenta huidizo como las ratas. Debajo de la ventana hay una mesa y una silla. Encima de la mesa hay un montón de papeles escritos con una letra algo descuidada. Es mi letra. Creo que estoy escribiendo una novela y siento pánico porque no sé cómo continuarla. Todo está desordenado, sucio y la ventana únicamente contribuye a que la pálida luz que deja entrar a través de sus cristales muestre un lugar triste. Sí, aquí se respira tristeza. He oído un ruido detrás de la puerta, unos pasos se aproximan. Me acerco a escuchar. Me aparto de golpe como si me hubiese dado una descarga eléctrica. Regreso a la ventana. No, corro otra vez hacia la puerta. Mi cuerpo tiembla, es el miedo que se adhiere a mí como una mortaja. No sé qué hacer, debo pensar pero no lo consigo, mi mente está seca o más bien inactiva, ¿quién decide por mí? Bebo un trago rápido y torpe de whisky que se me derrama por entre los labios. Más pasos golpean el suelo con ritmo lento y firme. Creo que estoy soñando, sí, eso es, me encuentro sumergida en una absurda pesadilla. La puerta se abre de golpe. De repente, una mano poderosa e invisible me agita de un lado para otro, mi cuerpo está endeble, más bien es el cuerpo sin vida de una muñeca de trapo. Deseo salir corriendo pero alguien me lo impide y ese alguien no es la persona que ha abierto la puerta. Esta se trata de un hombre alto y corpulento, con la cara oculta tras una máscara de Spiderman, que se dirige hacia la mesa donde están los papeles. Los coge, les echa un rápido vistazo y los tira al suelo con desprecio. -¡Esto es una mierda! No has escrito nada bueno desde hace un mes. ¡No vales para nada! –me grita. Con horror veo cómo saca un trozo de cuerda. Lo miro inmóvil, la mano invisible me impide que reaccione. Con rapidez enrolla la cuerda alrededor de mi cuello. Aprieta, aprieta con todas sus fuerzas. Caigo al suelo sin aliento. Una cucaracha trepa hasta mi cara amoratada y la examina con curiosidad. Antes de que todo finalice, creo ver unos ojos gigantes y etéreos flotando en el aire. Y me observan impasibles. Malena Castro, la gran escritora de éxito de novelas de suspense deja el bolígrafo sobre la mesa. Ya ha terminado el cuarto capítulo de su próximo libro. Trata sobre un asesino en serie de jóvenes escritoras. Cuarto capítulo, cuarta víctima. Mañana se lo dará a su secretaria para que lo pase al ordenador. No sabría cómo explicar lo que me ocurrió, podría inventarlo todo y nunca se asemejaría lo más mínimo a la realidad. Empezaré por decir que mi nombre era Bruce Wayne, que tenía una cierta inclinación homosexual y que en los últimos años de mi existencia adquirí toda clase de adicciones. También diré que el mundo me conocía como Batman. Sí, yo era Batman, el Caballero Oscuro, el héroe de Gotham City y el soplapollas que vendió su alma al ser más despreciable que jamás haya existido. Han pasado muchos años desde que, a causa del asesinato de mis padres y con la ayuda de mi mayordomo y confidente Alfred, creé mi alter ego. Me convertí en una sombra viva de la noche, un ser inteligente, amante de la justicia, poseedor de un gran valor y de una increíble fuerza. Ayudaba a la policía en su lucha contra el crimen. A veces pienso que en realidad me convertí en un tipo que andaba por ahí disfrazado de gilipollas con una capa que simulaba las alas de un murciélago, conduciendo un coche llamado Batmóvil y luchando contra enemigos con nombres tan ridículos como Joker o Acertijo. En honor a la verdad señalaré que la etapa más feliz y gratificante fue cuando iba acompañado de mi joven y muy querido amigo Robin. De igual forma reconozco que me apasionaba ser un héroe enigmático venerado por las masas. Pero todo tiene un precio. Con los años, Robin me abandonó, aceptó un cheque millonario y se fue como jefe de la Guardia Suiza del Vaticano. He oído que le va muy bien, incluso que allí ha tenido varios amantes muy influyentes. El viejo Alfred ingresó en una secta satánica dirigida por Joker y más tarde fue internado en un psiquiátrico a causa de las alucinaciones que padecía, probablemente fruto de las pastillas que tomaba desde hacía años para poder soportar la presión que yo le imponía diariamente obligándole a guardar mi secreto y a encargarse del cuidado de la baticueva, localizada bajo la mansión Wayne. Respecto a mí, yo colgué la capa, la máscara y vendí el coche a un circo que andaba cerca. Pero mi alter ego se había hecho demasiado poderoso y Batman nunca me perdonó que lo abandonara de aquella manera. Gasté mi dinero en el juego, la bebida, las drogas, prostíbulos, ya sea con hombres o con mujeres. Como era de esperar, mis deudas ocasionaron que los bancos me embargaran la mansión y otros bienes, herencia de mis padres. Me quedé en la ruina. Aún así, la policía conectó alguna vez más la batseñal solicitando mi ayuda. Y cuando yo la veía reflejada en el cielo sombrío de la noche, mi interior justiciero no podía evitar resurgir de nuevo. Pero mi físico había cambiado, y mucho, ya no había forma de encajarme ese estrecho y ridículo traje diseñado para un hombre corpulento y en forma como Batman, no para el gordo barrigón de Bruce Wayne. El Caballero Oscuro no pudo aguantar la decadencia y la humillación a la que yo le estaba sometiendo. Una mañana turbia y fría me levanté con una terrible resaca. Mi lengua parecía hecha de corcho y mi estomago vaciaba su interior como si arrojara un cubo de agua sucia. Me miré al espejo en el aseo del ruinoso motel donde me alojaba. Y entonces lo vi. Batman peleaba por salir de mi interior. Mis orejas, mis ojos, mi nariz, toda mi cara era de murciélago. Incluso tenía un par de colmillos como los vampiros. Estaba horrorizado, no entendía por qué mi alter ego quería destrozarme de aquella manera. Miré mi cuerpo, estaba cubierto de pelo negro y corto. No tenía brazos, en su lugar había un par de membranas finas y grandes como las alas de los murciélagos. Sin duda me había transformado en una sucia rata voladora, ahora sí que era un auténtico hombre-murciélago. Mi oído se vio alterado y empecé a oír todos los sonidos de la noche, me obsesionaba con ellos. Mi instinto estaba fuera de control, me empujaba a sobrevolar la ciudad, a buscar víctimas inocentes pero no para salvarlas de sus atacantes, mi objetivo era beber su sangre, me di cuenta que la necesitaba y no podía evitar esa desmesurada sed que se adueñaba de mi mente como un parásito. Una noche especialmente oscura por la ausencia de luna, vino a mí un ser tan enigmático como atrayente. Su voz era profunda, no parecía de este mundo, y me hizo una proposición que no pude rechazar. Me ofreció la inmortalidad, recuperar mi forma humana y adoptar la de murciélago sólo para volar en busca de comida cuando llegara el crepúsculo. Viviría en su castillo y a cambio yo le daría mi alma de criatura mortal. Y así lo hice, no tenía nada que perder; o eso creía, porque sin saberlo estaba perdiendo lo más importante que me quedaba: mi esencia. Ahora vivo en Transilvania, no puedo ver la luz del sol y mi instinto salvaje me obliga a alimentarme de sangre humana. Soy un asesino sediento de muerte y estoy condenado a vivir eternamente como una bestia sin alma y sin identidad. El conde Drácula se apoderó de ella. Ahora él es Batman, el héroe justiciero de Gotham City. |
