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RELATOS DE NIEVES JURADO



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"LA CRISIS DE PULGARCITO" (La otra cara del clásico)

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Había una vez un matrimonio de trabajadores en paro de larga duración que tenían siete hijos. Todos los niños eran grandes, fuertes y estúpidos, menos el último que era algo más listo y tan pequeño como un dedo pulgar, por eso a sus padres se les ocurrió la feliz idea de recordarle toda su vida aquel aspecto tan insignificante poniéndole el ridículo nombre de Pulgarcito.

Los seis hijos mayores eran vagos e inútiles y lo único que sabían hacer era comer, escuchar música a todo volumen y chatear por Internet; sin embargo, Pulgarcito dedicaba gran parte de su tiempo a leer novelas históricas y a ver los documentales de naturaleza de la dos, por lo que con el tiempo fue un pequeño bastante espabilado y culto.

Una noche, en plena crisis del 2009, Pulgarcito se despertó y oyó que sus padres se lamentaban de la falta de dinero y de la escasa ayuda del gobierno para las familias numerosas. Estaban apenados porque ese verano ni siquiera podrían ir de vacaciones unos días a Benidorm, ni tomarse una paella en el chiringuito de la playa, como todos los años. Pero cual fue la sorpresa del pobre Pulgarcito cuando escuchó decir a su padre:

-La situación de la familia es insostenible. Nuestros hijos gastan demasiado y no creo que nunca consigan un trabajo decente, además tampoco los veo trabajando, y no podemos permitirnos mantener en un futuro a un montón de “treinteañeros” rascándose las pelotas mientras nosotros no tenemos ni para una miserable paella en la playa. Lo mejor será abandonarlos, antes de que crezcan más y les cojamos cariño. Quizás, si se lo montan bien y tienen suerte, consigan algún día sobrevivir con un subsidio del estado. El único que merece un poco la pena es el enano ese, pero es demasiado canijo y, la verdad, me da vergüenza salir con él a la calle, además es tan pequeño que cualquier día se lo come un perro y ni nos enteramos.

Después de muchos pensar, los sufridos padres decidieron abandonar a los niños en la primera gasolinera que encontraran en cualquier carretera secundaria perdida entre montañas. Pulgarcito, quedó sorprendido y muy enfadado por lo que había escuchado.

-¡Serán cabrones! –pensó.

Al cabo de un rato dándole a la cabeza, el pequeño tuvo una idea. Dejaría miguitas de pan por el camino, así encontrarían la manera de regresar a casa y sus padres no se saldrían con la suya.

A la mañana siguiente, se metieron los nueve en el monovolumen a medio pagar que tenían y partieron rumbo a la carretera más solitaria. Pulgarcito abrió un poco la ventanilla y con total discreción fue tirando miguitas de pan. Cuando los padres los abandonaron, los seis hermanos comenzaron a llorar como mariquitas. Hasta que Pulgarcito les dijo:

-No os preocupéis, sé la manera de regresar a casa.

Pero como todo el mundo sabe, las desgracias nunca vienen solas y cuando el niño se puso a buscar las migas de pan para seguir su rastro, se dio cuenta que era más idiota de lo que jamás imaginó, porque los pájaros se las habían comido todas, como probablemente hubieran deducido la mayoría de los mortales medianamente inteligentes. Los hermanos lo miraron incrédulos.

-¿De verdad pensabas que íbamos a regresar a casa siguiendo el rastro de unas ridículas migas de pan? -le dijo el mayor, ya adolescente, mientras se sentaba sobre una piedra a liarse un enorme porro–. ¡Tú flipas, canijo! -, añadió con una amplia sonrisa.

Todos los hermanos estallaron en una gran carcajada, por un momento sus afligidos corazones olvidaron aquella desgracia.

Pulgarcito, que pasaba de sus hermanos, vio a lo lejos una casa grande y lujosa con piscina y todo y decidió acercarse a echar un vistazo. El resto de los chicos hicieron lo mismo.

Cuando llegaron, fueron muy bien recibidos por la dueña de la casa, una señora con gruesos labios de silicona que al hablar se movían como si fueran un par de morcillas tiernas. La mujer, temiendo por ellos, los escondió en una habitación secreta. En realidad no quería que su marido los encontrara, ya que de ser así, los mataría a los siete, pues se dedicaba al negocio del tráfico de órganos y nunca desperdiciaba la oportunidad de conseguir unos cuerpos tan jóvenes como aquellos. Pero el hombre, que era grande y gordo como un oso, no tardó en descubrirlos.

-Será mejor que los acuestes para que estén bien descansados. Mañana me encargaré de sacarles todo lo que me sirva –ordenó con voz ronca.

La mujer los acostó en una cama grande junto a la cama donde dormían las siete hijas que ellos tenían. Las niñas eran tan presuntuosas y pedantes que dormían cada una con una corona de oro en la cabeza. A mitad de la noche, Pulgarcito se despertó, algo lógico estando en aquella situación tan complicada, sin embargo sus hermanos dormían a pierna suelta como si no les importara nada. El niño, intentando demostrar que lo de las migas había sido un simple error de cálculo, pues él era pequeño pero no tonto, pensó que quizás el hombre querría matarlos antes del amanecer y así, fue a la cama de las niñas y cambió las coronas por unos gorros ridículos que la mujer les había puesto. Como él sospechó, el hombre se despertó y acudió a la habitación, tocó las cabezas y cuando localizó los gorros sacó un cuchillo y con toda la sangre fría les rajó el cuello a sus propias hijas. Cuando se dio cuenta de su error, no le afectó demasiado porque bajó las escaleras tranquilamente y se lo contó a su mujer como si le relatara la película que acababa de ver por la tele. La esposa subió a la habitación y al ver la sangre calló desmayada al suelo. Los hermanos salieron corriendo, saltaron la verja y escaparon de la casa, no sin antes darse un bañito rápido en la piscina.

El hombre cogió la pistola y su magnífico Porche y los persiguió por la carretera. De manera asombrosa e inexplicable, los niños habían recorrido en unos pocos minutos casi todo el camino a su casa, aunque lo más fantástico fue la recuperación tan espontánea de la memoria pues los siete recordaban perfectamente cual era el trayecto exacto a seguir, pero esto sólo ocurre en los cuentos, obvio. El hombre se quedó sin gasolina, cosas de la vida, y paró en una gasolinera a repostar. Pero, como hacía mucho calor decidió dormir un rato tumbado bajo la sombra de unos árboles cercanos, momento que aprovechó Pulgarcito para quitarle las llaves del Porche y la pistola. El niño les dijo a sus hermanos que continuaran sin detenerse hasta su casa, pues no quedaba lejos y el muy listo se subió en el Porche y partió hacia la comisaría del pueblo. El jefe de policía siempre había sospechado del traficante y lo consideraba culpable de la muerte de su hijo un par de años antes, aunque nunca consiguió pruebas contra él. Agradecido, le dio al pequeño una buena recompensa y consiguió un magnífico trabajo para cada uno de los miembros de la familia. Actualmente, Pulgarcito sigue siendo un enano que nadie sabe cómo hace para conducir un Porche, y menos aún cómo consigue ir cada día con una chica distinta. Su familia vive como auténticos reyes en la casa del traficante de órganos. Algunos dicen, que ahora se dedican al tráfico de drogas y es el hermano mayor quien dirige el negocio familiar.

24/06/2009 01:15 Autor: Nieves. Enlace permanente. Tema: RELATOS. No hay comentarios. Comentar.

MI CONFESIÓN

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Primer día de mi confesión

Anoche volvió a pegarme. Entró en nuestro pequeño apartamento como violado por el diablo. Cuando vi su cara, intenté encerrarme en el cuarto de baño, pero él fue más rápido. Me agarró del pelo hasta conseguir tirarme al suelo y comenzó a patearme. Sus pesadas botas golpeaban sin piedad hiriendo mi cuerpo y mi mente. Lo peor de todo es que mi hijo se ha acostumbrado a ver las palizas como si fuera una película de la tele. Cuando era más pequeño se asustaba, pero ahora ni si quiera reacciona y sus ojos muestran indiferencia pues sabe que me levantaré del suelo, como esos personajes de los dibujos animados, ellos siempre se levantan como si nada les hubiera ocurrido. Nunca  lloro en su presencia, me lo prometí hace tiempo.Ya no siento dolor. Ni siquiera noto el ojo hinchado como una nuez, ni los labios partidos. Sólo mi corazón sufre una angustia agobiante. Creo que tarde o temprano me matará, es cuestión de tiempo, o puede que lo haga yo. Sería fácil acabar con todo este infierno, demasiado fácil como para atreverme. Las vecinas me miran cuando paso por su lado. Su farsante saludo me produce náuseas. Cuchichean, lo sé. Piensan que soy patética, o que me lo merezco, o que no entienden por qué sigo con él. Él es mi vida, sin su presencia yo no valgo para nada, mi hijo no tendría un hogar donde crecer. No puedo sobrevivir sin él.

Segundo día de mi confesión  
Hoy he ido a hablar con Dios. Creo que no me ha escuchado. Cuando pasé a la pequeña iglesia del final de la calle, un aire enrarecido me arañó la garganta, era un aviso. Me acerqué al confesionario y me arrodillé.
- Ave María Purísima - dije con un leve murmullo.
- Sin pecado concebida - me respondió una sombra desde detrás del enrejado de madera.Tras unos segundos, que me parecieron horas, mi boca se decidió a hablar. Lo contó todo, recitando mi vida como si fuera una monótona oración. Mi cabeza estaba escandalizada. Jamás pensé que alguna vez sería capaz de relatar mi sufrimiento a un desconocido, aunque fuera un sacerdote.Cuando terminé, el silencio se adueñó del lugar. Tan sólo se oía el silbido del viento al entrar por alguna vieja ventana. Hacía frío. De pronto, como salido de una tumba, el cura habló con voz profunda y pausada como si se dirigiera a un niño pequeño. Es irónico, pero me aconsejó que intentara dialogar con mi marido, que le demostrase mi amor incondicional,  así, tarde o temprano, comprendería su equivocación. En definitiva, me insinuó que me aguantara, pues, ya se sabe: “Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”. Me recomendó que me sentara en un banco y que rezara con fe, rogándole a  Dios que me diera fuerzas para seguir adelante. Y eso hice. Me senté en un banco situado en uno de los laterales. Y hablé con Dios, pero creo que estaba ocupado. Yo soy insignificante,  una gota más en un océano enfurecido. Y lloré. Lloré como nunca. Y maldije. Maldije como una vulgar puta tirada en la calle. Y me fui. Me fui corriendo, dejando tras de mí un rastro de lamentos. 
Tercer día de mi confesión  
Hoy es nuestro aniversario. Diez años. Penoso, ¿verdad?
Me ha llamado a eso de las doce del mediodía y me ha dicho que no vendrá a comer, pero que preparara una cena especial para esta noche. También ha insistido en que deje al niño en casa de mi madre. Tendré que arreglarme un poco, parezco una pordiosera vieja y decrépita. Me da asco mirarme al espejo, no me gusta lo que veo.
Primero iré a comprar al mercado. La nevera está casi vacía. No debo gastar mucho, pues me queda poco dinero de mi asignación mensual. No sé qué menú especial pretende. Me gustaría saber a qué quiere jugar ahora, ¿a ser el señor marqués? Intentaré hacerle una velada romántica. Hace tiempo que no siento el cálido encuentro en una noche llena de amor. ¡Qué tonta soy! En realidad, y a pesar de lo que siempre me dice, nunca me ha querido; sin embargo, yo a él sí, y mucho. Creo que de manera enfermiza, porque debo de estar muy enferma para amar a semejante monstruo. Aunque, a veces, me vienen a la memoria antiguos recuerdos de cuando éramos novios. Entonces sí era encantador y cariñoso, hasta que nos casamos. Cuando me consiguió, se olvidó de quererme. Ahora, ya no tengo ilusión por nada. 
Cuarto día de mi confesión 
La noche ha sido larga y amarga. El dolor me ha quitado lo que me quedaba de mi estropeada alma. Intento llorar pero creo que mis lágrimas se han evaporado.Esperé como una adolescente ante la primera cita, nerviosa, con el corazón en un puño. Me senté en el sofá engalanada con un anticuado pero bonito vestido azul turquesa que me compré hace unos años y que, para mi sorpresa, aún me quedaba muy bien. Los minutos pasaban y yo miraba como hipnotizada la mesa decorada con velas y flores para la ocasión. Me tocaba de manera casi impulsiva mi alianza, y, una vez más, recé. No sé por qué, pero lo hice.
Cambié varias veces las velas y las flores de sitio. La vajilla y la cristalería cara resplandecían. Me parece que era la primera vez que las sacaba. Las copas quedaban preciosas.
El tiempo pasaba atormentándome con su paso firme y constante. El sonido de la llave intentando abrir la puerta me sobresaltó, creo que mi corazón se paró en seco.
Llegó tarde y borracho. Cuando entró al salón miró la mesa desconcertado. Me pareció ver en sus ojos un rastro de remordimiento, pero se esfumó como mi sueño. Entonces se fijó en mi vestido.
- ¿De qué te has disfrazado? ¡Pareces una puta!, ¡quítatelo ahora mismo! - me gritó.
- Pero, cariño, me lo he puesto para ti. Y he preparado una cena especial por nuestro aniversario, ¿no es lo que querías? - le respondí.
- No tengo hambre. Sólo me apetece otra cosa - me contestó mirándome como a un pedazo de carne recién salido del horno. 
Se abalanzó, como un lobo, sobre mí.  Me destrozó la ropa. Yo intenté detenerle, suplicándole. Pero no me hizo caso, quería sexo y lo quería ya. La sutileza no es su estilo. Me desnudó por completo y me violó, aunque él jamás lo reconocería. Cuando terminó se fue a la cama dándome las buenas noches como si nada. Me dejó tirada en el suelo, como a un sucio perro callejero. 
Quinto día de mi confesión 
Se ha ido de viaje, algo relacionado con el trabajo. En realidad no sé dónde ni con quién, pero tampoco me importa. Sé que me engaña, siempre le ha gustado ir con otras, pero ya me da igual. He llamado a mi madre y le he pedido que se quede unas horas con el niño. Necesito estar sola. Ha accedido a regañadientes porque nunca le ha gustado hacer de canguro. Ella sabe que él me pega, lo ve en mi cara, pero dice que es mi marido y que debo callarme, como hizo ella, como hacen muchas.
- Hija mía, la mujer debe estar con el marido. Si lo denuncias no sólo le traicionas a él, sino también a tu hijo y a mí. Además, ¿de qué ibais a vivir?
Estoy harta de oír siempre lo mismo. ¿A nadie le importa mi sufrimiento? Ya no sé quien soy. Salgo a la calle con las heridas ocultas bajo dos dedos de maquillaje. Camino deprisa, con miedo y vergüenza.
En la televisión dicen que los malos tratos se deben denunciar. Pero, ¿para qué?, ¿para que al final me mate, como le ha ocurrido a otras mujeres? Y luego ¿qué? Nada. Nuestra vida no vale nada.
Sexto día de mi confesión 
Estoy embarazada. El muy cabrón me ha dejado preñada. Otro más para criar sola, pues, para él, los niños son de las madres. Nunca se ha interesado mucho por su hijo, aunque tampoco lo ha maltratado, tan sólo lo nombra para amenazarme con quitármelo si me separo de él. Y ahora otro. ¿Qué voy a hacer?, ¿cómo se lo voy a decir?Cuando nació el niño me advirtió:
- “Procura no quedarte más veces preñada. Si lo haces te lo sacaré a patadas, te lo juro. No quiero más críos en mi casa”.
Me iré. Sí, eso haré. Me iré lejos con mi hijo, donde no pueda encontrarme, donde, quizás, la vida me ofrezca una segunda oportunidad.Pero qué estúpida soy, ¿dónde voy a ir? No tengo dinero, ni trabajo y mi madre..., ni siquiera me hablaría. Además no conozco a nadie que se quiera interesar por mí. Podría ir a un centro de acogida, pero me moriría antes de ver a mi hijo mendigando un lugar donde vivir. Y ahora embarazada ¿quién me va a dar trabajo? Debo ser realista, estoy sola. Tanta gente en el mundo y yo sin una persona a quien contarle mi desesperada existencia. Creo que ha llegado la hora de terminar con todo. Necesito pensar, aunque ahora no puedo, me duele demasiado la cabeza y tengo náuseas. Maldito embarazo, maldito Dios.
Séptimo día de mi confesión

Anoche ocurrió lo inevitable. Fue después de tener este extraño sueño:
Estoy en la orilla de un hermoso lago rodeada de un bosque lleno de pinos. Oigo la risa de mi hijo jugando cerca de mí, pero lo veo borroso. De pronto unos dolores me hacen retorcerme. Cuando me miro estoy llena de sangre, mi ropa, mis manos, todo mi cuerpo. Y empieza el parto, me tumbo en el suelo, ahora estoy desnuda. Las contracciones me destrozan las entrañas pero  los gritos que salen de mi garganta son casi imperceptibles, no los oigo. Tan solo veo mi cara desencajada, parezco una anciana. Entonces, cuando pienso que me voy a morir, sale la criatura. Oigo su llanto, parece un gato rabioso. Me acerco para cogerlo del suelo húmedo y frío. Pero, cuando lo tomo entre mis brazos, no puedo sujetarlo, me resulta demasiado pesado y se me cae.En ese momento me desperté aterrada, empapada en sudor. Me levanté con cuidado de no despertar  a mi marido. Fui a la cocina a beber agua. Aún temblaba cuando cogí el vaso. Me senté en una de las sillas y lloré desesperada. Me toqué el vientre. Todavía notaba el tremendo dolor de mi pesadilla. De pronto éste se hizo más intenso y me dirigí, como pude, al servicio. Allí me di cuenta de que mi pijama estaba manchado de sangre.Me senté en la taza del váter y, entre mudos dolores, aborté. Al principio, reconozco que  una sensación de alivio se introdujo en mi cabeza, ya no tenía que decirle nada, se acabó el niño, se acabó todo. Pero ahora, me siento vacía y sucia. Mi hijo calló en la taza del inodoro como un vulgar desecho envuelto en un manto de sangre. Sé que es un castigo divino por maldecir a Dios. Tengo que limpiar mis pecados, pero no sé cómo. Empezaré por rezar, una vez más.Mi marido no sospecha nada,  ni siquiera sabe que él, con sus palizas, ha cometido un horrendo crimen. 
Octavo día de mi confesión

No consigo dormir. La noche perturba mi mente y estrangula mi espíritu. Sólo tengo horribles pesadillas donde me veo con un feto malformado entre mis manos llenas de sangre. Me da miedo acostarme, me da asco hacerlo al lado de él, siempre roncando como un cerdo. Tengo la sensación de que los brazos de la repugnancia que siento me ahogan; quizás algún día, mientras él satisface conmigo su lujuria,  muera asfixiada por ellos. Espero que llegue ese día y que todo termine.
Noveno día de mi confesión 
Han pasado dos meses desde mi aborto y sigo sin dormir. Este insomnio me está matando. Mi marido continúa con su vida y con sus palizas. Yo apenas puedo  con la rutina del día a día. Me parece que mi hijo no está bien cuidado. Lo intento, pero no soy capaz de ejercer de madre.¿Cuánto tiempo podré resistir? He pensado buscarme un trabajo, a él no le va a gustar, pero quiero intentarlo. No sirvo para gran cosa. Puedo limpiar, cocinar o cuidar ancianos, y poco más.No me va a dejar, lo sé.  No le gusta que me relacione con otras personas. No se fía de mí. Siempre dice que las mujeres no somos de fiar, que todas somos una putas y en cuanto olemos el dinero nos largamos con el primero que pillamos. ¡Qué sabrá de mujeres! Si para él no valemos nada, no somos más que criadas, y, cuando quiere, unos simples objetos de placer, de su placer.
Décimo día de mi confesión

Será mejor que me olvide de trabajar. Cuando se lo mencioné se rió de mí, abriendo su enorme bocaza y mirándome con ojos entornados a causa del alcohol. No le insistí, no quería darle un motivo para partirme la cara.
Estoy desesperada. Los días pasan empujándose unos a otros sin piedad y yo sigo marcada por esta  “no vida” llena de palizas, rutinas y llantos. Pienso mucho en la muerte, tan lejana y, a la vez, tan presente. Cuando me miro al espejo y veo esa cara pálida y demacrada, no me reconozco. Recuerdo lo  atractiva que era de joven y me da por reír, como una loca, como una auténtica demente. Parece mentira cómo me ha transformado la vida, cómo me ha quemado y arrojado a la humillación.Una idea me golpea con insistencia la cabeza, y se ha alojado en ella, como un tumor, consumiendo mi cordura: es el suicidio. Acabar con esta mierda y poner punto y final al camino duro y polvoriento que me ha tocado recorrer. Muchas veces, cuando tiendo la ropa y miro hacia abajo, me dan ganas de arrojarme, son cinco pisos, creo que bastarían. Pero me da pánico escapar de un tormento y meterme en otro peor. Sé muy bien que para Dios y la Iglesia el suicidio es pecado mortal y también sé que los pecadores se pudren en el infierno. Pero..., ¿y si no es así?
Decimoprimer día de mi confesión

La paliza de anoche fue brutal, casi no puedo moverme. Mi hijo estaba presente y, por primera vez, se me echó encima como intentando protegerme; pero entonces él, lleno de furia y de odio, lo apartó de una fuerte bofetada. Nunca le había pegado y, sinceramente, nunca pensé que llegaría a hacerlo. Lo que más me dolió fue la expresión del niño, sus ojos imploraban a su padre, extrañados y aterrorizados. Esperaba que alguien lo cogiera y lo abrazara. Corrí hacia mi hijo, maldiciendo y gritando, y lo tomé en brazos bajo la atenta mirada de aquel animal que ni siquiera se  inmutó. Lo llevé a su habitación y lo acuné sentada a los pies de su cama. Le canté sus canciones favoritas mientras mis lágrimas le mojaban el pijama. Cuando se durmió, le besé con suavidad en la frente y lo acosté despacio, con cuidado de no despertarlo. Me quedé un rato más velando su sueño. Ahora está tranquilo. Pero yo no, porque un volcán de odio ha estallado en mis entrañas.

Último día de mi confesión 

Son las cuatro de la mañana.  Mi marido duerme, su respiración es fuerte, casi un ronquido, y algo agitada debido al alcohol. Está boca arriba con la cara roja como un tomate y la cabeza ligeramente inclinada hacia mí. La mandíbula inferior cae en una mueca ridícula. Me da asco. Yo permanezco sentada en el sillón que hay junto a la cama, en silencio y sin moverme. La luz roja de los números digitales del despertador hace que la penumbra de la habitación resulte extraña. Por momentos, parece que las sombras cobran vida y se mueven a mi alrededor, como si supieran lo que estoy pensando. En mi mano derecha un cuchillo reposa tranquilo, preparado. Dicen que es fácil matar a  una persona. ¿Fácil?

 

08/06/2009 14:20 Autor: Nieves. Enlace permanente. Tema: RELATOS. No hay comentarios. Comentar.

"EL RAYO"

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Siempre salíamos de noche, estábamos obligados, sufríamos esa condena. Pero aquel día, cuando el sol se ocultó completamente tras unas inusuales nubes negras de tormenta, un rayo cayó en el tejado de la vieja mansión que nos servía de refugio, traspasó el techo y llegó con una furiosa explosión hasta la sala donde dormíamos tranquilos. Todo quedó destrozado, incluyendo nuestros ataúdes. Estábamos indefensos, desnudos ante la crueldad de la luz del día. Aún así, era tal la oscuridad que producían aquellas extrañas nubes que, a pesar de saber muy bien el peligro que corríamos, despertamos sedientos y con el incontrolable impulso de salir a saciarnos, como si la noche acompañara nuestro más puro y diabólico instinto y nos empujara, una vez más, a cumplir con nuestra maldición eterna.

22/05/2009 00:35 Autor: Nieves. Enlace permanente. Tema: RELATOS. Hay 1 comentario.

"LOS DESEOS DEL GENIO"

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-¿Y cuánto tiempo lleva usted ahí dentro?

-Bueno, no sabría decirle, pero creo que una eternidad.

-¿Siempre ha estado encerrado?

-Que yo recuerde, sí. Hace siglos solía salir bastante, aunque mis salidas dependían de la pericia de aquel que encontraba la lámpara. Antes estas cosas se daban más a menudo ¿sabe? La gente solía creer en los "asuntos mágicos", incluso hubo quien que se aventuró a viajar por tierras lejanas para buscarnos y, claro, no era raro que algunos terminaran por dar con nosotros.

-¿Concedía deseos a cualquiera que lo sacase de esa lámpara?

-Sí, sí, por supuesto. Ese era mi trabajo. Bueno hay quien lo ha llamado maldición, pero casi todos los trabajos son a veces una maldición ¿verdad? Salir y preguntar al poseedor temporal de la lámpara: ¿qué desea, amo? Y concederle tres deseos, como marca la ley, puede llegar a ser un tanto aburrido.

-Supongo que todo el mundo pediría lo mismo. Dinero, poder…

-No crea. Les interesaba el dinero, eso es cierto, pero también deseaban encontrar a una pareja a la que amar, o vivir una larga vida llena de salud y felicidad. En aquellos tiempos aún existía el romanticismo. Ahora todo ha cambiado, corren tiempos difíciles.

-¿Ha perdido sus poderes?

-No, no, no. Sigo siendo el mismo. No me refiero a mí, sino a los hombres.

-Entonces ¿por qué ahora no quiere salir? ¿No le gusta como froto su lámpara?

- No se trata de eso. Estoy en huelga, como el resto de mis colegas.

-Pero ¿los Genios tienen derecho a la huelga? ¿No son como esclavos de quien les saca de la lámpara?

- Ahí está la cuestión. ¿No le parece curioso servir a quien nos libera? ¿Dónde está la libertad? Nos liberan para ser esclavos. Es absurdo e injusto. Nos tiramos siglos metidos en lámparas estrechas e incómodas y cuando por fin alguien nos saca de este agujero nos tenemos que dedicar a cumplir con los caprichitos materiales del estúpido mortal de turno.

-¿Pero no ha dicho usted que no todos pedían solamente dinero y poder?

-Le dije que eso sucedía antes, antes, ¿entiende? en otra época ¿es que no me presta atención? Ahora es distinto. Todos quieren poder y ninguno sabe usarlo. Además, en la reunión del Sindicato de Genios y Seres Mágicos llegamos a la conclusión que ya nadie sabe pedir deseos y nosotros no queremos ser los que provoquemos más destrucción.

-Bueno, tampoco creo que sea para tanto.

-¿Qué no? No sabe usted en lo que se ha transformado el Ser Humano. Mire, hay deseos que han provocado auténticos desastres en el mundo. Y, al menos yo, no estoy dispuesto a salir y conceder más caprichos sin sentido. Que cada cual se saque las castañas del fuego, pero que no cuenten más conmigo.

-Me parece increíble. ¿Por qué me pasan a mí estas cosas? Soy un hombre de bien y sin embargo estoy sufriendo una guerra desde hace décadas que ya se ha llevado a casi toda mi familia y que está devastando y arruinando continentes enteros. Ando solo, sin hogar, sin trabajo y no tengo donde caerme muerto. Y ahora que por fin el destino me regala un golpe de suerte al encontrar su lámpara mágica, resulta que usted, un Genio de los de toda la vida, se niega a concederme lo que por ley y tradición me corresponde: tres deseos. Debería pensar un poco más en los demás y no ser tan egoísta.

- ¿Egoísta? Está bien. Dígame, ¿qué deseo pediría?

-Pues…aún no lo tengo muy claro, la verdad.

-¿Lo ve? Al final terminaría pidiendo una estupidez o tres, lo que sería peor. Definitivamente no salgo, seguiré con la huelga.

-Espere, espere. Ya lo tengo. Deseo tener el poder para cambiar el mundo. Sí,  lo cambiaría totalmente, sin guerras, sin hambre, sin sufrimiento…A ver, ¿es o no es un buen deseo?

-¿Buen deseo? Mi anterior amo también pidió algo parecido. Ser un líder mundial, el primer presidente negro del país más poderoso, alguien de origen humilde distinto a todos sus antecesores, capaz de traer la paz y la prosperidad. Una especie de Mesías.

-¿Y qué hizo usted?

-Se lo concedí, naturalmente. Hice de él un gran hombre, casi un héroe. El mundo entero lo aclamaba. Para serle sincero es uno de los deseos que mejor me han quedado, al menos al principio.

- Pero eso es fantástico ¿no? Y ¿cuándo ocurrió?

- Ehhh, déjeme pensar… ¿Cuántos años hace ya que empezó esta guerra?

 

06/05/2009 16:42 Autor: Nieves. Enlace permanente. Tema: RELATOS. Hay 1 comentario.

"LA MENTE OSCURA"

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 Hace frío. Incluso puede que al finalizar el día termine nevando. Tengo lágrimas en los ojos y por toda la cara, pero no sé bien por qué lloro. Hay algo extraño a mi alrededor. No entiendo mi presencia en este lugar, tengo la impresión de no saber quien soy, incluso de no existir. ¿Y si sólo nos hallamos dentro de una mente retorcida que juega con nosotros a ser Dios?, ¿un Dios caprichoso y cruel?

Vivo sola rodeada de libros, libros que devoro sin apenas percibir el tiempo. Aunque el tiempo importa bien poco. Tengo algunos recuerdos, son de la infancia principalmente. Mi madre me abandonó cuando yo tenía 8 años y mi padre se casó un año más tarde con una viuda gorda y vulgar que más bien parecía una vigilante de una prisión antigua para mujeres. Recuerdo que mi padre me pegaba, y a mis dos hermanos también, mientras mi madrastra miraba la escena con una grotesca mueca de satisfacción. Y recuerdo, de una manera muy especial, un crimen cometido en mi barrio, un terrible crimen que me pilló muy de cerca. Encontraron muerta, estrangulada, a mi vecina Ángela Grande, “una joven promesa de las letras”, según comentaron los periódicos. Y nada más; mi vida se limita a ser fruto de unas vagas y confusas reminiscencias del pasado, que parecen haber sido instaladas por una mente oscura en algún rincón de mi cabeza.

En mi habitación, junto a la cama y sobre una mesita de noche, hay una botella de whisky medio vacía y un vaso medio lleno. Mi boca tiene el sabor amargo de quien ha bebido durante horas o incluso días. Aguardo la llegada de un ser anónimo, un ser tan inhumano como para tenerme encerrada durante…, no sé cuánto tiempo, ¿quizás una eternidad?  Nunca le he visto la cara, sólo sé que es clave en mi vida, y que también lo será en mi muerte. Esta espera parece no tener fin, el día entero parece no terminar nunca y sin embargo algo en mi interior teme que finalice, no quiero que llegue mañana porque mi futuro se presenta huidizo como las ratas.

Debajo de la ventana hay una mesa y una silla. Encima de la mesa hay un montón de papeles escritos con una letra algo descuidada. Es mi letra. Creo que estoy escribiendo una novela y siento pánico porque no sé cómo continuarla. Todo está desordenado, sucio y la ventana únicamente contribuye a que la pálida luz que deja entrar a través de sus cristales muestre un lugar triste. Sí, aquí se respira tristeza.

He oído un ruido detrás de la puerta, unos pasos se aproximan. Me acerco a escuchar. Me aparto de golpe como si me hubiese dado una descarga eléctrica. Regreso a la ventana. No, corro otra vez hacia la puerta. Mi cuerpo tiembla, es el miedo que se adhiere a mí como una mortaja. No sé qué hacer, debo pensar pero no lo consigo, mi mente está seca o más bien inactiva, ¿quién decide por mí? Bebo un trago rápido y torpe de whisky que se me derrama por entre los labios. Más pasos golpean el suelo con ritmo lento y firme. Creo que estoy soñando, sí, eso es, me encuentro sumergida en una absurda pesadilla.

La puerta se abre de golpe. De repente, una mano poderosa e invisible me agita de un lado para otro, mi cuerpo está endeble, más bien es el cuerpo sin vida de una muñeca de trapo. Deseo salir corriendo pero alguien me lo impide y ese alguien no es la persona que ha abierto la puerta. Esta se trata de un hombre alto y corpulento, con la cara oculta tras una máscara de Spiderman, que se dirige hacia la mesa donde están los papeles. Los coge, les echa un rápido vistazo y los tira al suelo con desprecio.

-¡Esto es una mierda! No has escrito nada bueno desde hace un mes. ¡No vales para nada! –me grita.

 Con horror veo cómo saca un trozo de cuerda. Lo miro inmóvil, la mano invisible me impide que reaccione. Con rapidez enrolla la cuerda alrededor de mi cuello. Aprieta, aprieta con todas sus fuerzas. Caigo al suelo sin aliento. Una cucaracha trepa hasta mi cara amoratada y la examina con curiosidad. Antes de que todo finalice, creo ver unos ojos gigantes y etéreos flotando en el aire. Y me observan impasibles.

 

Malena Castro, la gran escritora de éxito de novelas de suspense deja el bolígrafo sobre la mesa. Ya ha terminado el cuarto capítulo de su próximo libro. Trata sobre un asesino en serie de jóvenes escritoras. Cuarto capítulo, cuarta víctima. Mañana se lo dará a su secretaria para que lo pase al ordenador.

22/04/2009 16:46 Autor: Nieves. Enlace permanente. Tema: RELATOS. Hay 1 comentario.

LA ÚLTIMA TENTACIÓN DE BATMAN

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No sabría cómo explicar lo que me ocurrió, podría inventarlo todo y nunca se asemejaría lo más mínimo a la realidad. Empezaré por decir que mi nombre era Bruce Wayne, que tenía una cierta inclinación homosexual y que en los últimos años de mi existencia adquirí toda clase de adicciones. También diré que el mundo me conocía como Batman. Sí, yo era Batman, el Caballero Oscuro, el héroe de Gotham City y el soplapollas que vendió su alma al ser más despreciable que jamás haya existido.

Han pasado muchos años desde que, a causa del asesinato de mis padres y con la ayuda de mi mayordomo y confidente Alfred, creé mi alter ego. Me convertí en una sombra viva de la noche, un ser inteligente, amante de la justicia, poseedor de un gran valor y de una increíble fuerza. Ayudaba a la policía en su lucha contra el crimen. A veces pienso que en realidad me convertí en un tipo que andaba por ahí disfrazado de gilipollas con una capa que simulaba las alas de un murciélago, conduciendo un coche llamado Batmóvil y luchando contra enemigos con nombres tan ridículos como Joker o Acertijo. En honor a la verdad señalaré que la etapa más feliz y gratificante fue cuando iba acompañado de mi joven y muy querido amigo Robin. De igual forma reconozco que me apasionaba ser un héroe enigmático venerado por las masas. Pero todo tiene un precio. Con los años, Robin me abandonó, aceptó un cheque millonario y se fue como jefe de la Guardia Suiza del Vaticano. He oído que le va muy bien, incluso que allí ha tenido varios amantes muy influyentes. El viejo Alfred ingresó en una secta satánica dirigida por Joker y más tarde fue internado en un psiquiátrico a causa de las alucinaciones que padecía, probablemente fruto de las pastillas que tomaba desde hacía años para poder soportar la presión que yo le imponía diariamente obligándole a guardar mi secreto y a encargarse del cuidado de la baticueva, localizada bajo la mansión Wayne. Respecto a mí, yo colgué la capa, la máscara y vendí el coche a un circo que andaba cerca. Pero mi alter ego se había hecho demasiado poderoso y Batman nunca me perdonó que lo abandonara de aquella manera. Gasté mi dinero en el juego, la bebida, las drogas, prostíbulos, ya sea con hombres o con mujeres. Como era de esperar, mis deudas ocasionaron que los bancos me embargaran la mansión y otros bienes, herencia de mis padres. Me quedé en la ruina. Aún así, la policía conectó alguna vez más la batseñal solicitando mi ayuda. Y cuando yo la veía reflejada en el cielo sombrío de la noche, mi interior justiciero no podía evitar resurgir de nuevo. Pero mi físico había cambiado, y mucho, ya no había forma de encajarme ese estrecho y ridículo traje diseñado para un hombre corpulento y en forma como Batman, no para el gordo barrigón de Bruce Wayne. El Caballero Oscuro no pudo aguantar la decadencia y la humillación a la que yo le estaba sometiendo. Una mañana turbia y fría me levanté con una terrible resaca. Mi lengua parecía hecha de corcho y mi estomago vaciaba su interior como si arrojara un cubo de agua sucia. Me miré al espejo en el aseo del ruinoso motel donde me alojaba. Y entonces lo vi. Batman peleaba por salir de mi interior. Mis orejas, mis ojos, mi nariz, toda mi cara era de murciélago. Incluso tenía un par de colmillos como los vampiros. Estaba horrorizado, no entendía por qué mi alter ego quería destrozarme de aquella manera. Miré mi cuerpo, estaba cubierto de pelo negro y corto. No tenía brazos, en su lugar había un par de membranas finas y grandes como las alas de los murciélagos. Sin duda me había transformado en una sucia rata voladora, ahora sí que era un auténtico hombre-murciélago. Mi oído se vio alterado y empecé a oír todos los sonidos de la noche, me obsesionaba con ellos. Mi instinto estaba fuera de control, me empujaba a sobrevolar la ciudad, a buscar víctimas inocentes pero no para salvarlas de sus atacantes, mi objetivo era beber su sangre, me di cuenta que la necesitaba y no podía evitar esa desmesurada sed que se adueñaba de mi mente como un parásito.  

Una noche especialmente oscura por la ausencia de luna, vino a mí un ser tan enigmático como atrayente. Su voz era profunda, no parecía de este mundo, y me hizo una proposición que no pude rechazar. Me ofreció la inmortalidad, recuperar mi forma humana y adoptar la de murciélago sólo para volar en busca de comida cuando llegara el crepúsculo. Viviría en su castillo y a cambio yo le daría mi alma de criatura mortal. Y así lo hice, no tenía nada que perder; o eso creía, porque sin saberlo estaba perdiendo lo más importante que me quedaba: mi esencia. Ahora vivo en Transilvania, no puedo ver la luz del sol y mi instinto salvaje me obliga a alimentarme de sangre humana. Soy un asesino sediento de muerte y estoy condenado a vivir eternamente como una bestia sin alma y sin identidad. El conde Drácula se apoderó de ella. Ahora él es Batman, el héroe justiciero de Gotham City.

23/03/2009 10:16 Autor: Nieves. Enlace permanente. Tema: RELATOS. Hay 3 comentarios.

8 DE MARZO, DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER

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08/03/2009 00:30 Autor: Nieves. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

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08/03/2009 00:25 Autor: Nieves. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

NUBES DE VIDA

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Parece mentira, pero realmente no sé qué ha ocurrido. De pronto mi mundo se ha vuelto oscuro, incierto. No puedo moverme, pero siento que mi cuerpo, rígido y frágil, está aquí. Deseo hablar pero mi voz parece apagada. Sin embargo, de vez en cuando, un suave rumor viene con palabras que me hacen pensar. ¿Qué ha pasado? En mi cabeza un nombre me atormenta: Raúl.

Recuerdo que conocí a Raúl en un mal día, frío y lluvioso. Pero, ¿cuánto hace de eso?, ¿unos meses, unos años? Creo que una eternidad.  Yo desayunaba pensativa en una cafetería alejada de mi casa. Mi novio se había ido con otra y me habían echado del trabajo. Él se acercó con paso seguro e insistió en pagarme el café que me estaba tomando. La verdad es que enseguida me enamoré de él. Nunca creí en el flechazo pero ocurrió así, de golpe, con fuerza. Raúl me pareció el hombre perfecto, educado y muy atractivo. Era alto, de espaldas anchas y ojos grandes de un verde cristalino. Reconozco que al principio intuí algo incierto en su mirada y debí hacer caso a mis instintos. Tras un breve interrogatorio sobre mi vida se dio por satisfecho y centró el resto de la conversación en él. Me dijo que trabajaba en una inmobiliaria y que era aficionado a la caza. Al acabar el día  aceptaba salir con él, ilusionada como una chiquilla.

Después de un mes de citas me fui a vivir a su casa. Un pequeño apartamento, algo viejo pero bien arreglado, situado en un barrio de clase media. Al principio la pasión encendía nuestros cuerpos de manera intensa y descontrolada. El sólo contacto con su piel me excitaba como jamás nadie lo había hecho. Nos amábamos como animales, devorándonos. Advertí que él tenía todo el control sobre mí y yo consentía que me poseyera. Y ese fue mi error. Me sentía feliz y vivía ciega, ciega de amor.

Raúl trabajaba casi todo el día y nunca quiso que yo me buscara un empleo.

-Con lo que gano es suficiente para los dos. No me gusta que trabajes para nadie -me confesó una noche mientras cenábamos.

Y como una estúpida pensé que lo decía por amor. Era por egoísmo. Yo pasé a ser de su propiedad, como el coche, la casa o la ropa; algo para su uso y disfrute.

Apenas salíamos a cenar, o al cine, o a dar un simple paseo. No soportaba que me miraran, o que pudiera conocer a otras personas. No teníamos amigos, no teníamos a nadie.

-Y, ¿para qué? Si nos tenemos el uno al otro. Estamos bien en casa, cariño. Los dos solos y sin que nadie  nos moleste –me susurraba al oído.

Los celos le comían y yo, como una tonta, me sentía halagada.

Sin embargo, la tranquilidad se rompió cuando algunas noches empezó a  telefonear a casa para decirme que llegaría tarde y que no le esperara despierta. Asuntos del trabajo. Mentiras y más mentiras. Cuando regresaba el olor a alcohol era evidente. Al principio yo permanecía muda, me hacía la dormida. Pero cada día llegaba más tarde y más borracho. Una noche le esperé levantada, decidida a terminar con esa situación. Iba muy bebido.

-¿De dónde vienes? Estás borracho -le dije sin ocultar mi enfado.

De pronto, una fuerte bofetada me hizo caer de espaldas contra la mesa. No la vi venir. Su mano saltó sobre mi cara como salta la serpiente sobre su presa, con silenciosa rapidez. Me quedé paralizada, no supe reaccionar. El labio me sangraba y notaba cómo se me hinchaba. Jamás me imaginé que aquel hombre, mi hombre, me haría algo así. Eso siempre les pasaba a otras; a otras como yo.

-No consentiré que me interrogues, ni que me insultes. ¿Entiendes?

Me miró clavándome los ojos como puñales. Entonces supe qué era aquello extraño que había visto en él: la bebida. Ésta formaba parte de su naturaleza. Aunque, al parecer lo había dejado durante algún tiempo, estaba claro que volvía a caer en el abismo y yo debí haberlo intuido antes, pues mi padre también fue alcohólico. Al cabo de unos segundos se calmó y sus ojos volvieron a ser como antes. Me ayudó a levantarme. El olor a alcohol me asfixiaba, como cuando era pequeña y mi padre me escupía su asqueroso aliento.

-Lo siento cariño, no sé qué me ha pasado. Sabes que te quiero más que a nada en el mundo, te juro que no volverá a ocurrir -me dijo.

Esa noche me hizo el amor como nunca. Y esa noche comenzó mi infierno. Me creí sus falsas promesas y le perdoné el primer aviso. Y ya no volvió a ser el mismo, ni yo tampoco. Pasó de ser el amante perfecto al más despiadado de los carceleros.

Me prohibió salir a la calle. Él compraba la comida, la ropa, se encargaba de todo.  Me cortó el teléfono, me quitó la televisión, la radio y hasta el equipo de música. Y lo que es peor, cuando salía me encerraba con llave. Sus borracheras pasaron a ser diarias y sus palizas también. Yo deambulaba todo el día en bata, dando vueltas por la casa, asustada, sin parar de llorar. Cuando le oía llegar, mi cuerpo entero temblaba. No sabía qué decirle ni cómo porque estaba segura que cualquier cosa le sentaría mal.

El tiempo pasó y yo me fui acostumbrando a una vida sin vida y a un amor sin amor. La dignidad se pierde cuando menos te lo esperas y la esperanza se diluye como el azúcar en el agua. Yo era un adorno más de la casa, un florero de flores secas, un cuadro tosco y feo.

Las ausencias de Raúl fueron cada vez más largas y a veces tardaba en regresar dos o tres días. Hasta que desapareció. Ahora me parece un mal sueño, pero ocurrió así: un día salió por la mañana y no regresó. Al principio no le di importancia, no era la primera vez. Me di cuenta que sus partidas me hacían más libre, podía respirar sin que me pegara. La quietud se adueñaba de la casa y yo lo agradecía plenamente.

Pasaron los primeros siete días.  Siete días pensando, riendo o llorando, sin poder  hablar con nadie, sin ver a nadie. Pero, y aunque sea absurdo, sólo cuando se me terminó la comida caí en la cuenta de que la puerta estaba cerrada con llave. Me encontraba atrapada en el infierno.

Ahora veo lo estúpida que fui. Mi amor hacia él me había transformado en una inútil. Qué ironía. Yo, que me creía tan fuerte y valiente, tan segura de mí misma. Aquella a quien su racionalidad nunca le había permitido obrar con el corazón, se encontraba encerrada por un hombre en su apartamento sin nada que llevarse a la boca y sin posibilidad de escapar. La vida a veces te sorprende.

Mis recuerdos son claros, pero mi alma está confusa. Floto en un mar de dudas, intento gritar pero no puedo. Sin embargo el ambiente me resulta conocido y esas voces que van y vienen me parecen tan reales... Intento escuchar, desde la lejanía se introducen en mi cabeza unos sonidos pero no los entiendo. Es de locos, creo que me encuentro en el límite de algún lugar. Más allá de la línea no se ve nada, sin embargo, en este lado sé que hay alguien. La agonía de este sentimiento me persigue implacable. Debo seguir recordando.

Humillada en el apartamento pensé mil veces en cómo salir de esa prisión. Me acercaba a la entrada y miraba por la mirilla. A pesar de que el rellano siempre estaba vacío y silencioso, mi garganta se empeñaba en lanzar una especie de aullidos roncos y algo apagados pidiendo ayuda, mientras mis puños golpeaban con fuerza la puerta. Pero nadie me escuchaba. Dios mío, todo aquello era ridículo; no me lo podía creer. En un edificio como ese debería haber alguien. Esa situación parecía más una pesadilla que una realidad. Estaba aislada del mundo en pleno centro de una gran ciudad y no tenía nada que me pusiera en contacto con la vida de ahí fuera. Intenté romper alguna ventana pero me resultó imposible, pues los cristales eran especiales. Impotente, yo observaba el exterior donde, cinco pisos más abajo, la gente caminaba ignorando mi sufrimiento. El muy canalla lo tenía todo planeado. 

Transcurrieron varios días y mi estómago no dejaba de protestar. Me aterraba morir de hambre. Me acostumbré a hablar sola, a reír sola, a llorar sola. Me estaba volviendo loca. Todos los días golpeaba la puerta durante varias horas hasta caer dormida junto a ella, como un perro esperando la llegada de su amo, del mío, de Raúl. Tantos hombres en el mundo y me topé con ese ser cruel y despiadado.

Y entonces sucedió. Oí pasos en la escalera y empecé a golpear, de nuevo, la puerta. Chillaba y lloraba a la vez. Miré y vi una figura acercarse. Me aparté de golpe, como si una descarga eléctrica me hubiera lanzado hacia atrás. Era él. Raúl introdujo la llave en la cerradura y abrió la puerta. Yo corrí hacia el salón buscando dónde esconderme, pero comprendí que ya todo me daba igual. No me importaba lo que me hiciera. Me senté en el sofá y esperé a que entrara. Las fuerzas me fallaban, estaba débil. No tenía ganas de luchar.

Irrumpió en la sala, más atractivo que nunca, con una escopeta en la mano.

-Hola, cariño. ¿Me has echado de menos? He estado cazando con unos amigos -me dijo, mostrándome unas cuantas liebres que traía atadas como un inerte manojo de pelo gris.

Al ver su mano izquierda alzada con los trofeos sangrientos sentí náuseas, pero de mi estómago sólo salieron arcadas, convulsiones y fuertes calambres. Raúl se encaminó a la cocina.

-Esta noche te haré una cena para chuparte los dedos -dijo elevando la voz.

Me parecía increíble. Era como si no hubieran transcurrido tres semanas desde su desaparición. Él me hablaba tranquilo, como si nada. Y yo estaba paralizada, confusa. De pronto la sensatez se adueñó de mi cabeza. Vi la puerta abierta y salí corriendo. Mi libertad estaba próxima. Pero un ruido fuerte y seco seguido de un violento impacto en mi espalda me lanzó contra el suelo. Miré hacia atrás y allí estaba él, empuñando su arma humeante. Se acercó lamentándose de mi actitud.

-Lo siento cariño. Pero no puedo dejar que te vayas. Te quiero demasiado y no consentiré que me abandones. Te hubiera recompensado, ¡te lo juro!; pero mira lo que has conseguido.

El muy cabrón me había disparado con una incomprensible sangre fría. Mi amor, mi carcelero, mi ejecutor.

Lo vi llorar mientras yo me desangraba en el suelo. La oscuridad lo envolvió todo. Y cuando el silencio se adueñaba de mí, oí un segundo disparo.

Ahora todo es distinto. Creo que él está muerto, las voces dicen que se voló la cabeza: el segundo disparo. En cuanto a mí, los recuerdos se me amontonan para después evaporarse formando nubes de vida. Puede que todo sea fruto de mi mente perturbada y nada sea real, o puede que todavía esté tirada a los pies de la maldita puerta, ¿quién lo sabe? Quizás duerma tranquila, pues en este momento mi alma está serena; sin embargo, palpo la muerte, huelo su esencia, la siento muy cerca.

 

 

                                                             

08/03/2009 00:21 Autor: Nieves. Enlace permanente. Tema: RELATOS. Hay 1 comentario.

LA HIJA

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-Mamá, necesito dinero.

Los ojos de la mujer se nublaron y su corazón se paró durante lo que le pareció una eternidad. De espaldas a la puerta de la cocina no supo qué hacer y sus manos continuaron fregando los cacharros.

-Mamá, por favor, escúchame. Te prometo que esta será la última vez. De verdad, mamá, necesito el dinero, dame lo que tengas y me piro para siempre.

Aquella voz era irreconocible, Elisa nunca habría dicho que ese sonido, vacío y apagado, salía de la garganta de su única hija, su niña, su vida, su ilusión. La droga la había convertido en un espectro, en un maldito desecho sin que ella supiera qué hacer. Su marido le echaba las culpas de todo y ella hubiera deseado estar muerta antes de ver a su familia destrozada. Pero continuaba viva y su familia rota en mil pedazos.

Mamá, mírame!

La joven habló con un pretendido tono de súplica, pero que a su madre le pareció más bien un reproche. Cerrando los ojos se dio la vuelta mientras se secaba las enrojecidas manos en el delantal de flores que llevaba puesto. Al abrirlos descubrió a su hija de pie en mitad de la cocina. Estaba muy delgada, tanto que resultaba increíble que sus piernas pudieran sostenerse solas, de su cara cetrina sobresalía una nariz prominente, aparentaba diez o doce años más. Sus labios antes carnosos y bien formados, eran poco más que una línea seca y sin expresión.

-Hija mía... -no logró decir nada. Las lágrimas afloraron y una intensa tristeza le impidió continuar.

Por un momento, los ojos hundidos de la chica se volvieron más líquidos, casi transparentes, a su madre no le pasó desapercibido,  pero no lloró. Su semblante permaneció duro y firme.

-Escucha mamá. Sólo he venido por dinero, nada más. No quiero líos con el viejo, ni contigo. Si me lo das ahora me iré antes de que vuelva del trabajo. Te lo juro.

No sigas, Merche! -dijo la mujer con la voz ronca- Ya me conozco tus promesas. Prometiste dejarlo e ingresar en un centro de desintoxicación y no lo hiciste. Después que te irías lejos a buscar trabajo, mentiras y más mentiras. Y aquí estás como siempre, como el mes pasado y como tantos otros, pidiéndome dinero, dinero que sabes  apenas tenemos porque tú lo has quemado con la droga.

La joven no pudo sostener por más tiempo la mirada de su madre y agachó la cabeza frotándose las manos de una manera impulsiva. No sabía qué decir. Ella llevaba razón, les había fallado y engañado. No era más que una mentirosa, una mentirosa debilitada por la enfermedad que la consumía lentamente. Un incómodo silencio, cortante como una cuchilla, se adueñó de la habitación. Elisa se fue aproximando a su hija lentamente, como temiendo despertarla, y con suavidad le acarició el pelo. Lo llevaba muy sucio y despeinado.

-¿Qué nos ha pasado, cariño?, ¿en qué nos hemos equivocado? -le preguntó sin apenas voz.

Merche levantó la cabeza y, por primera vez en mucho tiempo, empezó a llorar. Su madre la abrazó  y así, juntas, se sentaron en el suelo. La joven se apoyó sobre el hombro de Elisa y ésta comenzó a cantar y a balancearse acunándola como cuando era pequeña. Pasaron minutos, horas, no podrían decirlo, pero ese fue el mejor momento en años para las dos. Allí en el suelo estaban solas, sin nada ni nadie a su alrededor, y el tiempo se detuvo y el mundo dejó de girar y sus corazones latieron juntos fundiéndose en uno solo. Madre e hija.

-Lo siento, de verdad. No puedo explicarlo, pero esta mierda te engancha y no sabes cómo salir, ni siquiera sabes si quieres salir. Vas cayendo en un pozo oscuro y, cuando te quieres dar cuenta, te has hundido tanto que no consigues volver a ser tú misma, entonces la locura se adueña de ti y dejas de ser libre. Porque yo ya no soy libre, mamá, estoy atada para siempre a esta asquerosa vida.

Con un brusco empujón, se apartó de su madre. De nuevo aquel rostro envejecido adoptó un gesto áspero y huidizo. Se levantó del suelo con sorprendente rapidez y comenzó a deambular por la cocina como si estuviera perdida.

-Mamá, verás, -empezó a decir sin parar de andar -, basta ya de estupideces, no he venido a ver cómo me moqueas encima, ¿sabes? Te lo puedo decir más alto pero no más claro, ¡dame el puto dinero! - Su voz desgarrada parecía salida de otra persona.

Elisa, todavía sentada en el suelo, se estremeció al ver el repentino cambio que había dado su hija y con un ligero temblor en los labios le dijo:

-Pero, cariño, ya te he dicho que no tengo. Además será mejor que te vayas, tu padre no tardará en llegar y si te encuentra aquí...,  no quiero ni imaginarlo.

De pronto, como si el diablo se hubiera apoderado del cuerpo de la joven, ésta empezó a golpear a su madre. La pateaba como a un saco viejo mientras la insultaba y maldecía.

Elisa fue incapaz de reaccionar ante tanta ira y empezó a arrastrarse por el suelo hasta quedar hecha un ovillo en un rincón de la cocina, debajo de la mesa de roble donde su marido y ella comían y cenaban todos los días en el más absoluto de los silencios. Y allí quedó, como un perro asustado, gimiendo y temblando. De pronto, Merche se detuvo; estaba exhausta, el sudor le mojaba la cara y la espalda. Entonces se dio cuenta de lo que había hecho. Empezó a caminar con las dos manos en la cabeza, estirándose del pelo.

-¿Pero qué he hecho?, ¿pero qué he hecho?, ¿pero qué he hecho? -aullaba frenética.

Sus ojos se detuvieron en su madre que seguía tirada debajo de la mesa. La miró incrédula y se acercó despacio.

-¿Mamá? -susurró mientras le tocaba el hombro-. Mamá, ¿estás bien?

Elisa no se movió, el miedo la invalidaba. Estaba aterrada y destrozada. Pero sobre todo estaba confusa.

-¿Por qué?, ¿por qué? -se preguntaba.

Merche cayó de rodillas al suelo, levantó la cabeza, abrió la boca tomando aire, como si fuera el último, como si le faltara, y gritó; gritó de dolor, de rabia, de desesperación. Deseaba que todo fuera irreal. Deseaba despertar de aquella cruel pesadilla y empezar de nuevo, en otro tiempo, cuando aún era una promesa, un deseo, una esperanza. Su madre apartó los brazos con los que se cubría la cara y la miró horrorizada. Al cabo de unos segundos, la joven se puso en pie y volvió a andar de un lado a otro sollozando y lacerándose la cara. Las palabras empezaron a salir de su boca atropelladamente.

-Perdóname, perdóname. Soy una estúpida, mamá, perdóname. Yo, yo..., yo sólo he venido por que necesito el dinero, necesito la droga. Mamá, por favor. Juro que no te molestaré más, de verdad, porque estoy hecha polvo, sí, destrozada por el SIDA que tarde o temprano acabará conmigo, o puede que lo haga la droga. No sé, pero no creo que pueda resistir mucho tiempo, ¿sabes?

Elisa quedó aturdida. SIDA, su niña tenía SIDA. Pero no era posible, ¿desde cuándo?, ¿y por qué no les había dicho nada? Salió de debajo de la mesa sin apenas percibir el dolor de su cuerpo y corrió hacia Merche.

-¿Qué me estás diciendo?, ¿SIDA?; pero, ¿cómo no nos has dicho nada?

La mujer se encontraba demasiado turbada para hablar, le temblaban las manos, frías y mojadas por el sudor. Sin embargo, se obligó a calmarse, ahora no podía fallar. Su hija estaba muy enferma y ella tenía que ayudarla. Intentó acariciarle la cara, pero la joven se apartó como si temiera ser abofeteada.

-Pero, cariño, hoy en día existe un tratamiento bastante eficaz -dijo Elisa bajando el brazo-. Yo te acompañaré al médico y ya verás como todo cambia. Te pondrás mejor. Tu madre está aquí, contigo. Nunca te dejaré.

-Pero, ¿quién te ha pedido ayuda? No la quiero, no la necesito. Es más fácil que me ignores, como ha hecho siempre papá. No soy una buena hija, ni lo he pretendido ser nunca y no me gusta que juegues a ser una buena madre. ¿Me lo merezco? No, no me merezco nada, no merezco tu cariño, ni tu compasión, ni tampoco tu perdón. No sientas lástima por mí, es inútil.

Merche se apartó el pelo de la cara. En sus ojos sólo había angustia, pero su frialdad era más visible que nunca y helaba la sangre de su madre.

-Me voy. ¿Me vas a dar el dinero o no? No tengo más ganas de estar aquí.

Se dirigió hacia la puerta pasando por delante de su madre que la miraba con desesperación e impotencia.

-Hija mía, debes luchar y no rendirte. Eres joven y tienes un futuro por delante. Piensa en ti, y también te ruego que pienses en mí. Me estás rompiendo el corazón, lo mismo que a tu padre. No creas que porque no desee verte no te quiere. Eres su hija y te quiere, estoy segura. Lo que ocurre es que no entiende, no sabe entender.

-¿Que papá me quiere? -aulló de pronto dándose la vuelta-.  Ese no ha querido jamás a nadie. Ni a mí, ni a ti. Sólo se quiere a sí mismo. Deseó que yo hubiera nacido niño, lo sé, pero no, fui una niña, mi primer error. Además, ¿por qué lo defiendes?, nunca te ha tratado bien, siempre ha creído que eras su criada y que sólo estabas para atenderle. ¡Dios!, no te puedes imaginar cómo odiaba que te diera órdenes: “¡tráeme una cerveza!, ¿cuándo se come en esta casa?" Y tú, mamá, callabas, callabas sumisa. No podía soportarlo, por eso me fui. Igual que ahora, también me voy. No soporto tu estúpida resignación.

Merche salió de la cocina con paso decidido. Al llegar a la entrada de la casa agarró el bolso de su madre que colgaba junto a una chaqueta de lana gris, de una percha que había en la pared. Rebuscó y sacó  el monedero cogiendo el dinero que había dentro, no era mucho, cincuenta euros que se guardó en un bolsillo de sus sucios vaqueros.

En un intento más de detenerla, Elisa la cogió por el brazo, sintió un escalofrió "¡Dios mío, está en los huesos!" -pensó.

-Merche no te vayas por favor. Debes pelear contra esa enfermedad.

La joven, retiró la mano de su madre y dijo:

-Estoy cansada, mamá. Ya no quiero luchar, ya no puedo. Déjame en paz.

Con un fuerte portazo cerró la puerta tras de sí, dejando en su madre una amargura tal que el alma le dolía más que la paliza.

Elisa regresó como pudo a la cocina y empezó a preparar la cena. Él estaba a punto de llegar y vendría con hambre. Ella había trabajado toda su vida para los demás y a cambio de nada. Primero, cuando murió su madre la tuvo que sustituir  para atender a su padre y sus dos hermanos. Dejó la escuela y cualquier posibilidad de estudiar, luego se casó y fue aún peor. La niña llevaba razón, su marido la consideraba una criada, incluso se reía de su incultura y la insultaba continuamente. Todos lo pensaban, y ella se daba cuenta, no era más que un trapo sucio e inútil. Pero siempre callaba y lloraba en silencio, como ahora.

Oyó la llave abriendo la puerta y a su marido que entraba hasta el dormitorio a cambiarse de ropa. Ni se molestó en pasar a la cocina a saludarla. Nunca lo hacía. Al cabo de unos minutos escuchó la televisión.

-¡Elisa, tráeme una cerveza! -le gritó desde el salón.

En un principio no quiso hacerle caso, que sea él quien la coja, pero lo pensó mejor, no tenía ganas de bronca. Obediente, abrió la nevera y sacó un bote de cerveza.

-¿Estás sorda o te has perdido por el camino?

-¡Ya voy!, ¡qué prisas tienes! -respondió la mujer mientras se dirigía con paso débil al salón. Se sentía agotada, deshecha.

-Toma, anda. No hace falta que me grites.

-¿Cómo que no? Vengo reventado del trabajo y sólo quiero beberme una cerveza tranquilo antes de cenar y tú que llevas aquí todo el día sin hacer nada, te haces la remolona y tardas una eternidad. Desde luego, no sé cómo sigo contigo. Por cierto, ¿qué hay de cena?

Una profunda rabia enrojeció la cara de Elisa. Encolerizada, decidió contárselo.

-Antonio, tu hija ha venido. Está muy enferma y nos necesita.

Un tenso y breve silencio se apoderó de ambos. Hacía calor, la calefacción estaba demasiado fuerte y el aire era seco. Costaba respirar.

-Te he preguntado por la cena.

-Y yo te digo que tu hija está muy enferma. Antonio, tiene el SIDA.

Él entornó los ojos y sus dedos comenzaron a bailar por encima de los botones del mando a distancia, como si buscaran algo que no parecían encontrar.

-Yo no tengo hija. Vete a hacer la cena y déjame en paz, que va a empezar el fútbol.

-Sí que tienes una hija, y te repito que...

-¡No me interesa esa zorra drogadicta! -le interrumpió levantando la voz para aparentar más dureza-  ella se lo ha buscado. Nadie le dijo que se fuera, ni que se drogara. Si ahora está enferma, no es mi problema, que la cuiden sus amigos, esos con los que se acuesta y se droga.

Elisa no pudo aguantar más y estalló. La ira contenida durante tantos años salió a borbotones.

-Tú sí que estás enfermo, pero enfermo de miedo. Eres un cobarde, siempre lo has sido. Sólo has sabido insultarme y tratarme como a una criada, pero cuando hay problemas no sabes enfrentarte a ellos. Constantemente me has dicho que no sirvo para nada y te equivocas, eres  tú el que no vale para nada. Ni siquiera para querer a tu hija, a tu propia sangre. Eres frío como un témpano. Nuestra hija se está muriendo y no te importa. Pues a mí sí que me importa y voy a pelear contra viento y marea, digas lo que digas y hagas lo que hagas. Puedes quedarte ahí sentado en el sillón, comiendo y bebiendo como un cerdo mientras ves la televisión sin hacer nada. Porque no sabes hacer nada. No deseo estar ni un minuto más contigo, me das asco. Me voy a buscarla, a mí todavía me quedan ganas de luchar, luchar por ella y por mí.

Antonio permaneció sentado mirando como hipnotizado la pantalla del televisor. No podía pensar, ni hablar, ni siquiera se atrevió a hacer el más mínimo movimiento. Tan sólo su mano derecha apretaba con fuerza el bote de cerveza hasta doblarlo y hacer que el líquido se derramara sobre el sillón, pero ni se inmutó. Oyó un fuerte portazo, ella se había ido. Estaba solo. Solo. Los dedos volvieron a jugar por encima del mando a distancia. Se sacó el pañuelo, esas malditas lágrimas no le dejaban ver el partido.

 

 

                                                       

 

 

20/02/2009 16:25 Autor: Nieves. Enlace permanente. Tema: RELATOS. Hay 3 comentarios.


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